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Salamanca

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Salamanca, te sueño

 Textos: Paco Cañamero.

SALAMANCA NO SE VA DE VACACIONES


No cierra. Salamanca permanece abierta al mundo y deseando recibirte. Verás cómo te enamoran sus calles, su historia, su carácter jovial y cosmopolita.
Déjate enamorar por un atardecer en una terraza de su Plaza Mayor admirando a cada sorbo como cambian de color sus piedras.
Déjate acariciar y calmar tu alma por la paz y el recogimiento al que invitan sus calles e impresionante arquitectura y también por el bullicio y el ambiente que se respira cualquier noche de verano.
No olvides degustar los manjares de una tierra rica en gastronomía. Tapear por cualquier rincón mientras admiras sus impresionantes vistas es un lujo del que no te puedes privar.
Salamanca, arte, historia, ocio, cultura, patrimonio, restauración, hospitalidad... ¡Lo tiene todo y te está esperando!
¡Regálate Salamanca y verás cómo una vez que la descubras, no podrás dejar de volver!
Salamanca te espera para enamorarte.

 

LA TERNURA DEL ABUELO

A Tomás Santos, que se había jubilado hace cuatro años de maquinista de Renfe, le apasionaba pasear con nieto Guillermo por las calles de Salamanca y enseñarle los encantos de la ciudad. En ello, junto a sus clases en la Universidad de la Experiencia, su voluntariado en Cruz Roja y la pasión taurina, emplea la mayor parte de su tiempo. Aunque siempre añorando la conducción en aquellas grandes locomotoras que rompían los silencios del campo.
La llegada de la tarde de los viernes es la más especial para él, porque Guillermo es su debilidad y más desde que el niño, a su corta edad, haya manifestado su deseo de seguir los pasos de su abuelo y ser también maquinista ferroviario. Porque las horas de ese día que abren las puertas del fin de semana las aprovecha para enseñarle las maravillas de Salamanca y de esa forma, desde tan tierna infancia, aprende a amar a la ciudad.
Aprovechando las vacaciones veraniegas y en busca de la fresca se desplazaron a las orillas del Tormes y allí, al acceder, se detuvieron ante el pedestal donde se ubica el Toro de la Puente. Entonces el abuelo, un hombre aún joven e ilustrado le contó al nieto la historia del Lazarillo de Tormes inspirada en ese lugar:
- Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandome que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:
-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
- Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
-Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo. Y rió mucho la burla.
El pequeño Alberto quedó callado y, sintiendo pena del pobre Lázaro, continuaron caminando sobre la calzada del Puente Romano, por encima de los 26 arcos que lo conforman, mientras el abuelo contaba más detalles:
-Una parte no es la original. Resulta que el 26 de enero de 1.626, día de San Policarpo hubo una tremenda crecida y el puente no pudo aguantar la fuerza del agua sufriendo gravísimos daños.
Abuelo y nieto eran felices cuando decidieron regresar. Cerca de ellos un grupo de chavales hacían deporte en la pista de atletismo ‘Puente Romano’, hasta que el sonido del tren se hizo perceptible en la distancia y, entonces, el abuelo cerró los ojos para sentir que otra vez está al mando de una locomotora y ahora se la enseña a conducir a su nieto.

¡QUIERO SER EL SOL!
Sí, quiero ser el sol y salir cada mañana para embelesarme con la belleza de Salamanca. Alumbrarla para que resplandezca más bonita que una novia y al final de la tarde teñir sus piedras de oro.
¡Quiero ser el sol! Para enamorarme de Salamanca y mirar con ojos golosones las hermosas formas de tus piedras zurcidas a cincel. Para iluminarla con mis rayos acariciando tu monumentalidad. Porque no hay ciudad más bonita que Salamanca. Por eso, ¡quiero ser el sol!

SOÑÉ SER VIENTO
Anoche soñé contigo, mi Salamanca... y me volví viento; ascendí a tus cúpulas y admire las vistas que ellas disfrutan. Acaricié las tallas que adornan tu arquitectura y penetré por tus doradas y porosas piedras. Ellas me desvelaron los secretos de tu historia y me transmitieron los sentimientos que, golpe de cincel, vertieron en ellas sus artistas.
También bajé al suelo, para observar tu majestuosidad desde la tierra... ¡Qué bella eres! El dorado de tu piedra calma el alma, transmite optimismo y jovialidad e invita a compartir.
Me entretuve en observarte reflejada en los ojos de quienes te admiraban y volví a ascender para captar los detalles que ellos no alcanzan a ver.
Salamanca, a vista de pájaro, a pie de tierra o en el reflejo de los ojos de quienes te pasean, eres historia, eres esperanza, eres un sueño, eres... la ciudad que se creó como un regalo al mundo.
Y esta mañana, con ese buen sueño aún entre los ojos, cuento los días que me faltan para volver a disfrutarte. ¡Nos vemos pronto para poder decir a boca llena... ¡Ya estoy en casa'!

EL SEÑORIO DE VICENTE DEL BOSQUE

El caminante llega a la Plaza de Liceo y se detiene ante la escultura de Vicente del Bosque. Se fija en sus rasgos fundidos en bronce, perfectamente captados por el escultor Fernando Mayoral y entonces cierra los ojos para recordar el grandioso éxito del Mundial de Sudáfrica o tantos logros alcanzados por este paisano que alzó su nombre al Olimpo de las estrellas tras rubricar una memorable página deportiva.
Vicente, bajo la serenidad y la sabiduría, ha sido capaz de poner a todos de acuerdo y más allá de sus éxitos deportivos, es un espejo para mirarse gracias a esos valores de humildad y disciplina que lleva a gala desde niño, heredados de sus padres en el hogar familiar del barrio Garrido y Bermejo.
Siempre es una buena ocasión para recordar a Vicente del Bosque. A este charro, a quien su tierra le rinde perpetuo homenaje con una escultura situada en el mismo lugar que atravesaba cada mañana para ir a las clases del Fray Luis de León. Entonces, aquel muchacho larguirucho y vareado que poco después marcharía a Madrid para trazar los pilares de su leyenda, ya tenía fama de excelente jugador tras despuntar en varios equipos de la capital antes de fichar por los juveniles del Salmantino. Y además, en sus ratos de ocio disfrutaba del futbolín en un salón de María Auxiliadora, situado al lado de ‘Patatas Fátima’ y las desaparecías ‘Mantequerías Paco’, para entusiasmar en ese juego. Porque todos querían ser sus compañeros y nadie el rival de aquel Vicente que, andando el tiempo, rubricaría una página deportiva tan destacada que alzó su nombre al Olimpo de las estrellas.

 

LA PURÍSIMA, ¡QUÉ MARAVILLA!

Descendimos por la calle de la Compañía, en su suave descenso hasta la plaza Las Agustinas y allí, con el majestuoso Palacio de Monterrey dando la bienvenida, encaminamos los pasos a la izquierda para admirar la iglesia de La Purísima, quizás –aunque para gustos los colores- la más bonita de Salamanca.
M encantaba de vez en cuando adentrarme en este símbolo artístico que guarda una curiosa historia de ser levantada para acoger la capilla funeraria del conde de Monterrey, quien la fundó y de su familia. El conde de Monterrey, Manuel de Zúñiga y Fonseca, decidió levantarla enfrente de su palacio y dentro del convento de Las Agustinas, para acoger su propia capilla funeraria y también la de su familia.
La iglesia es de estilo barroco con inspiración italiana, al darse la circunstancia que Manuel de Zúñiga también era virrey de Nápoles, gracias a la poderosa influencia de su cuñado, el Conde Duque de Olivares, valido de Felipe IV. Allí, en Nápoles, entró en contacto con artistas italianos a los que encargó la iglesia de la Purísima. Esta joya que guarda en su interior preciosos lienzos de aquel genio llamado José de Ribera y quien en los libros de historia también viene escrito como El Españoleto. Una de sus pinturas, el de la Inmaculada Concepción, que preside el altar mayor, está considerada una de las mejores de las dedicadas a la Virgen.

 

 LAS ESCALERAS DEL SABER

Pedro da Pinto Almeida regresaba con frecuencia a Salamanca. Prácticamente no dejaba pasar ningún año sin volver a disfrutar de esas calles de piedra dorada donde vivió la mejor etapa de su vida mientras cursaba la carrera de Filosofía y Letras. Además, en su residencia de Lisboa tiene presente a la ciudad del Tormes con la foto de un lugar que le maravilló. Y al que tantas veces volvió, porque siempre encontraba algo desconocido. Se trata de la escalera del edificio histórico de la vieja Universidad. La escalera del saber, del conocimiento y la que representa, a través de las tallas en sus viejas piedras, la vida del estudiante.
Ahora, aprovechando un puente festivo había vuelto. En poco más de cuatro horas salvó la distancia que separa Lisboa con Salamanca, las dos ciudades que lleva tatuadas en el alma de sus sentimientos. Y de nuevo, en su habitual paseo por el Barrio Antiguo, rememorando vivencias estudiantiles en el escenario de esas calles, se dejó llevar y acudió a presenciar la majestuosa fachada plateresca de la Universidad, antes de acceder para volver a disfrutar con la maravilla de las escaleras de la sabiduría.
De esa joya renacentista construida en el siglo XVI formada por tres tramos de piedra de Villamayor zurcida a golpe de cincel que representan la juventud, madurez y senectud del ser humano, así como los riesgos a los que está expuesto a modo de advertencia para todo aquél que se aventura a ascenderla.
El primer tramo muestra los peligros de la juventud. El central representa una flor, una abeja y una araña. La flor simboliza la vida, la abeja, que produce miel, representa el bien y la araña produce veneno, es decir, es una muestra de la elección del hombre ante la disyuntiva de dominar o no sus pasiones. Entre el segunda y el tercer cuerpo encontramos una sirena de doble cola que determina el momento de la vida en el que, según nuestras propias decisiones, podríamos descender a consecuencia de la lujuria y la depravación, o seguir ascendiendo al último tramo de la escalera, al final del camino, de la vida, al lugar donde el alma domina el cuerpo y el saber acaba imponiéndose.
A Pedro da Pinto Almeida le encantaba reencontrarse con esa escalera y así se los trasmitió siempre a su mujer Helena, compañera en sus viajes a Salamanca. Porque esa escalera del edificio histórico del viejo estudio salmanticense era también un poco la escalera de su vida, que ya llevaba tantos pasos ascendidos.

 

EL REGRESO DE MANUELA

Hacía más de 20 años que Manuela no regresaba a su querida Salamanca. Establecida en Caracas disfrutó la prosperidad de aquel país, permitiéndole conseguir un notable patrimonio. Entonces, esperaba la llegada de septiembre para regresar al abrazo de su querida Salamanca. Por esa razón, las dos largas décadas de ausencia supusieron un infierno interminable que trataba de menguar bicheando los periódicos digitales de su tierra
Aquel día, desde que tomó el Auto-Res en Madrid, acompañada de Víctor, su marido, sentía la emoción en los latidos del corazón y a cada momento se agolpaban las vivencias a su querida tierra. A la que tanto añoraba, más aún desde que el régimen chavista le arrebató parte de sus propiedades y las privaciones le impidieron poder realizar el esperado viaje anual.
Ahora, a medida que se acercaba, la emoción se hacía más latente y desde el instante de entrar en la provincia, sus manos temblaban ante la inmediata llegada, sin dejar de decir a su esposo, que también era charro, lo feliz que era. Unos kilómetros más adelante, antes de llegar a Matacán y comenzar a ver las torres de la Catedral, la emoción se hizo presente; entonces, Manuela, no pudo evitar unas lágrimas. Para ella todo era especial, hasta la autovía que comunicaba con Madrid, o la inmensa transformación sufrida por la ciudad en sus extrarradios.
Puntual llegó a la estación de autobuses, donde la esperaban varios familiares, a quienes abrazó con todo el cariño. Manuela era dichosa y esa misma tarde al llegar a la plaza de Anaya para ir a la Catedral sintió que sus piernas se quedaban sin fuerza e inmediatamente entró en un túnel lleno de luz. A su lado, sus familiares, alarmados, trataban de reanimarla, mientras llegaba una ambulancia. Porque ella, desde hacía tiempo, no quiso más que ser feliz al volver a abrazar a su querida Salamanca.

 

LA INSPIRACIÓN DE SABINA EN LAS CABALLERIZAS

-¡Qué buena mañana! Después del largo paseo nos lo merecemos. ¿Dónde lo tomamos?
-Me dejo llevar por ti. Conoces mejor Salamanca y siempre me sorprendes.
-Entonces vamos a Las Caballerizas. Te va a encantar. Estoy seguro.
Caminaron por La Rúa disfrutando de los encantos de la ciudad y enseguida alcanzaron Anaya, con las majestuosas Catedrales enfrente, para dirigirse a la izquierda y pasar delante del Palacio de Anaya, antes de enfilar la calle Tostado, hasta encontrar la entrada a Las Caballerizas, uno de los bares con más encanto de Salamanca.
Sara quedó cautivada del establecimiento, mientras perdía la vista entre sus curiosas paredes abovedadas, guardando interés por conocer más detalles de ese pintoresco lugar.
-Se construyó en el siglo XVII para albergar unas caballerizas –de ahí su nombre-, posteriormente se transforma en un trastero de la Escuela de Maestros. Cuando llega la Guerra Civil y los aviones del ejército republicano volaban, amenazantes, sobre los cielos de Salamanca se convierte en refugio antibombas...
- ¿Y desde cuándo es bar?
- Desde 1970. Ese año se restaura el edificio y se transforma en esta curiosa cafetería. La apariencia del lugar se ha conservado tal cual era en sus orígenes, con su ladrillo visto y sus características bóvedas
Acomodadas en una mesa, las dos amigas permanecen un buen rato en el lugar, admirando los encantos que atesora, mientras unos clientes, la mayoría estudiantes, salen y otros entran para hacer un alto en las tareas universitarias. Porque realmente, Las Caballerizas es otro símbolo de la Salamanca universitaria, como bien dijo en su día el genio de Joaquín Sabina, quien siempre visita el lugar en sus viajes a la ciudad.

LA LUNA ENAMORADA DE SALAMANCA

Con la única compañía de mi soledad y el sonido de mis pasos rompiendo el silencio, camino por la calle La Rúa esta cálida noche de verano bien entrada ya en la madrugada. Delante de mi, una pareja de enamorados, pasean agarrados de la mano su amor y, ajenos a la belleza que los envuelve, se susurran secretos al oído sin importarles demasiado nada que no sea su intima conversación.
Cuando ellos se desvían para doblar la esquina en la Casa de las Conchas, admiro la torre de la Catedral al fondo. La luna ha venido a visitarla y reposa en su cúpula.
Quizás la luna también se haya enamorado de ella y le esté susurrando secretos.
Si el sol dora su piedra convirtiendo a Salamanca en la Ciudad Dorada, la luz de la luna la hace mágica y, entre luces y sombras, la ciudad es un sereno misterio que invita a respirar paz y calma.
¡Qué belleza no tendrá Salamanca que hasta la luna, teniendo el mundo entero a sus pies, se ha sentado esta noche su cúpula para bañarla de plata y disfrutar del encanto de esta ciudad maravillosa!
Feliz semana, amigos. Disfrutad hoy de Salamanca y si os apetece ver un mágico espectáculo... paseadla de noche.

JULIO ROBLES, UN SÍMBOLO CHARRO

Tal día como hoy de hace 49 años, Julio Robles, un símbolo de esta tierra, un sello de identidad de la charrería, rubricaba una de las páginas más importantes de su biografía, la de su alternativa. Julio Robles, símbolo de la torería moderna, acaparador de la admiración en todo el mundo taurino cuando cimbreaba su cuerpo, que era un junco, para que sus brazos dibujasen una verónica de esas que piden poetas, con el status de novillero figura se hacía matador de toros.
Vayan estas líneas escritas con la tinta de la admiración a quien siempre fue por el mundo con un botón charro prendido en su corazón. A este paisano que tanto engrandeció la Tauromaquia. A Julio Robles, torero tan artista, tan capaz, tan variado, tan completo, el que supo dominar todas las embestidas y alzó su nombre a la categoría de maestro.
Por eso, en esta día tan especial, grito:
- ¡Viva Julio Robles!
Y como él diría:
- ¡Viva Salamanca!

 ¡VOLVER A SALAMANCA!

Vuela mi recuerdo para aquellos salmantinos que emprendieron su vida lejos de Salamanca. Al marchar llenaron su maleta de sueños, apasionantes proyectos laborales, alegría por una vida nueva, aventura, amor...sea cual fuere la razón de su partida, en ninguna de esas maletas faltó la nostalgia.
Nostalgia de los recuerdos su infancia, de su familia, de los rincones de su ciudad, los olores, los colores de sus piedras, nostalgia del camino andado hasta llegar al destino en el que hoy se encuentran.
Para el charro que está lejos, Salamanca está siempre presente en sus pensamientos, ligada a grandes y bellos momentos de su vida y esa nostalgia es un oasis de inspiración en los malos momentos, un remanso de paz donde refugiarse, recordar y coger fuerza.
Hay una historia detrás de cada salmantino que se fue pero también un deseo común en todos ellos: Volver a su ciudad, esa que los añora y a quienes siempre agradece su contribución al recordarla en la distancia, al hablar de ella de manera tan apasionada; no hay mejor embajador de Salamanca que el salmantino ausente, cuyo objetivo es regresar en vacaciones, en navidades, una escapada de fin de semana... y volver a encontrarse con sus calles, con sus rincones, pasear su Plaza Mayor o disfrutar de su ambiente.
Salamanca les espera, siempre bella, siempre acogedora, ansiosa por devolverle los más bellos recuerdos de quienes se marcharon; una madre que nada reprocha y recibe con los brazos abiertos al hijo que vuelve.
Vuela hoy, desde esta página, un abrazo y el deseo de volver a veros pronto, de compartir con vosotros, de ver en vuestros ojos la alegría al volver a pasear vuestra ciudad teniendo la sensación de que nunca os fuisteis, respirar profundo y exclamar de nuevo ‘¡Estoy en mi casa!’.

¡UN BRONCE PARA EL SEÑOR WENCES!

El gran Wences Moreno ha vuelto a la pomada. A la primera página del protagonismo tras los lamentables sucesos en los que está implicado su sobrino, el tarambana de José Luis Moreno, donde se ha recordado a su tío, al señor Wences, que triunfó por los mejores escenarios del mundo.
Realmente, no es justo recordar al señor Wences en la prensa amarillista, porque ha sido el más universal de todos los salmantinos, un genio con mayúsculas a quien, por ejemplo Estados Unidos recuerda con añoranza y hasta en el mismo corazón de Manhattan tiene dedicada una calle. Mientras tanto, en su querida Salamanca (nació en Peñaranda y pasaba largas temporadas en Alba de Tormes) se echa de menos un bronce que testimonie la grandeza de este personaje que, desde cualquier rincón del mundo, hacía las maletas en víspera de Navidad y, después, regresaba de nuevo a primeros de septiembre para disfrutar de las tardes de toros en La Glorieta.
Entonces, instalado ya en Salamanca, aparcaba su imponente Cadillac delante del Gran Hotel –donde tenía habitación reservada durante todo el año-, arremolinándose la gente alrededor de su vehículo para jalear a aquel charro universal, donde no faltaba algún despistado que preguntaba el motivo de acaparar tanta expectación.
-¿A qué se debe la fama del señor?
-¡Habla con la barriga!
-¡Pobre hombre! ¡Qué pena!
-Ni pobre, ni pena. Eso es un decir. De los genios de la imitación se dice así. Y él hace ‘hablar’ a unos muñecos.
Hoy, esta ciudad, mantiene una deuda moral con su memoria y qué bonito sería dedicar una escultura a su recuerdo al final o principio de la conocida calle comercial que llega a la castiza plazuela del Oeste. De esa forma, las nuevas generaciones se familiarizarían con la grandeza de un personaje que acaparó popularidad por todo el mundo, siempre con el billete de vuelta dispuesto para volver a su amada Salamanca. De la tierra que nunca olvidó cuando se abrazó al éxito en esa América que lo recuerda con reverencia. Con la categoría de un artista al que nadie fue capaz de robar aplauso alguno.
Por eso duele que estos días haya vuelto a la pomada, a cuenta de los lamentables sucesos en los que está implicado su sobrino, el tarambana de José Luis Moreno. Porque, el señor Wences además falleció al pie del cañón y, como los más valientes soldados, con las botas puestas después de rebasar el siglo de existencia. Y hoy más que nunca, su querida Salamanca, debe perpetuar en un bronce la grandeza de quien tanto orgullo por su patria chica, aunque algún despistado sienta pena al pensar que su fama se debía a que hablaba con la barriga.

POR LA HUERTA DE LOS JESUITAS

Aquella mañana del lunes intentaba dar respuesta a un montón de interrogantes. No eran tiempos fáciles y antes de dar emprender nuevos horizontes había que tomar las mejores decisiones. Entonces me dejé llevar por las calles de Salamanca y, como si fuera un imán, casi sin darme cuenta acabé sentado en un banco de la Huerta de los Jesuitas.
Rodeado del frescor y la paz que transmite el lugar decidí caminar por sus paseos, ideales para aliviar el calor veraniego en medio de ese paraíso de la naturaleza, hasta que me detuve para contemplar una gárgola. Era una delicia, tan bello que hasta en diferentes lugares del la Huerta asoma el Alto Soto de Torres para disfrutar de su paz. Entonces recuerdo a Unamuno.
Alto soto de torres que al ponerse
tras las encinas que el celaje esmaltan
dora a los rayos de su lumbre el padre
Sol de Castilla;
bosque de piedras que arrancó la historia
a las entrañas de la tierra madre,
remanso de quietud, yo te bendigo,
¡mi Salamanca!

EL CAÑO MAMARON

La fuente del Caño Mamarón continúa en su ubicación de siempre, viendo pasar el tiempo después de haber sido testigo de la enorme transformación sufrida por la ciudad. Viejo manantial de finas aguas, centro de reunión de criadas, lugar de paso y también de encuentro, allí se mantiene integrada en el paisaje capitalino del siglo XXI.
Superviviente de arreglos y nuevos planes urbanísticos que, en alguna ocasión, la condenaron al derribo, siendo salvada por sentido común, para acabar convertida en otro tesoro de la ciudad. Con mejor suerte que La Platina, enterrada en el hormigón del progreso, que regalaba el agua más pura que tuvo Salamanca. Aquella Platina que, a decir de las gentes de los barrios de los cercanos Pizarrales o San Bernardo, era la que mejor cocía los garbanzos y, desde hace unos años, su recuerdo únicamente forma parte de los libros de historia o las fotografías en blanco y negro de la nostalgia. Esta fuente, El Caño Mamaron, a nadie de la ciudad dejó indiferente, más aún en tiempos de carencias, mucho antes de que las redes de saneamiento llegasen a las casas, siendo acaparadora de miles de anécdotas.
De sus aguas llenaba su botijo torero el diestro salmantino Victoriano Posada antes de emprender los largos viajes camino de alguna plaza. Entonces, en el escenario de la pasada década de los 50, el entrañable torero gozaba de prestigio en los cosos franceses y en ellos se anunciaba con frecuencia, haciendo un alto en el camino –siempre que las prisas no le apremiasen- al llegar a Bayona para visitar a don Agustín, un médico exiliado que residía allí y era paisano suyo.
Un buen día, al despedirse y apremiar la sed al galeno, el torero cogió el botijo, que iba colocado en la baca del coche para ayudarle a saciar la necesidad, mientras le decía que era agua del Caño Mamarón. Al escuchar esas palabras, el médico exiliado bebió con emoción. Y ya desde entonces, cada vez que Posada iba a torear a Francia y se detenía saludarlo, siempre le pedía el botijo para beber agua del Caño Mamarón y, en ese momento, don Agustín, cerraba los ojos y sentía que estaba de nuevo en su querida Salamanca.

 

EL ESPEJO DE LA CIUDAD

Salamanca abría el telón de su belleza ante los ojos de Isabel, que a cada paso descubría los tesoros de una ciudad que por fin se animó a conocer. Su amiga Ángela, compañera de trabajo en un instituto de Murcia, que era la anfitriona, le iba enseñando cada rincón, descubriendo la monumentalidad, hasta que después de visitar la Catedral salieron por Anaya para dar la vuelta y alcanzar el Patio Chico, antes de iniciar el suave descenso por Tentenecio.
En ese instante Ángela le susurró a Isabel, que permanecía ensimismada ante aquel torrente de arte y belleza:
- Ahora te voy a enseñar el espejo más bonito que jamás hayas soñado.
Atravesaron el Puente Romano hasta alcanzar su final y descender hasta el río, por las que caminaron en pasos lentos con el fondo de la Salamanca monumental, hasta que se detuvieron para sentarse sobre la misma orilla:
- ¿Qué ves?
- Es maravilloso, qué razón tenías. El Tormes es el espejo más bonito. ¡No hay foto más bonita que el reflejo de las Catedrales sobre sus aguas!

 

SAN MARCOS, TAN REDONDA COMO LAS ESTRELLAS


Los primeros calores del estío fueron recibidos como oro celestial. Feliz bajo el sol paseaba el navarro Txiqui Huarte, quien acudía todos los años a Salamanca para disfrutar de un fin de semana y envolverse en su belleza, porque realmente le fascinaba esta ciudad desde que la visitó por primera vez en la excursión realizada por su colegio. Entonces pernoctaron al regresar de una gira portuguesa y aprovecharon para visitar sus principales monumentos, hasta que regresaron a Pamplona.
Desde aquel día han transcurrido muchos años, “ya ha llovido desde que vine por primera vez”, comentaba a Igor, su hijo pequeño, mientras subía la calle Zamora al encuentro de la iglesia de San Marcos, la joya del románico que siempre visitaba. Esta vez lo hacía con especial atención, por tanto como la había hablado de ella a Igor, que ese curso comenzaba el Grado de Historia y le cautivaba el arte Románico.
“Mírala, redonda como la tierra y la luna, como las estrellas; tan redonda que por donde la mires te enamoras de ella”. Tan coqueta y bella, como una moza casadera, la pequeña iglesia de San Marcos, también era fotografiada por otro grupo de turistas extranjeros, mientras una guía le explicaba en francés la historia de esa pequeña iglesia, única en el mundo y un tesoro del románico. Exhausto ante el pequeño templo, Txiqui Huarte y su hijo Igor acabaron en medio del grupo de turistas. Y allí, bajo esos primeros calores que eran oro celestial, miraban fascinados.

 

LA MAGIA DEL PALACIO DE MONTERREY

Marisa paseaba por las calles de la ciudad y quedaba deslumbraba ante tanta belleza como observaban sus ojos; mientras, su amigo Jaime –que era salmantino- le explicaba los pormenores de cada monumento que visitaban. A cual más hermoso, ‘zurcido’ a golpe de cincel en la piedra de Villamayor.
En esa mañana envuelta en tantas sorpresas, mientras descienden por la calla Compañía descubre algo que la hizo detener sus pasos y contener la respiración. ¿Qué es esta maravilla?, pregunta.
-El Palacio de Monterrey, uno de los máximos exponentes del arte plateresco, propiedad de la Casa de Alba y de las joyas más apreciadas de esta Salamanca que te maravilla a cada paso.
Marisa observaba ensimismada el exterior y decidieron reservar unas entradas para visitarlo a la jornada siguiente. Con tiempo podrían admirar el riquísimo legado que guarda en el interior. Así lo hicieron y antes de la hora ya se encontraban a la puerta deseosos de conocer su historia. Pronto accedieron y mientras recibían las explicaciones de la persona encargada de mostrar las magníficas estancias palaciegas, Marisa no podía ocultar su emoción ante un monumento que era todo un símbolo de España.
Más sorpresa se llevó al ser sabedora que únicamente se había levantado la tercera parte del proyecto original. O también conocer los secretos de un curioso juego de llaves, las del sepulcro de Santa Teresa, la monja andariega. Resulta que de ese sepulcro existen 10 llaves. 3 de ellas están bajo la Comunidad religiosa; otras 3 las tiene el Papa, en El Vaticano; otra, esta de plata, el Rey de España y las citadas del Palacio de Monterrey que pueden ser visitadas y cautivaron a Marisa. Porque desconocía este hecho, a pesar de que fue tan admiradora de la obra poética de la Santa abulense que vino a fallecer a Alba de Tormes, a 19 kilómetros de este maravilloso Palacio de Monterrey.

 

TUS VIEJAS PIEDRAS

Regreso al Barrio Antiguo y paseo por sus calles, envueltas en el inmenso legado de la historia que guarda entre sus viejas piedras. En ese histórico dédalo sientes la impresión de darte de bruces con don Miguel de Unamuno o con Fray Luis al recodo de cualquier esquina, antes de detener mis pasos ante el tesoro de la fachada plateresca de la Universidad y explicarle a algún despistado la calavera sobre la que está esculpida la rana. Después me adentro en el Patio de Escuelas con turistas que curiosean alrededor de la escultura de Fray Luis para descubrir las maravillas del entorno, deseosos de sentir una ciudad única, que ha escrito tantas páginas en el libro de la historia, bajo la grandeza de su monumentalidad.
Del Patio de Escuelas continúo por Libreros al encuentro de las Catedrales y emocionarme ante rincones que inspiraron a tantos genios de las letras y el mejor para acariciar simbólicamente la Torre de la Catedral Nueva, con envidia a los Mariquelos por abrazar a esas piedras desde 1755 en su ascenso a lo más empingorotado para observar el Tormes a los pies y al fondo, los horizontes salpicados por esas sierras que esconden tantos tesoros e invitan a visitarlas. Porque ese escenario también se puede disfrutar desde la joya de Ieronimus y tener la sensación que Salamanca es una ciudad que acaricia el cielo de la belleza.
Te sueño y te siento, mi querida Salamanca, donde vuelvo a tu encuentro y lo hago con la misma emoción que el soldado que, triunfante, regresa del campo de batalla al encuentro de su amada; porque toda tú eres una postal para disfrutarla en un marco de cristal gracias al inmenso legado de la historia que guarda entre tus viejas piedras.

 

 ¡AÑORANZAS DE LA UNIÓN!

Nada más recibir las vacaciones en su liceo de Bayona, el pequeño Jacques marchó a Salamanca para disfrutar de las vacaciones con sus abuelos. Eran la celebración de la Eurocopa y a Jacques le apasionaba el fútbol. De hecho, nada más llegar, recibió de manos de su abuelo Santiago una camiseta de la Selección Nacional firmada por Vicente del Bosque.
Uno de esos días jugaba la Selección Nacional y Jacques, desde horas antes, se mostraba nervioso, insistiendo a su abuelo que la verían juntos, a lo que este le indicó que si, lo verían juntos, pero antes le quería dar una sorpresa.
Entonces, nada más comer y aprovechando que la tarde estaba frescos y con los cielos encapotados lo montó en el coche y al cabo de unos minutos llegaron al destino sorpresa.
- Mira Jacques, este estadio que tiene delante es el Helmántico. Aquí jugó nuestro equipo, la Unión Deportiva Salamanca y por aquí pasaron todos los grandes equipos de la liga. El Salamanca estuvo nada menos que 12 temporada en Primera División.
- ¡Qué bonito abuelo! ¡Es precioso! ¡Me encantaría jugar algún día en esta estadio!
- Aquí le ganamos al Real Madrid –señaló el abuelo- y al Madrid también en el Santiago Bernábeu. También logramos muchos triunfos frente al Barcelona y con todos los grandes, algunos con goleada, como el 6-0 al Valencia o un 5-4 al Atlético de Madrid.
- ¿Tú venías siempre?
- Jamás me perdí un partido. Era socio.
-¿Qué fue lo mejor que viste?
- A un jugador portugués llamado Joao Alves, que estuvo dos años en la Unión y era la sensación de la Liga. Aquel, Alves, que jugaba con guantes negros para que te hagas una idea fue una especie de Messi en el Salamanca. También hubo otros buenísimos jugadores, desde D’Alessandro, Rezza, Sánchez Barrios, ‘Lobo’ Diarte, Ángel, Ito, Robi, Enrique, Huerta, Pedraza, Corominas, Juanito, Pita… Y después en la última etapa de Primera me emociono al recordar a Pauleta, a César Brito, a Taira… a gente que dejó escrito su nombre en este campo.
- ¿Y ahora?
- El equipo desapareció y somos muchos quienes le guardamos luto. No veas cómo se transformaba la ciudad los domingo con el futbol. Todos los restaurantes y hoteles se llenaban, las calles abarrotadas, porque aquel equipo fue un escaparate para nuestra ciudad.
- Abuelo, Santiago. Muchas gracias por traerme a un lugar tan mágico y contarme tantas cosas del equipo de Salamanca. A ver si un día venimos a ver un partido.
- Jacques, te he contado solo un poco de tanta grandeza como atesoró la Unión, un equipo que tuteó a todos los grandes y llevó el nombre de la Salamanca a lo más alto.

 

TIEMPO DE BODAS
El verano viste de novia a Salamanca y sus ecos alegres marcan los fines de semana de esta época. Lo hace gracias a la proliferación de bodas que acoge el mágico marco de la esta ciudad. Y es que casarse en Salamanca es algo que llena de luz esa fecha tan especial. Y así ha sido desde siempre, porque la ciudad ha acogido bodas que dejaron un recuerdo único. Una de ellas la del gran tenor aragonés Miguel Fleta cuando esposó con la salmantina Carmen Mirat.

Miguel Fleta llega por primera vez a Salamanca en calidad de turista para disfrutar de la feria de septiembre de 1927. Durante fechas tenía el doble compromisos de ver torear a su amigo, el rondeño Cayetano Ordóñez ‘El Niño de la Palma’ y también la actuación que protagonizaría Conchita Piquer, con quien un año antes había compartido escenario en Buenos Aires.
En ese encuentro con Salamanca, bajo los soles ‘maduramembrillos’ y con la ciudad envuelta en la trompetería festiva y las carreras de los más pequeños alrededor del Padre Lucas, el tenor se prenda de la elegancia, belleza y coquetería de una jovencita que pasea por la plazuela del Corrillo junto a unas amigas. Lo impacta tanto que Fleta la aborda para conocerla y enseguida sintió un flechazo de amor. Con la jovencita, Carmen Mirat, perteneciente a una conocida familia de la ciudad, inicia ese mismo día una relación que acaba en la espectacular boda celebrada unos meses después –el 20 de abril de 1928- en la iglesia de San Esteban.
Fue una boda de la que se habló durante décadas e hizo olvidar la monotonía que vivía entonces la ciudad. La ceremonia, para la que se alfombran de rojo las céntricas rúas que discurren desde la Plaza Mayor hasta San Esteban, echa a toda la gente a la calle para admirar al famosísimo tenor que se había enamorado de una charra. Desde entonces, Miguel Fleta ya quedó ligado a esta Salamanca que lo cautivó. Y la que tantas veces aplaudió su arte.
Y ahora que cada fin de semana Salamanca se viste de novia, entre los ecos de la ciudad siempre queda el recuerdo de aquella boda que alfombró de rojo varias calles de la ciudad y convirtió a Salamanca en una fiesta.

AÑORANZAS DE LA CALLE PRADO
Esta tarde tormentosa dejé perder mis pasos por la calle Prado, esa céntrica rúa vertebradora de la Salamanca monumental con la otra, la que se abre paso a la modernidad. La que siempre fue un lugar de encuentro y de chateo gracias a sus bares y tascas. Los de ahora y los de antes, cuyo recuerdo sigue vivo en tantos salmantinos. ¿Quién no alternó en Mi Vaca y Yo, la freiduría de Marín o la Gran Tasca –este aún abierto-?
Fue lugar de encuentro, siempre plena de salmantinería, donde los taurinos contaban sus últimas hazañas y batallitas en Mi Vaca y Yo, bar de solera regentado por aquel Florines –fallecido hace varios meses- que fue un emblema de la ciudad y donde las paredes de su reducida estancia guardaban tantos secretos y confidencias que por el bien de todos es mejor nunca hablasen. Porque aquel bar fue un emblema del mundo taurino local. ¡Y el Marín! Separado de Mi Vaca y Yo por un tabique tampoco dejó a nadie indiferente por las exquisiteces de temporada que iba a recoger al campo su dueño y siempre deleitaba a los mejores paladares tras pasarlos por su plancha. Ocurría en el otoño con las setas, más tarde la exquisita maruja; después, en primavera las sardas del Huebra y seguidamente los cangrejos del Zurguén, que siempre iba a recoger Marín en sus días libres.
Y es que al dejar perder mis pasos por la calle Prado, entre truenos y relámpagos sentía la añoranza del ayer al desempolvar los almacenes del recuerdo.

EL RECUERDO DE LA COVACHUELA
Paseaba por los portales de San Antonio, un lugar que regala paz y recordaba los tiempos de La Covachuela, cuando gracias a su dueño–Maese Antonio- se convirtió en otro símbolo de nuestra ciudad. Medio mundo conocía a aquel personaje convertido en un icono de la hostelería charra gracias a su verborrea y, más que nada, algo que le dio su total reconocimiento, por la el perfecto dominio de la bandeja ‘camarera’ donde era un espectáculo verlo en acción con el manejo de las monedas mientras recitaba unos poemas dedicadas a la Plaza Mayor, entre la admiración de los clientes, muchos de ellos turistas, otros estudiantes o clientes habituales que jamás se cansaban de admirar a aquel hombre. A Maese Antonio.
Y allí, bajo el recuerdo también de esas turroneras de La Alberca que se instalan durante el mes de diciembre para endulzar la Navidad de las familias salmantinas y con la maravilla del Mercado Central, al otro lado de la acera, que es una despensa de la ciudad, cierro los ojos para volver a sentir el ajetreo de las monedas sobre la bandeja ‘camarera’ de Maese Antonio. De aquel personaje que convirtió al pequeño bar La Covachuela en otro símbolo de nuestra ciudad.

EL SUEÑO DEL EXILIADO
Aquel verano de 2018 fue especial para Patricia Jones. Por primera vez dejaba atrás su casa en Little Rock, estado de Arkansas –USA- para atravesar el Atlántico y viajar a Salamanca como alumna de los Cursos Internacionales de Verano. Lo hacía emocionada al encuentro de la raíz de su bisabuelo, don Matías Santos, profesor de Latín que debió exiliarse en agosto de 1936, antes de cumplir los treinta años, al ser sentenciado a muerte por quienes se alzaron al poder por la fuerza de las armas.
Bajo el infierno del día de San Pedro, con los cielos escupiendo fuego, pisó por primera vez esta ciudad de la que tanto había escuchado hablar. Al descender del Alvia que la trajo de Madrid y buscar un taxi en los exteriores de Vialia para llevarla a la Avenida de Alemania, donde estaba el que sería su hogar durante los próximos meses, Patricia, no pudo contener la emoción. Salamanca era, desde siempre, la meta de todos sus caminos.
Esa misma tarde, dejándose llevar de una aplicación en su móvil, acudió a conocer el entorno monumental e impregnarse de los aires de esta ciudad en la que clava parte de sus raíces. Con andares parsimoniosos y disfrutando cada rincón ya cerca de la puesta del sol, entre la magia de las dos luces, alcanza la Plaza Mayor a través del arco del Corrillo. Entonces, nada más pisar el empedrado de granito cerró los ojos y en su pensamiento volvía a ver a su bisabuelo paseando por allí, ataviado con esa capa charra con la que pidió ser amortajado (jamás regresó del exilio) y camino de la facultad en el mismo escenario del que tanto la habló. Y hasta sentía otra vez sus palabras, cuando le hablaba tanto de esa Salamanca de la que tuvo que huir para librarse de una muerte a la que fue condenado por quienes se alzaron al poder por la fuerza de las armas.

19 DÍAS Y 500 NOCHES
Fue una noche en un bar después de un concierto... Carlos, camina esta noche apacible de junio, con la esperanza en sus ojos, tarareando esta canción de Joaquín Sabina. Es un fan absoluto del cantante y la canción que tararea gusta decir que es la canción de su vida.
Esta noche, después de cerrar su establecimiento hostelero en el centro de Salamanca, regresa a su casa contento. Por fin su negocio comienza a ver un hilo de luz al final del túnel y hoy siente una paz interna que le reconforta mientras en su paseo nocturno va admirando la calma y belleza que le transmite la ciudad.
En realidad, Carlos y Salamanca, son socios. Salamanca pone su belleza para atraer al turismo y él y su restaurante deleitan con sus exquisitos platos a quienes la visitan.
Al llegar a la Plaza Mayor hoy recuerda aquel ya lejano 1994 en que vino desde Madrid a ver un concierto de Joaquín Sabina con unos amigos y, nada más empezar el concierto, las palabras de su ídolo hicieron la magia:
-¡Buenas noches, Salamanca! Os juro por mis hijas que esta es la plaza más bella que me escucha cantar!
Al oírlo, Carlos, levantó la vista hacia la Plaza y en ese momento quedó enamorado de ella para siempre. Pero al amor esa noche le quedaba otra carta en la manga y... Fue una noche en un bar después de un concierto donde aquella noche conoció a Susana, detrás de la barra de un bar y el destino hizo el resto.
Mientras mira embelesado la Plaza no puede evitar pensar que es el lugar donde comenzó todo y gracias a aquel concierto de Sabina descubrió la belleza extrema del ágora, encontró a Susana, abrió su propio negocio, formaron una bonita familia, y hoy es - como siempre dice- 'un charro de Madrid por la gracia de Sabina'.

VIEJAS ESTAMPAS DE LA PLAZA DE SAN ISIDRO
La plaza de San Isidro siempre desprende magia. A cualquier hora del día o la noche, da igual la estación del año, pasear por ese monumental rincón impregna el aroma de la Salamanca sabia. La universitaria y literaria, que es lugar de paso de tantos jóvenes camino de sus facultades para seguir los pasos de la inmensa lista de eminencias que dejaron su nombre escrito en nuestro viejo Estudio.
Rincón de encuentros y hasta cruce de caminos; porque esa plaza de San Isidro fue durante muchos años la puerta de entrada y salida a Salamanca para los viajeros que llegaban en autobús. Si, hasta que se inauguró la actual estación de autobuses de Salamanca, de ahí, de las llamadas cocheras de San Isidro –una después albergaría la Facultad de Derecho; la otra, un conocido bar de copas- partían muchos de los autobuses que comunicaban la capital con la provincia. E incluso el Auto Res de Madrid allí dejaba y recogía el movimiento de todos los viajeros de la capital del Reino.
Y hoy sigue allí, viendo el pasar el tiempo, sin perder jamás un ápice de su grandeza histórica y monumental.

¡MÁS GRANDE QUE LA CATEDRAL NUEVA DE SALAMANCA!

Los ojos de Nerea se iluminan de alegría al salir del colegio. ¡Su abuelo ha ido a recogerla! Tiene una unión muy especial con él, le encantan las historias que le cuenta y el paseo que da por la ciudad antes de volver a casa después de tomar un batido de vainilla en una terraza de la Rúa.
-Abu -que es como llama Nerea cariñosamente a su abuelo- hoy no quiero batido, hoy me voy a pedir un helado tan grande como la Catedral de Burgos.
-¿Qué es eso de la Catedral de Burgos? -le pregunta el abuelo entre risas.
-Es que cuando quieres algo muy grande, se dice más grande que la Catedral de Burgos porque esa es la más grande del mundo mundial, abu.
El abuelo rompe a reír con la ocurrencia de la pequeña.
- Vamos antes a dar un paseo y te voy a contar un secreto por el camino.
Nerea, curiosa y entusiasmada ante el secreto que le va a ser revelado, agarra la mano de su abuelo y se dirigen hacia la Catedral Nueva. Una vez llegan a la Plaza de Anaya, el abuelo le señala a la pequeña el impresionante edificio y le pregunta:
-Nerea, ¿Recuerdas que como se llama esa catedral?
-Claro, abu. Es la Catedral Nueva. Catedral de la Asunción de la Virgen, tú me lo dijiste.
-Pues ahora te voy a contar un secreto: Tú has dicho antes que querías un helado más grande que la Catedral de Burgos creyendo que era la más grande, pero la realidad es que la Catedral de Salamanca, la nuestra, es la segunda más grande de España solo 'le gana' en dimensiones la de Sevilla. Ahora ya sabes el secreto. Además, mira ese dragón ¿Qué está haciendo.
-¡Se está comiendo un helado, abu!
- Pues claro. El dragón es listo y ha venido a esta catedral porque es grande y le han dado tres bolas de helado. Si la Catedral de Burgos fuese más grande, el dragón estaría allí. Y mira su campanario, mide 93 metros y también es uno de los más grandes del país.
¡Otro día te enseñaré el retablo de la Catedral Vieja que es uno de los más grandes del mundo!
-Y ahora, pequeña, vámonos a tomar ese helado que querías, que se nos va a hacer tarde.
-Abu, el helado... ¡ahora lo quiero tan grande como la Catedral de Salamanca!
Salamanca, la ciudad que alberga grandeza la midas por dónde la midas. Una joya abierta al mundo.


EL OLVIDADO CRISTO DE LAS BATALLAS

Salamanca se cuenta, se canta y sobre todo se vive disfrutando de sus calles, de sus secretos y sus misterios. A cada paso, en cada rincón, se respira historia e historias. 2700 años, desde que naciera en el alto del Cerro de San Vicente, para convertirse en uno de los museos al aire libre más bellos del mundo, dan para mucho.
Muchas son las joyas que se esconden tras los muros de la ciudad, la mayor parte de ellas tuvieron su momento en la historia y hoy pasan casi desapercibidas.
Una de ellas, olvidada por muchos y desconocida por algunos es el Santísimo Cristo de las Batallas, una talla del siglo XII, que presidía las liturgias en las campañas militares de don Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador. Al tiempo de morir El Cid, su capellán, Ieronimo de Perigord, es nombrado obispo de la Salamanca, quien trae la talla a Salamanca junto al testamento del más famoso líder militar castellano de la historia.
Dicho Cristo, gozó de gran fervor en los siglos XVII y XVIII y fama de milagroso. Seas creyente o no, acércate a de admirar un pedazo de la historia de España que se encuentra custodiado en la Catedral Nueva.
Mientras la vida fluye y discurre como un torrente por toda la ciudad, permanecen pacientes y sigilosos miles de secretos, misterios y curiosidades esperando a que tú los descubras.
¡Todo esto y más, solo en Salamanca, la ciudad que nunca defrauda. El límite lo pones tú! ¿Te la vas a perder?

LA MARAVILLA DEL CREPÚSCULO

Aquella mañana la ciudad mostraba su misticismo bajo luz cenital que dibujaba unos inmensos cielos azules. Decidimos adentrarnos a disfrutarla entre el dédalo de sus calles como si fuéramos dos lobos solitarios. En el camino, esas luces parecían provocar unas ojeras que no apagan el brillo de sus ojos cuando miran al infinito y ven un sueño. Ese sueño se convertía, ¡por fín! en realidad al descubrir Salamanca y poder disfrutar con su monumentalidad y la grandiosa historia guardada en sus viejos legajos.
Acabó siendo un día tan hermoso que, al contemplar por primera vez la Plaza Mayor, se les iluminaron los ojos hasta abrirse una sonrisa como una flor de primavera, porque parecían estar en el sueño más feliz en esas horas donde los soles habían ganado su pelea contra las nubes y un rato más tarde, mientras visitábamos las torres de la Catedral, nos regaló la maravilla del crepúsculo. Era el instante mágico de las dos luces que nos dejó embrujados mientras observamos la fragua que ardía en el poniente.

 

EL REGRESO DEL EMIGRANTE

Aquel mes de septiembre de 2018, Carlos Boyero, regresó a Salamanca gracias a la ‘Operación Añoranza’. Hacía 78 años que no respiraba los aires de la ciudad que lo vio nacer y de la que emigró, junto a sus padres y hermano, un lunes del mes de marzo de 1940 camino del puerto de Vigo para embarcar en el ‘Marqués de Comillas’, el vapor rápido que los llevó a Argentina. Desde entonces siempre soñó con regresar algún día su ciudad natal, de la que recordaba su Plaza Mayor, sus calles, sus amigos y muy especialmente la iglesia de San Juan de Sahagún, cercana a su casa y de la que nunca olvida que el domingo anterior a la marcha, acompañado de sus abuelos, tíos, primos… acudieron a la misa. Lo hicieron a modo de despedida además de pedir salud y prosperidad para la nueva vida en aquel Buenos Aires tan lejano, al que viajaban al reclamo de unos familiares, ante la difícil situación que atravesaba España, recién salida de la Guerra Civil.
En el regreso a Salamanca, junto al resto de emigrantes que conformaban la edición de ‘Operación Añoranza’, tras abrazar a varios primos, Carlos Boyero se emocionó al volver a pasear por estas calles que lo vieron correr de niño, al igual que la Plaza Mayor, aunque huérfana de los jardines que tenía cuando él la conoció. Envueltos en tantas vivencias, mientras bajaban por la calle Toro, al alcanzar la Plaza del Liceo, a Carlos Boyero se le iluminaron los ojos al contemplar, sobre las edificaciones, la aguja de la iglesia de San Juan de Sahagún, la iglesia tan querida para él y cercana a su casa natal. Entonces sugirió ir a sus parientes acudir hasta ella, con la suerte que en ese momento comenzaba una celebración religiosa. Accedieron al templo y sentado sobre el banco, dominando por la emoción Carlos Boyero cerró los ojos y sentía que era aquel niño que, en ese mismo lugar estaba acompañado de toda la familia para decirle adiós antes de emigrar a Argentina, mientras en sus adentros pensaba que en el mundo no hay nada más bonito que Salamanca.

 

OH, LA LA!

No hay nada con más orgullo para un salmantino que ser anfitrión de un forastero en la Plaza Mayor, la joya más emblemática que guarda el tesoro de la ciudad. En esta ocasión, acompañado de Philips, un amigos francés, bajamos caminando por la encrucijada de las calles céntricas y mientras admiraban cada detalle de una ciudad que les impresionaba a cada paso, esperaba el momento de subir las escaleras del Ochavo para consumarse el encuentro con esa Plaza Mayor que es la postal de Salamanca y de la propia España.
El sol lucía con toda la fuerza del mediodía y en el momento de sentir la bendición de pisar por primera vez el ágora, el cinturón y la sala de estar de Salamanca, ambos hicieron un gesto cómplice de felicidad. “Oh, la la! Quel Beau!”. Exclamó mientras perdía la mirada entre el precioso juego de arcos, farolas, medallones… que conforman el artístico tejido de la Plaza Mayor.
Durante más de una hora caminamos alrededor de los cuatro pabellones que la conforman, dejando atrás los 88 arcos, observando los 247 balcones que miran a la Plaza, contemplando las 112 farolas. En el despacioso paseo también les llamó la atención los 56 medallones labrados y que aún quedan pendientes de ser labrados para perpetuar el recuerdo de algún destacado personaje.
Después, mientras detuvieron su mirada en el Pabellón del Ayuntamiento, Philips preguntó a qué se debía el vacío de varias hornacinas:
- El 30 de septiembre 1869, al producirse la revolución conocida como ‘La Gloriosa’, que mandó al exilio a la reina Isabel II, la masa enfervorecida derribó los bustos de sus abuelos, Carlos IV y de María Luisa de Parma. Y ahí siguen vacíos.
Philips no podía disimular su emoción tras descubrir ‘in situ’ el recinto charro y en cada sorpresa que descubrían en su camino volvía a decir: ““Oh, la la! Quel Beau!”.

¡LOS JESUITAS QUERÍAN DERRIBAR LA CASA DE LAS CONCHAS!

¡Qué maravilla! (indicó Jesús a su amiga Teresa mientras observaba La Casa de las Conchas desde las escaleras de La Clerecía).
-¿Te la imaginabas así?
-Aún impresiona más al natural que en fotografías o videos.
Jesús, procedente de la localidad valenciana de Játiva, se encontraba de excursión en Salamanca junto a sus compañeros de instituto. Le encanta el arte y de hecho iba a estudiar el grado de Historia del Arte, por lo que desde muy niño curioseó cuando caía en sus manos. Pero Salamanca era especial para él y por esa razón, este viaje, el primero que hacía a la capital del Tormes, era como el primer beso con un nuevo amor.
Sin embargo, en el racimo monumental, había algo que lo cautivaba más aún: La Casa de las Conchas. Esa una referencia que le llamaba tanto la atención que, con frecuencia, buscaba más datos sobre ella en el inmenso mundo de Google. E incluso había podido adquirir varios libros sobre ese majestuoso edificio levantado entre 1493 y 1517. En silencio no dejaba de admirar la sucesión de conchas en sus paredes, las ventanas góticas, la puerta dintelada principal… o cualquiera de los detalles que fotografiaba, además de sacarse un selfie, con el monumento a sus espaldas, para subirlo rápidamente a sus redes sociales.
Tras el encuentro inicial, que fue una especie de flechazo, Jesús, comentó pormenores del monumento con Teresa, compañera de estudios con quien compartía tantos gustos y aficiones.
-Lo que más me llama la atención al leer cosas sobre La Casa de las Conchas es que los Jesuitas, dueños de esta iglesia de La Clerecía, quisieron comprarla e incluso utilizaron un montón de artimañas para hacerse con ella. Lo triste era el destino que pretendían darle.
-¿Cuál? (preguntó Teresa).
-Su idea era derribar el edificio, porque le restaba visibilidad a La Clerecía. Afortunadamente no lo consiguieron. Para eso sirve para que te des cuenta las aberraciones tan grandes que se han cometido y el analfabetismo que se ha hecho presente tantas veces por meros intereses.

 UNA PUERTA DE SALAMANCA AL MUNDO

Siempre me ha maravillado el Puente Romano y muchas veces me he preguntado si los salmantinos le dan la importancia que merece. Nos hemos acostumbrado a verlo sobre el Tormes, a admirar las siluetas de las Catedrales desde él y a veces pasa a un segundo plano. Es como si llevara ahí toda la vida y en realidad casi es así ya que se construyó en la segunda mitad del siglo I.
Salamanca no sería como hoy la conocemos sin él.
Muchas han sido, a lo largo de la historia, las batallas que se han librado sobre este puente para defensa de la ciudad pero, el Tormes, que hoy pasa sereno y calmado a sus pies, ha sido siempre su compañero y su peor enemigo. Su caudal fue siempre quien mayores daños le infringió. Pero ahí sigue el puente, poderoso y bello. Una puerta que abrió Salamanca al mundo desde el siglo I hasta 1913 con la construcción de un nuevo puente.
Hoy sigue siendo el símbolo de Salamanca, el protagonista de su escudo, por el que transita la vida, el camino a la sabiduría de la Universidad, el recreo del viajero... una puerta abierta a la intercultura que tiene en Salamanca a su mejor embajadora.
Los romanos, en el Siglo I, ya sabían que Salamanca merecía un puente y que este la haría tan grande y hospitalaria como hoy la conocemos.
Los viejos puentes de piedra tienen algo que decirnos: cuando confías en ti mismo, ¡la gente confiará en ti! ¡Si te mantienes firme, la gente vendrá a ti!”. (Mehmet Murat ildan)
Donde esté nuestro Puente Romano, abriendo Salamanca al mundo, que jamás se construyan muros.


 EL ENCUENTRO CON SALAMANCA

El pequeño Alberto paseaba de la mano de su abuelo por las calles del centro y escuchaba atentamente todas las explicaciones. Se sentía feliz y muy seguro de su abuelo, quien le transmitía con orgullo el significado de cada rincón que descubrían.
- Abuelo, ¿cuándo te viniste a vivir a Salamanca?
- En 1973 cuando llegué destinado a la Base Aérea de Matacán.
- ¿Y siempre te gustó tanto?
- Si, desde que pisé por primera vez las calles de Salamanca supe al instante que yo le pertenecía y sentí que me estaba esperando desde hacía tiempo.

LA SABIDURÍA QUE ENCIERRA EL SILENCI0

¡Daría todo por volver el tiempo atrás!
Por volver a sentir la sensación de aquella primera vez que descubrí la Calle de la Compañía y tardé media hora en recorrerla mientras experimentaba un torbellino de emociones a cada paso.
Salamanca iba a ser mi hogar mientras cursaba mis estudios en su Universidad. ¡Qué pardillo era. Venía de Madrid y pensaba que sabía todo de la vida!
La primera lección que me dio Salamanca fue pasear esta imponente calle acompañado únicamente del sonido de mis pasos. Descubrí que no hay ruido más ensordecedor que su silencio. Un silencio sonoro que alimenta el alma, que se adueña de tu voluntad y, llegando a la Clerecía, con la luna de plata asomada a sus torres, comprendí cual grande era mi ignorancia y sentí que ese estruendo silencioso y la luz reflejada en sus piedras reconfortaban mis temores.
Han pasado los años y a punto de terminar la carrera en unos pocos días, vuelvo a pasear esta calle con la nostalgia de aquella primera mirada y ahora con la profunda tristeza de tener que dejar Salamanca, pero con el intimo convencimiento que volveré siempre que necesite reconciliarme con el mundo, a pasear esta calle que aquel día robo mi alma.
Por siempre y para siempre, Salamanca formará parte de mí.
¡Ahora soy un charro de Madrid!

ADARES, UN POETA EN EL CORRILLO

Luis Patón se había jubilado como profesor de Literatura y desde entonces se dedica a cultivar su pasión por la poesía. A su surtida biblioteca, donde se apilan miles de volúmenes con infinidad de firmas, llegó un poemario de Remigio González Martín ‘Adares’ y desde ese momento quedó cautivado por aquel viejo poeta. Por el trovador de inconfundible silueta que hizo de la plazuela del Corrillo el salón de su casa y su estampa fue un estandarte de ese rincón capitalino, donde una escultura de Agustín Casillas rinde homenaje a su figura.
Un buen día, Luis Patón decidió conocer más de cerca la huella de Adares y se desplazó a Salamanca para conocer el legado del poeta. Al llegar buscó un lugar para establecerse y acabó recayendo en el hotel Casino del Tormes, que le entusiasmó desde el mismo momento que levantó la persiana de su habitación, sintiéndose en el mismo paraíso al asomarse a la ventana y contemplar la magia de las Catedrales, que casi podía tocar con la mano. Allí, en ese hotel encontró el sitió perfecto para inspirarse, porque además tenía al lado el Tormes, con sus aguas, tan cantadas por Adares. Por ese poeta al que Luis Patón descubrió de manera casual y en el encuentro de su legado se encaminó a la plazuela del Corrillo para dejar perder la mirada en ese rincón donde late con intensidad la vida de la ciudad. Entonces, Luis Patón tuvo la sensación que se le acercaba el viejo rapsoda para ofrecerle, con su voz melosa, uno de sus libros.

 

 EL VITI, 60 AÑOS DE SEÑORÍO

Hace 60 años un charro universal –Santiago Martín ‘El Viti’- escribía una página importantísima en el libro de su vida torera. Aquel día, que era sábado, Salamanca vivía el acontecimiento de la alternativa de quien iba a aupar su nombre a lo más alto del pedestal de la Tauromaquia. De un torero con mayúsculas que siempre engrandeció su arte abrazado al señorío y a la inmensa humanidad.
Hoy es la celebración, la de un hombre que es un orgullo de esta tierra al igual que las viejas encinas que clavan sus raíces en el fondo de la historia. La de un toreo colosal que es el gran embajador de su tierra por todo el mundo después de sembrar el respeto, la admiración y el afecto, sin dejar a nadie indiferente.
Salmantino universal y símbolo de España, máximo representante de la vieja Castilla y quien más alto voló en el planeta de la Fiesta, siempre apegado a su querida charrería, la misma que hoy festeja la efeméride del 60 aniversario de su alternativa. ¡De la alternativa del Viti!
Salud y larga vida, maestro.

¿DÓNDE PASAMOS LA TARDE?

Esta tarde, si escampa y empieza a abrir el telón a los soles de mayo, me gustaría pasear a tu lado por esta joya de ciudad. Disfrutar de su tesoro monumental y respirar sus aires, alegrar la vista con la magia de su piedra zurcida a golpes de cincel y sentir que uno pasea por las calles que han escrito tantas páginas de la historia.
Me dejo llevar por ti. ¿Dónde vamos?
¿A tomar una caña a la terraza de la Plaza Mayor?
¿A acariciar los cielos desde Ieronimus o Scala Coeli?
¿A disfrutar de la magia del Huerto de Calixto y Melibea?
¿A dar un placentero paseo por la Calle Compañía?
¿A contemplar de nuevo la fachada de la Universidad y visitar el Patio de las Escuelas Menores?
¿A sentarlos en la soledad del Patio Chico?
¿A dar un paseo por el Puente Romano y detenernos a ver pasar las aguas del Tormes?
¿A impregnarnos de historia en el Claustro de Colón?
Salamanca, en sí misma, es un tesoro y por eso os invito a dar un paseo por ella. ¿Dónde pasamos la tarde?

 

¡SENTIR MI SALAMANCA!

Vuela mi recuerdo para aquellos salmantinos que por diferentes circunstancias emprendieron su vida lejos de Salamanca y al marchar llenaron su maleta de sueños, apasionantes proyectos laborales, alegría por una vida nueva, aventura, amor...sea cual fuere la razón de su partida, en ninguna de esas maletas faltó la nostalgia.
Nostalgia de los recuerdos su infancia, de su familia, de los rincones de su ciudad, los olores, los colores de sus piedras, nostalgia del camino andado hasta llegar al destino en el que hoy se encuentran.
Para el charro que está lejos, Salamanca está siempre presente en sus pensamientos, ligada a grandes y bellos momentos de su vida y esa nostalgia es un oasis de inspiración en los malos momentos, un remanso de paz donde refugiarse, recordar y coger fuerza.
Hay una historia detrás de cada salmantino que se fue pero también un deseo común en todos ellos: Volver a su ciudad, esa que los añora y a quienes siempre agradece su contribución al recordarla en la distancia, al hablar de ella de manera tan apasionada; no hay mejor embajador de Salamanca que el salmantino ausente, cuyo objetivo es regresar en vacaciones, en navidades, una escapada de fin de semana... y volver a encontrarse con sus calles, con sus rincones, pasear su Plaza Mayor o disfrutar de su ambiente.
Salamanca les espera, siempre bella, siempre acogedora, ansiosa por devolverle los más bellos recuerdos de quienes se marcharon; una madre que nada reprocha y recibe con los brazos abiertos al hijo que vuelve.
Vuela hoy, desde esta página, un abrazo y el deseo de volver a veros pronto, de compartir con vosotros, de ver en vuestros ojos la alegría al volver a pasear vuestra ciudad teniendo la sensación de que nunca os fuisteis, respirar profundo y exclamar de nuevo “¡Estoy en mi casa!”.

 

LA PAZ DEL CAMPO DE SAN FRANCISCO

En el Campo de San Francisco, el paseante busca el frescor de las sombras para aliviarse de los primeros sofocos que nos regala la primavera. Sentado sobre un banco se inspira en la tranquilidad de ese rincón; el mismo que acogió una de las antiguas plazas de toros de la ciudad y piensa en oles dedicados a Lagartijo, a Guerrita, a Bombita… cuando torearon ahí y eran los atractivos de la feria.
Al cabo de un rato sigue su camino y alza la mirada para observar, cerca de él, el lugar donde estaba la puerta de San Bernardo –lugar donde se despedían los duelos de la ciudad, al comenzar ahí el camino del cementerio- y continúa por el dédalo de esas calles hasta acceder a la de García Tejado y alcanzar el antiguo Hospital Provincial. Allí, bajo la inmensa entrada, levantada en piedra de Villamayor y formada con cuatro columnas de dobles apoyos cilíndricos, rematados en la parte posterior con una especie de balconada, observa el busto dedicado al personaje que le da nombre a la calle, el eminente médico y político salmantino Andrés García Tejado, quien fuera impulsor de ese centro hospitalario en 1930. Se detiene a contemplarlo con la admiración que guarda a esas gentes luchadoras para tener una Salamanca más digna hasta lograr la magnífica ciudad de hoy y a quienes tantas veces la erosión del tiempo borra del recuerdo.
Rodeado de paz y sin algarabía alrededor se recrea en ese rincón, tan cercano a la joya del colegio Arzobispo de Fonseca, a medio camino entre el Campo de San Francisco y el Cerro de San Vicente que vio nacer a esta Salamanca que regala su belleza en cada rincón. Después vuelve sobre sus pasos para regresar de nuevo al Campo de San Francisco y sentarse en el mismo banco donde descansó un rato antes. Ensimismado y paz, con los silencios rotos por el concierto de los pájaros nuevos que acaban de echarse a volar, piensa en los oles dedicados en aquel lugar a Lagartijo, a Guerrita, a Bombita…

 

¡AQUELLOS BANCOS DE LA PLAZA MAYOR!


Los más mayores de la ciudad aún recuerdan el antiguo aspecto de la Plaza Mayor con parques y jardines, junto a un templete de música en el centro, tan diferente a la actual del enlosado de granito. Esa Plaza zurcida a golpe de cincel con las formas tan hermosas y simétricas hace un par de años, recuperó su antigua forma con decorados realizados para el rodaje de la película ‘Mientras dura la Guerra’.
Los jardines permanecieron hasta 1954 y el nuevo enlosado se ‘vistió de largo’ con motivo de una visita realizada por Franco, permitiéndose desde entonces aparcar en el ágora. Sin embargo durante esos meses no faltó la polémica mientras numerosas voces reclamaban la vuelta a los jardines:
“La plaza de Salamanca, antes era un vergel y ahora la han dejado como el patio de un cuartel”.
Sin embargo, los hermosos jardines y los bancos de granito con respaldo no desaparecieron. Fueron aprovechados en la nueva ornamentación de las vecinas plazas de Los Bandos y La Libertad, donde allí siguen, ignorando muchos de los paseantes y quienes hace un alto en el camino para descansar sobre ellos que durante décadas contribuyeron al realce de la belleza de la Plaza Mayor.

 

SALAMANCA: RECUERDO DE UNA MADRE


-¡Cómo echo de menos a mi madre! Hace 17 años que me dejó. Pensé que el tiempo sería un bálsamo que atemperara el dolor de no volver a verla pero, por mucho tiempo que haya pasado, sigue doliendo.
Hace ya 22 años que vivo lejos de Salamanca y siempre vuelvo por el día de la madre. Cuando ella se marchó podría haber dejado de venir en esta fecha, pero necesito hacerlo. Salamanca ahora 'es mi madre' como antes también lo fue de mi madre, y de la madre de mi madre... cada rincón, cada calle me habla de ella, de mi infancia, de mi juventud... ¡La paseamos y la vivimos juntas tantas veces que cualquier lugar de esta ciudad guarda un recuerdo nuestro!
Vivir fuera de tus raíces se hace duro a veces y en esta fecha es cuando más me doy cuenta de cuánto necesito esta relación con mi Salamanca. Todos los charros que vivimos fuera soñamos con volver. Salamanca es belleza.
No importa lo lejos que esté o cuánto tardaré en volver, Salamanca siempre será mi hogar y quien custodia mis más bellos recuerdos
De esta forma Isabel abría su corazón ayer, mientras tomábamos un café en una terraza de la calle La Rúa.
Tras pasar gran parte de la tarde juntos, de camino a casa volví la vista atrás, caía la tarde y el alba era aún un sueño lejano, una cúpula de estrellas coronaba el cielo... ¡Salamanca... qué bonita eres!

 

EL REGRESO DEL EMIGRANTE


Cuando Joaquín enviudó se vino a vivir a Salamanca, tras permanecer cincuenta años en Baracaldo. Buscaba la proximidad de sus hijos y evitar el dolor de la soledad. Salamanca le gustaba y de hecho en sus años jóvenes, al licenciarse de la mili, realizada en el viejo Cuartel de Caballería, pensó en instalarse definitivamente en la ciudad. Sin embargo la falta de oportunidades laborales lo empujaron a emigrar a Bilbao. Desde allí, su arraigo y cariño por Salamanca fue tal que, a sus hijos, en el momento de emprender los estudios universitarios, no tuvo duda en recomendar Salamanca, cuna de la sabiduría. Con el tiempo, una vez que finalizaron y con el título en el bolsillo, los tres se instalaron a la vera del Tormes.
Por las mañanas aprovechaba para caminar y en varias ocasiones lo hizo hasta el lugar donde estaba ubicado su cuartel en la Avenida de Federico Anaya; en el mismo actualmente se levanta el Corte Inglés. Allí recuerda infinidad de momentos vividos en el enorme patio, el mismo que hoy forma parte de la llamada Plaza de la Concordia y estos días acoge la exposición ‘El Prado en las Calles’ y mientras desempolva vivencias observa el majestuoso pórtico de entrada de piedra de Villamayor, conservado en un lateral del ágora; entonces cierra los ojos para rebobinar la película de su vida y vuelve a sentirse como el mozo que se iba a comer el mundo.
Las vivencias de aquel lugar se agolpen en los almacenes de su memoria, aunque él siempre valora el inmenso progreso que han traído los tiempos, porque aquella Salamanca en la que descubrió la vida y aún con tantas carencias, hoy es un imán mundial gracias al turismo, con gentes llegadas de los cinco continentes para embelesarse de la monumentalidad tallada en esa piedra que, con las primeras luces del alba y las últimas del crepúsculo, se tiñen de oro. Y para Joaquín todos los caminos de su vida conducen a Salamanca.

 

LAS TRES MARIPOSAS BLANCAS DE GOYA EN SALAMANCA

Hoy os voy a contar una historia que apenas estás está escrita en los libros vinculada a Goya con Salamanca:
Fueron tres las obras nacidas de las prodigiosas manos de uno de los pintores más universales, Francisco de Goya y Lucientes, cuyo destino final era el altar mayor del colegio La Inmaculada de la Orden de Calatrava, en la Universidad de Salamanca. Tres joyas pictóricas que por desgracia no han llegado hasta nuestros días.
El encargo de esas tres obras lo realizó Melchor de Jovellanos, gran admirador del pintor, para completar las obras de los colegios de las Ordenes Militares.
Llegada la Guerra de la Independencia y con ella la destrucción hizo que Salamanca perdiera la cuarta parte de su patrimonio artístico.
Cambió la silueta de la ciudad por el derribo de multitud de iglesias, junto a numerosa obra civil y con ellas muchas de las cúpulas que coronaban el cielo salmantino. En uno de los saqueos de los franceses desaparecieron las tres obras de Goya. Sin saber si fueron destruidas o lucen en algún salón privado en alguna parte del mundo, lo único que se conserva es el boceto de la Inmaculada Concepción -probablemente regalado por Goya a Jovellanos- y que finalmente adquirió el Estado y se expone en el Museo del Prado.
En el boceto se aprecia como Goya rompe con las líneas barrocas e interpreta la obra bajo las premisas del neoclasicismo, adaptando los ropajes al cuerpo de forma natural.
Así es como Salamanca perdió tres obras de Goya que hoy serían tres mariposas blancas coronando el gran patrimonio histórico del que con orgullo presumimos los salmantinos.
Ni el héroe Julián Sánchez 'El Charro' que tanto luchó junto a su ejército en aquella contienda para defender esta tierra, pudo salvar la obra del genial pintor de las manos de la barbarie.

 

EL CÁMARA ENAMORADO DE SALAMANCA

Paseabas por estas calles de Salamanca con la emoción que transmiten sus viejas piedras zurcidas a golpe de cincel. Con tu inseparable cámara eras feliz grabando la belleza del Patio Chico, la magia de Ieronimus cuando subías a la torre de la Catedral para acariciar los cielos; o la estampa de esa Salamanca tan coqueta que le encantaba verse reflejada sobre las aguas del Tormes.
Ahora, Roberto, que ya grabas en la eternidad, siempre nos quedará de ti el mejor de los recuerdos. Porque como gente como tu contribuyó a la grandeza de esta ciudad.
Hasta siempre, compañero.

 

VOLVER SOBRE SUS PASOS

María bajó del bus que la traía de Madrid en la estación de autobuses. Hacía más de quince años que no volvía a Salamanca, justo desde finalizar la carrera de Magisterio y quedó impresionada por la transformación sufrida por la ciudad durante estos tres lustros. Hasta la misma estación le llamó la atención con los magníficos vinilos que invitaban a conocer algunos de los más destacados monumentos capitalinos.
Por delante tenía tiempo suficiente y, al igual que tantas veces hizo en su época de estudiante, bajó caminando en dirección al centro, hasta el hotel que tenía reservado. En el trayecto, las ruedas de su maleta rompían los silencios, aunque ella, con la emoción del momento, estaba envuelta en la infinidad de bellos recuerdos vividos que en estos instantes desenroscaba de la madeja de la vida. Aquellos tres cursos dejaron herrado en su corazón un cariño y gratitud perpetua a Salamanca, que también sentía suya.
Ahora llegaba para una celebración con sus antiguos compañeros de carrera en un encuentro largamente deseado y que llevaban meses tratando de cuadrar hasta que pudo hacerse realidad. Esa tarde, ya avanzada, al disponer de tiempo suficiente de encontrarse con sus antiguos compañeros, decidió pasear en soledad por tantos lugares familiarizados con ella mientras cursaba sus estudios. Era feliz en ese reencuentro y mientras daba una vuelta por el Barrio Antiguo hasta tuvo la sensación que el tiempo no había pasado y hasta las gentes parecían las mismas que en sus años de estudiante. Porque esa Salamanca que tanto amaba nunca había perdido su magia. Y María, al respirar los aires charros, sentía que era de nuevo aquella estudiante de Magisterio que se comía el mundo.

 

EL MILAGRO DEL POZO AMARILLO

Cuentan que en unas de las calles adyacentes a la Plaza del Mercado existía un pozo para surtir al vecindario de finas aguas y famoso en la ciudad por el color de sus aguas, de color ocre. De ahí que pronto la gente empezase a llamar como el pozo amarillo.
Ese pozo pasó a la historia a raíz de que, en el siglo XV, cayese un niño. Justo, en ese momento, San Juan de Sahagún, que pasaba muy cerca, al escuchar las voces se acercó y, asomado al brocal, echó su cíngulo para que el niño pudiera aferrase a él. Al no poder asirse, el santo hizo subir el nivel del agua hasta que el niño llegó a la superficie y pudo salvarse, hecho que fue catalogado como un milagro y del que queda constancia en un relieve situado en el mismo lugar de esa calle con un tejadillo a modo de altar.

¡DONDE NACE LA VIDA!

Salamanca: hoy los caminos me trajeron a ti para respirar arte a cada paso, llenar mi alma de tu embrujo y cantar tu belleza.
Volver a enamorarme con tu atardecer dorado y emocionarme con la belleza de ver como el sol se despide de ti una tarde más.
El universo se detiene cuando la Plaza Mayor comienza a sentir el abrigo de la oscuridad de la noche, de repente, estalla la luz alumbrando tu oro viejo y pareciera que es ahí, en ese momento, el lugar donde nace la vida.
Querida Salamanca, me marcho de nuevo, en la maleta del alma te llevo conmigo siempre. ¡Hasta pronto!

 

EL PUENTE MAYOR DEL TORMES


Sara camina a mi lado. Habla y me formula preguntas a las que yo no respondo, me limito a agarrarle la mano mientras seguimos el paseo; ella interpreta mi señal y calla. No he tenido un buen día. Absorto en mis pensamientos, el paseo nos lleva hasta el Puente Romano. Una llamada al teléfono de Sara libera mi mano de la suya y ella se queda atrás.
Sigo mi camino con el íntimo propósito de que al cruzarlo quede atrás un día, hasta ese momento, para el olvido. Tras cruzarlo me acerco a la orilla del Tormes, levanto la mirada, deslizo mis ojos por los suyos y una vez más vuelve a asombrarme. Imponente, testigo de la historia, entrada y salida de riqueza intercultural, defensa, fortaleza, unión... ¡Es tanto lo que Salamanca le debe a este puente que no se entiende la ciudad y su escudo sin él!
¡Qué no daría yo por mojar la pluma en la tinta de sus piedras y poder describir todo lo que transmite El Puente Mayor del Tormes -nombre por el que también se conoce a esta maravilla arquitectónica Romana-!
Él fue el inicio para que en este punto de la Vía de la Plata se forjara la ciudad de Salamanca y, como para darle las gracias, es vigilado por las catedrales, en una estampa identitaria, símbolo de la ciudad y orgullo de los salmantinos.
A la belleza de esta estampa siempre se rinde un mal día. Vuelvo al encuentro de Sara y ponemos rumbo a alguno de los templos gastronómicos de la ciudad mientras, animadamente, hablamos de nuestro futuro en común y dibujamos nuevos proyectos en nuestro horizonte. 

LA SERENIDAD DE VICENTE DEL BOSQUE

El caminante alcanza la Plaza de Liceo para detenerse ante la escultura de Vicente del Bosque y se fija en su actitud parsimoniosa, cabal, con su particular temple, perfectamente captado por el escultor Fernando Mayoral y entonces cierra los ojos para recordar el grandioso éxito del Mundial de Sudáfrica. Casi once años desde que aquel magnífico equipo rubricase una memorable página deportiva que alzó a España a los cielos de la felicidad.
Aquel éxito, bajo la serenidad y la sabiduría de Vicente puso a todos de acuerdo y los ecos triunfales llegaron hasta el último rincón del país, convirtiendo a este hombre en un espejo para mirarse gracias a esos valores de humildad y disciplina que lleva a gala desde niño, heredados de sus padres, don Fermín y doña Carmen, en su hogar del barrio Garrido y Bermejo.
Vicente ha sido un gran embajador de Salamanca por el mundo y, en gratitud, su ciudad natal le rinde perpetuo homenaje con una escultura situada en el mismo lugar que atravesaba cada mañana para ir a las clases del Fray Luis de León. Entonces, aquel muchacho larguirucho y vareado que poco después marcharía a Madrid para trazar los pilares de su leyenda, ya tenía fama de excelente jugador tras despuntar en varios equipos de la capital antes de fichar por los juveniles del Salmantino. Muy lejos aún de protagonizar la página deportiva que alzó a España a los cielos de la felicidad.

 

LA SEGUNDA OPORTUNIDAD

Después de año y medio de ausencia, Vega volvió a Salamanca bajo una encapotada tarde abrileña. Realmente se le había hecho interminable este tiempo, después de estar acostumbrada a acudir cada quince días a la ciudad que la vio nacer.
Sentía en sus adentros la misma felicidad que un rey en el regreso del exilio y recibe la admiración del pueblo, o la de dos enamorados que se reencuentran. Porque realmente ella estaba enamorada de su querida ciudad, de sus monumentos, de sus gentes, de sus bares… de cada vieja piedra.
La pandemia la había mantenida alejada de lo suyos y durante los cuatro meses que permaneció ingresada en la UCI de un hospital madrileño, solamente pensaba en su querida Salamanca. En volver a pasear por ella le daba fuerzas y fue el mejor antídoto para su recuperación.
Por eso, cuando ya pudo hacer realidad su sueño y regresó, a la mañana siguiente acompañada de sus padres paseó por la calle Compañía hasta la Casa de Las Conchas y desde aquí continuar por la Rúa para alcanzar la Plaza Mayor y sentarse en un banco. Entonces, Vega se emocionó y con sus ojos llenos de vida observó la Plaza Mayor mientras gradecía en sus adentros que la vida le diese una oportunidad. La oportunidad de volver a su querida Salamanca, el rincón más hermoso en el mundo.

 

POR LA CALLE LIBREROS…

Ella bajaba la calle Libreros mirando al frente, con la mirada perdida. Al fondo un telón negro de nubes cubría el horizonte. No buscaba la rana, tampoco le importaba que Torres Villarroel o San Juan de Sahagún hubieran morado en aquella preciosa calle. No echó ni un vistazo a la figura de Fray Luis de León. Ella seguía su camino por la que fuera una vía principal de la Ruta de la Plata hacia el Tormes, absorta en sus pensamientos. Quizás solo busca una respuesta en el viento.

 

EL SENTIMIENTO A GABRIEL Y GALÁN

Hoy, en el escenario de esta mañana lluviosa de primavera, vuelvo a leer los poemas de José María Gabriel y Galán. Bajo el alboroto de esta estación regalona que la sangre altera rememoro la poesía de aquel maestro nacido en Frades de la Sierra que ha cantado como nadie los valores de la charrería, de las gentes y tradiciones del campo.
Ese sentimiento, siempre afín a su querida tierra, acabó desembocando en esa vecina Extremadura que lo adoptó y ya desde siempre, ambas se disputaron a ese genio de las letras que encontró tan prematura muerte. Cuando le quedaban por delante tantos años para consagrarse como un genio. Pero su riquísima herencia se le siente y se le vive en el inmenso legado poético de una obra genial.
Gabriel y Galán alcanzó a temprana edad los honores reservados a las figuras tras alzarse triunfador en los Juegos Florales celebrados en Salamanca a principio del siglo XX y presididos don Miguel de Unamuno, quien fue el gran valedor de Gabriel y Galán, sin escatimar jamás elogios a su obra. Entonces, gracias a al poema ‘El Ama’ dedicado a su madre (Yo aprendí en el hogar en qué se funda/la dicha más perfecta,/ y para hacerla mía/ quise yo ser como mi padre era y busqué una mujer como mi madre/ entre las hijas de mi hidalga tierra) alcanzó los honores y ya su nombre fue una referencia en el mundo de las letras, sirviendo para que tantas generaciones de críos aprendieran a leer con sus poesías.
Hoy vuelvo a sentir a Gabriel y Galán al desempolvar su poemario para releer ‘Castellanas’ y después ‘Extremeñas’, tierras que unió en un puente sentimental, con ese río Alagón que fue fuente de su inspiración y marca los principales lugares de su vida. Y lo vuelvo a sentir en esta mañana otoñal, junto al alboroto de hojas que vuelan alocadamente, gracias a su herencia en el inmenso legado poético de una obra genial que en Salamanca está muy viva.

 

 SALAMANCA: DE VERDE Y ORO

Salamanca ya luce de verde y oro. Toda la gama de colores que nacen a la vida se extienden sobre el cielo de la ciudad para que resalte, aún más si cabe, su belleza.
Siempre he tenido la sensación de que la primavera vive enamorada de Salamanca y trata de seducirla cada año coloreando de vida las desnudas ramas de los árboles que, como fieles guardianes, escoltan al Tormes a su paso por la ciudad mientras el suave viento las agita. 
Así es como la primavera regala a la ciudad que ama, un precioso espejo de oro viejo donde ella se refleja coqueta e imponente.
Son las emociones las que dan sentido a la vida, déjate envolver por todas las que proyecta la primavera en sus calles, sus plazas y todos sus rincones; paséala, disfruta de todas ellas, de cerca y hasta donde te llegue la vista, sin olvidar que Salamanca es solo tuya porque aunque sean muchas las personas que la admiran, despertará en cada una de ellas una emoción distinta, y es ahí y solo ahí, donde se esconde la grandeza de un sentimiento.
La primavera ya se vive en Salamanca y será un placer caminar por la senda de una ciudad que ya luce de verde y oro. ¿Te lo vas a perder?
 
 

LA LUZ DEL SILENCIO

Camino en silencio. La luna llena reluce por encima de las cúpulas de la ciudad. Vigilante y brillante derrama su luz sobre una Salamanca silenciosa.
La primera luna llena de la primavera determina la Semana Santa coincidiendo siempre con el Domingo de Ramos y su siguiente cambio anuncia el fin con el Domingo de Resurrección.
Aparto mis pensamientos y fijo mis ojos en ella, este año no será testigo del trasiego de Hermandades y sus procesiones, no alumbrará el silencio roto por cornetas y tambores ni el recogimiento de sus devociones, pero ella sigue ahí arriba, fiel a su cita.
Conocida también como la Luna de Gusano, anuncia el final del invierno y la regeneración de la vida.
Solo en la oscuridad podemos apreciar la luz de las estrellas, la belleza de esta luna y el esplendor de la estampa de una Salamanca silenciosa.
Sigo mi camino con la esperanza de que dentro de once lunas nada nos impida pasear sus calles, inundar nuestra mirada con la belleza de sus procesiones y sentir que la vida vuelve a latir a borbotones por sus calles.

 ¡VOLVER A MI SALAMANCA!

Quiero volver a verte, mi querida Salamanca, ya con mis sienes plateadas por las nieves del tiempo, como el tango de Gardel. Quiero volver a pasear por tus calles. A acariciarte con mi mirada mientras paseo tus calles. A impregnarme de ti, de tu alto soto de torres que también enamoró a Miguel de Unamuno, aquel sabio bilbaíno que ya para siempre quiso vivir a tu lado, entre tu belleza y la sabiduría que regalas desde hace más de ocho siglos gracias a ese faro cultural que es tu Viejo Estudio, alma mater de tantas celebridades.
Deseo volver a respirar tus aires para abrazarte con emoción y perderme entre la magia de tu Plaza Mayor, de cautivarme en tu ágora, el más artístico del mundo. De sentarme en una terraza a ver pasar la vida y entrar al Novelty a saludar el recuerdo de don Gonzalo Torrente Ballester, sentado en su trono de bronce, con sus gozos y sombras, quien desde este rincón fue testigo de la vida, siempre con la compañía de un cigarrillo. Y desde allí, despacito para paladear el aroma de tu belleza y perderme en el embrujo del Barrio Antiguo. Por eso quiero volver a verte y detenerme en el Corrillo, la plazuela que despide a la Plaza Mayor e invita al recuerdo de Adares, quien tantas veces observó cada detalle con su mirada bondadosa, los andares jorobados y una larga barba blanca que delataba la sabiduría de aquel humilde cantor de la paz. Y adentrarme en la calle Menéndez hasta que al final, ligeramente a la izquierda, quedar cautivado ante la aparición de La Casa de Las Conchas y enfrente, cual vigilante celosa de tanta guapura, las dos torres de La Clerecía. Es la Salamanca que regala lo maravillosa que puede ser y que hay que descubrirla y a la que quiero volver con la misma lentitud que se besa a la mujer soñada.
 
 DE ESPERANZA Y ORO 
 
Salamanca se ha vestido de esperanza y oro. ¡Te espera a ti!
Sí, a ti, que antes de marchar le prometiste que pronto volverías.
A ti, que dejaste a los amigos esperando tu regreso.
A ti, que sueñas con conocerla y pasear sus calles.
A ti, que darías lo que fuera por un café en cualquier terraza de la Plaza Mayor. 
A ti, que hace años partiste y te echa de menos mientras guarda tus recuerdos para que, al volver, sientas la felicidad de los buenos tiempos pasados en ella.
A ti, que nunca has olvidado esa sensación casi mística al recorrer en soledad la Calle de la Compañía.
A ti, que sueñas con volver a abrazar a tus abuelos.
A ti, que buscas un destino idílico para sorprender a tu pareja.
Sea lo que sea que busques, aquí está tu respuesta.
La primavera ha explotado en Salamanca y su luz brilla con más fuerza que nunca en cada rincón.
Cada piedra es una invitación a la vida. Cada rayo de sol un sueño y la promesa de esperarte en este lugar donde siempre serás bienvenido.
El Tormes transcurre sereno mientras en sus orillas crece la vida.
La primavera está engalanando a Salamanca, su ciudad mimada, para recibirte.
No olvides volver, Salamanca sueña con tener sus calles llenas de vida y esperanza mientras el dorado de sus piedras marcan caminos de oro invitándote a perderte por cualquier calle, a sentirla, a apasionarte con su belleza... ¡a  vivirla!
¡Salamanca te espera a ti!
 

EL MEDALLÓN DE GODOY

El paseante observa, bajo los primeros calores que dan la bienvenida a la primavera, el vacío existente en un medallón de la Plaza Mayor, con las huellas visibles en la piedra arenisca de haber sido destruido. Se encuentra cerca del arco que comunica con la calle Prior y a muchos llama la atención por su aspecto, fruto de otro momento convulso de la historia de España.
El protagonista esculpido fue Manuel Godoy, aquel fanfarrón extremeño que se hacía llamar Príncipe de la Paz y no fue más que otro siniestro personaje de nuestra historia después de medrar durante años a la sombra del poder, sin otro mérito que la fuerza de su ‘bragueta’, gracias al largo romance que mantuvo con la reina María Luisa, esposa de Carlos IV.
Godoy, al igual que ha ocurrido tantas veces con los vencedores y los manipuladores, escribió la historia a su manera, fue también un hombre vinculado a Salamanca, principalmente por su amistad con el afrancesado Juan Menéndez Valdés, catedrático de esta vieja Universidad y autor de ‘La Flor del Zurguén’. Además de Menéndez Valdés también frecuentó otros amigos en el mundo del arte y las letras, a quienes favorece y a la par tanto se beneficia. Eso hizo que siempre fuera un hombre cercano a la Ilustración y enfrentado a la Inquisición –situación que le hizo ganar tantos favores-. Sin embargo para una mayoría no era más que traidor aprovechado del poder.
Su medallón fue colocado el 25 de agosto de 1806, con las bendiciones de Meléndez Valdés, quien emocionado presencia el acontecimiento desde el balcón de su casa –que tenía alquilada a la Universidad-, acompañado de su mujer, la salmantina María Andrea de Coca. Sin embargo, los muchos detractores de Godoy, reticentes a ese homenaje perpetuo, ya en el mismo día de la inauguración protestan airadamente e incluso embardunan el medallón arrojándole pintura. Un medallón que no llega a permanecer siquiera dos años, porque el 22 de marzo de 1808, los estudiantes exigen al Gobernador que se eliminara de la Plaza y así se hizo. Ese mismo días unos ‘voluntarios’ decirle picarlo a cincel para no dejar rastro de aquel personaje que se hizo llamar Príncipe de la Paz y no fue más que otro siniestro personaje de nuestra historia.

 
EL PALACIO DEL OBISPO

En el viaje realizado por el general Franco a Salamanca los días 8 y 9 de mayo de 1954 para recibir las medallas de oro de la Ciudad y de la Provincia, junto a los doctorados Honoris Causa concedidos por la Universidad de Salamanca y la Universidad Pontificia, cuentan que al pasar delante de las Catedrales, su esposa Carmen Franco le dijo: “Mira Paco, ¡nuestra casa!”. Y la nostalgia envolvió a la asturiana al recordar los meses que residieron en ese lugar. Fue durante los primeros meses de la Guerra Civil, tras cedérselo el obispo, don Enrique Plá y Deniel, para instalar en sus instalaciones el cuartel general del Ejército sublevado en esos compases iniciales del conflicto bélico y donde Franco hizo construir en el jardín un búnker para protegerse de los ataques aéreos. Años más tarde, tras un meteórico ascenso, aquel obispo catalán, don Enrique Plá y Deniel, ya con la birreta de cardenal, tras alcanzar la cátedra de Toledo llega a Primado de España. Desde entonces, esos hechos protagonizados en ese sobrio y monumental palacio vienen reflejados en los libros de la historia de España.
Meses más tarde, aún en el escenario de 1936, una vez que Franco marcha de Salamanca, el obispo lo recupera para su utilidad de residencia y como tal se mantuvo hasta mediados de la década de los 60. Entonces, un nuevo titular de la diócesis, don Mauro Rubio Repullés decide abandonarlo para irse a residir a un piso, al preferir la modestia y evitar la ostentación, además de necesitar un alto coste en la conservación de sus instalaciones. La decisión de don Mauro fue tachada de populista por un sector más conservador de la sociedad charra, que lo etiquetó de rojo y antifranquista.
Actualmente, ese magno edificio alberga el Museo de Historia de Salamanca, un espacio necesario para conocer esta ciudad desde que germinó la semilla de su existencia. Y más allá quedan también esas páginas escritas en la historia de España del siglo XX y protagonizadas en su interior, del que años más tarde, al verlo de nuevo la esposa de Franco, se envolvió de nostalgia para recordar a su marido “Mira Paco, ¡nuestra casa!”.

 

 … Y CUMPLIR PROMESAS


Ha salido el sol y su luz parece disfrazar de cálida una gélida mañana. De camino al trabajo voy sorteando las sombras en busca de los aún débiles rayos del astro rey.
Bajo por el Campo de San Francisco absorto en mis pensamientos, planeando un día de trabajo, reuniones, envíos... hasta que la luz reflejada en la piedra del Palacio Monterrey, casi deslumbrante y su imponente aspecto transportan mi mente hacia una promesa incumplida.
Le he prometido a una amiga visitarlo en varias ocasiones, puede que demasiadas. Lo cierto es que a veces prometemos cosas creyendo que somos inmortales mientras nos perdemos en una rutina de prisas, trabajo y el poco tiempo que nos queda libre, a menudo lo gastamos en volver a hacer promesas que nunca llegan.
Ella sabe cada secreto que esconde el Palacio, los episodios históricos que en él se vivieron y su contribución a la historia de la ciudad.
Sigo caminando hacia el trabajo dejando atrás el Palacio Monterrey mientras veo a la gente caminando con las mismas prisas que yo, todos con su mascarilla puesta.
¡Ni un día más! Si algo hemos aprendido de esta pandemia es que la vida puede esfumarse de un día para otro y que cada día es un regalo para disfrutarlo con la gente que queremos, compartir y dejar huellas de nosotros mismos en la gente que nos importa.
Con el móvil en la mano, hago la primera llamada del día...
-Buenos días, guapa. ¿Recuerdas la promesa de visitar juntos 'Monterrey?
- Ya es hora de cumplirla. Quedamos esta tarde donde siempre. Te confirmo la hora a lo largo de la mañana. Que tengas un buen día. Un beso.

 

TOCAR EL CIELO EN ‘IERONIMUS’

Como tantas veces Marisa llegó a Salamanca para disfrutar de un fin de semana. Le entusiasma volver a un lugar que encerraba los mejores recuerdos de su vida y trataba de agarrarse al cordón umbilical que la mantenía enamorada de Salamanca. De ella le gustaba todo y aunque había pateado la mayoría de sus calles, visitado sus monumentos, bebido en sus bares y bailado en sus discotecas, en esta ocasión le hacía especial ilusión visitar ‘Ieronimus’. O lo que es igual, la gran apuesta de la Catedral para conocer la ciudad desde las alturas y maravillarse en el dédalo de esa joya arquitectónica, algo que le cautivó desde el mismo día que lo descubrió a través de un documental de televisión.
Cuando llegó el día y accedió a través de las estrechas escaleras hasta el campanario hubo algo que le llamó la atención. Era el recinto, habilitado en la misma torre, donde se encontraba la casa de la familia Timbalero, la encargada de ejercer el entonces imprescindible oficio de campaneros. Allí quedó cautivada, más aún cuando una guía les comentó el modo de vida de una familia que trabajó para el Cabildo Catedralicio durante varias generaciones, quienes además de tocar las campanas eran los encargados de revisar el estado de las techumbres y también de subir a lo alto de la torre. Este último trabajo lo hacían en la víspera del día de Los Santos para ver comprobar el estado de los daños estructurales ocasionados por el terremoto de Lisboa, trabajos que siempre realizaban en soledad y con la eficacia que dejaron patente los miembros de esa dinastía conocida en la ciudad con el apodo de los Mariquelo.
Admirada del modo de vida de los Mariquelo prosiguió la visita y enseguida salió a esa especie de balconadas donde, rodeada de la paz y el silencio, pudo observar a sus pies toda la ciudad y las torres que la conforman en contraste con los horizontes de las sierras de Gredos y Béjar teñidos de blanco. Todo era tan bello que has tuvo la impresión de acariciar las nubes y estar en el mismo cielo.

 

LA PRIMAVERA, QUE LA SANGRE ALTERA

La voz rota yde Joaquín Sabina era el mejor contrapunto en aquella amanecida que decía adiós al invierno. Sonaban los ecos de su ‘Canción de Primavera’ y el sol se alzaba desde oriente para iluminar un nuevo día donde ya regresaban las largas tardes y el bullicio alegre de los pájaros en medio del frescor de las mañanas.
Era la primavera con ese verdor que parecer un fuego verde. Azul y verde se fundían en un tono armonioso que tanto reconfortaba al pisar las calles de Salamanca, que nos enseñaba todos los sus encantos, donde hasta tenía la impresión que las viejas piedras tenían ojos que me lanzaban miradas rebosantes de amor y de amistad. Y hasta las plantas ornamentales transmitían paz mientras eran sobrevoladas por el amable, melancólico y alegre canto de los pájaros resonaba por doquier, mientras volaban alocadamente.
Entonces, mientras seguía escuchando a Sabina y ante el bello escaparate que nos regalaba Salamanca abrí los brazos para recibir a la primavera. ¡Que la sangre altera!

 

CHARO LÓPEZ, LA DIVA SALMANTINA

Salamanca fue la ventana por la que asomó al mundo María del Rosario López Piñuelas, allá por 1943. En aquella Salamanca de posguerra, donde el contrapunto a la pobreza lo ofrecía la riqueza del arte de sus palacios, catedrales, su Plaza Mayor... creció aquella niña disfrutando de jugar en sus calles mientras estudiaba en las Jesuitinas.
Subir la escalera de la sabiduría de la Universidad le dio alas, conocimientos y aires de libertad a la joven y bellísima Charo de quien decían que cuando cruzaba la Plaza Mayor se volteaban a mirarla hasta los medallones de piedra.
Aquella joven descubrió el teatro mientras estudiaba Filosofía y Letras y encontró en él la fórmula perfecta para vencer su timidez.
De la misma forma que el sol dora la piedra de Salamanca y su belleza asombra a quien la visita, Charo López hace brillar cada personaje interpretado.

 

LA SOLEDAD DEL PATIO CHICO
El viejo guitarrista disfrutaba en Salamanca de los últimos años de su vida. Amigo de la soledad y de largos paseos, le gustaba recordar los viajes por medio mundo formando parte de diferentes orquestas y espectáculos. Desde Sudamérica a Centroeuropa; desde Lisboa a Tokio, donde residió durante dos años que ejerció labor de profesor en un conservatorio. Esos momentos los rememoraba también al llegar a su casa y desempolvar viejos álbumes de fotos, o una carpeta con recortes de periódicos, ya amarillentos por el tiempo.
Sin embargo apenas volvió a tomar entre sus manos una guitarra desde que se jubiló. Ni sus dedos, tan finos y delicados, volvieron a acariciar las cuerdas para deleitar con notas musicales. Esos momentos ya formaban parte del ayer y en el fondo de un armario descansaban, como un viejo tesoro, varias guitarras, con el sello de su fabricante, la prestigiosa casa ‘Ramírez’, a las que aireaba de vez en cuando y, enseguida volvía a guardarla, sin que nadie volviese a escuchar la maestría de sus toques.
Un buen día, en su paseo se detuvo en el Patio Chico, un lugar que le atraía especialmente y, bajo la sombra de un ciprés, tuvo claro que allí tendría lugar su último concierto, envuelto en esa soledad en la que tanto se refugiaba. Entonces, en la mañana del día de San José, poco después de salir el sol, abrió el armario para sacar una guitarra y marchar al Patio Chico. Allí, apoyado sobre un peldaño comenzó su particular concierto, que parecía música celestial. Ajeno a todas las miradas era feliz, porque jamás actuó en lugar más hermoso, alzando únicamente la vista para maravillarse ante los ábsides de la Catedral Vieja, la Torre del Gallo, la fachada sur de la Catedral Nueva, con el cimborrio y la Torre, la sacristía de esa misma catedral...
Era algo tan maravilloso que envuelto en remembranzas seguía tocando hasta que puso fin a sus notas; entonces los silencios fueron rotos por los aplausos regalados por un grupo de turistas que comenzaba a esas horas su ruta turística por la ciudad y casualmente descubrieron el maravilloso y solitario concierto. Entonces hizo un gesto de gratitud y alzó la mano derecha para saludar, con sus dedos finos y delicados, mientras en la izquierda sujetaba su vieja guitarra de ‘Ramírez’, el tesoro que esa mañana sacó del fondo de su armario para ofrecer su último concierto.

 

A ELLOS, ANGELES Y HÉROES
Cuando el calendario deshoja este 11 de marzo, uno hace balance para reafirmarse que es uno de esos días que sobran, porque esa fecha en tantas ocasiones ha dejado el reguero del dolor y el luto. Este 11 de marzo ha escrito páginas muy tristes en la historia y ha sido en innumerables ocasiones la protagonista de las páginas de sucesos. De hecho, ya desde hace tiempo la fecha se ha convertido en el Día Europeo de las Victimas  del terrorismo.
Muchas lágrimas se han vertido y aún nos parece que fue ayer aquella mañana de hace 17 años cuando nos levantamos sobresaltados antes los terribles atentados que acaba de sufrir el pueblo madrileño. U otras ocasiones con este día de marzo marcada como una jornada siniestra.
Ahora, en este Día Europeo de las Victimas Terroristas vaya el recuerdo para tantos paisanos que cruelmente perdieron la vida víctimas de la sinrazón humana. Víctimas de la malvada ETA, de otros enfrentamientos y también de todos aquellos charros que perdieron la vida en la siniestra mañana de hace 17 que Madrid se tiñó de dolor.
Para que la cordura pronto pueda enterrar el terrorismo el recuerdo a todos ellos, ángeles y héroes.

Y FARINA CANTABA ‘MI SALAMANCA’…

El abuelo Juan cerraba su casa del pueblo en vísperas de Semana Santa, hacía la maleta y marchaba a Salamanca para pasar esos días con su hija Carmen y disfrutar con las procesiones. Permanecía hasta el Lunes de Aguas y aprovechaba para dar largos paseos hasta la Plaza Mayor al encuentro de otros paisanos y tomar un vinito. Emigrante durante más de veinte años en Hamburgo (Alemania), al abuelo Juan le gusta recordar aquella época, más aún si encuentra algún alemán en las sendas de su vida y aprovechaba para chapurrear la lengua teutona.
En ocasiones también camina por La Vaguada de la Palma para detenerse en la escultura que honra a Rafael Farina, a quien contempla con admiración y rememora una lejana noche de hace más de medio siglo cuando fue a verlo actuar a una sala de Hamburgo, en un concierto promovido para emigrantes. Entonces, con la ilusión de ver a su ídolo y paisano, no pudo evitar la emoción al escuchar ‘Mi Salamanca’ y sentir en los latidos de su corazón a su querida tierra.
Admiraba a aquel Rafael Salazar Motos e incluso en tiempos jóvenes, antes de emigrar, si estaba de fiesta trataba de imitarlo con sus temas más celebrados, de ahí que incluso lo llamasen Juanito ‘Farina’. Porque tenía idealizado al genial cantaor, hijo de la pobreza y hambruna que trajo la postguerra en los días que ese gitanillo, desharrapado y con los mocos colgando, cantaba a los señoritos pudientes en las noches de parranda. Aquel niño, nacido para el arte con el nombre de Rafael Farina, siempre tuvo un botón charro prendido en su corazón para emocionar a sus paisanos con los sones de ‘Mi Salamanca’.
Antes de continuar a su habitual encuentro de la Plaza Mayor, el abuelo Juan acaricia el bronce que representa al artista y observa el característico gesto con el que acaparó tantos aplausos. Entonces cierra los ojos y vuelve a sentirse aquel joven que llamaban Juanito ‘Farina’ y una noche en Hamburgo se emocionó bajo los sones de ‘Mi Salamanca’.

LA SEGUNDA OPORTUNIDAD

Desde que María encontró la estabilidad en Salamanca siempre tuvo un íntimo agradecimiento. Porque esta ciudad le abrió la puerta de una segunda oportunidad tras poder salir de un oscuro pozo que turbó una parte de su vida. María, natural de la ciudad colombiana de Medellín llegó a España engañada con un contrato de trabajo y, nada más tocar tierra, en el mismo aeropuerto de Barajas, ya fue consciente que realmente venía raptada por una red para trabajar de prostituta en un club de la provincia de Toledo. Allí, en pleno secarral de La Sagra, envuelta en miedos, vio transcurrir dos años hasta que en una redada rutinaria de la Guardia Civil pudo denunciar su situación para poder escapar del infierno.
Después, tras una época de tratamiento psicológico llevado a cabo en Salamanca, ciudad a la que llegó acogida por familiar, aprovechó para hacer un curso en el CEFOL y, al finalizar, ya pudo dejar atrás esa tela de araña en la que estuvo atrapada. Ahora, con su vida rehecha y madre de un niño, gusta de aprovechar sus días libres para pasear por el Barrio Antiguo e impregnarse de la belleza de una ciudad única. Porque ella, desde su intimidad, siempre agradece que Salamanca fuera el trampolín para tener una oportunidad que le hiciera olvidar los negros nubarrones.

 

DESEÁNDOTE, ¡MI SALAMANCA!

Quiero volver a verte, mi querida Salamanca. A acariciarte con mi mirada mientras paseo tus calles. Impregnarme de ti, de tu alto soto de torres que también enamoró a Miguel de Unamuno, aquel sabio bilbaíno que ya para siempre quiso vivir a tu lado, entre tu belleza y la sabiduría que regalas desde hace más de ocho siglos gracias a ese faro cultural que es tu Viejo Estudio.
Siento ya el momento de volver a respirar tus aires para abrazarte con emoción y perderme entre la magia de tu Plaza Mayor, de cautivarme de nuevo en tu ágora, el más artístico del mundo. De sentarme a ver pasar la vida desde el Novelty y saludar a don Gonzalo Torrente Ballester, con sus gozos y sombras, quien desde este rincón disfrutó tantos momentos de la vida, siempre con su fiel cigarrillo y el vermú de Reus. Desde allí a Los Escudos, a la casa de Arcadio a degustar un plato de jamón, el exquisito manjar de nuestra tierra, regado por un buen tinto antes de perderse en el embrujo del Barrio Antiguo
En el Corrillo, la plazuela que despide a la Plaza Mayor, invita al recuerdo de Adares, quien tantas veces observó cada detalle con su mirada bondadosa, los andares jorobados y una larga barba blanca que delataba la sabiduría de aquel humilde poeta cantor de la paz, para adentrarnos en la calle Menéndez y al final, ligeramente a la izquierda, sentir el impulso del corazón ante la aparición de La Casa de Las Conchas y enfrente, cual vigilante celosa de tanta guapura, las dos torres de La Clerecía. Es la Salamanca que regala lo maravillosa que puede ser y que hay que descubrirla, paso a paso, con la misma lentitud que se besa a la mujer soñada.

 

UNA CHARRA EN EL REINO UNIDO

Hoy brindo por todos los charros que sueñan con su tierra desde la lejanía. Por la Salamanca en la diáspora y por esos miles de paisanos que siembran botones charros en todos los rincones del mundo. Brindo por Arancha Martín, una mujer 10 y compañera de tantos años que cada noche se acuesta pensando en su amada Salamanca, mientras da un paseo imaginario por esa Plaza Mayor que guarda muchos de los mejores momentos de su vida.
Porque Arancha, que tanta felicidad y paz ha regalado, siempre es una enamorada de su tierra, el cruce de todos los caminos de su vida. De la Salamanca que enseña a querer a su hijo Manolo y la misma que un día aplaudió tantas veces a su padre, Víctor Manuel Martín, cuando fue una ilusión torera y miraba a Julia, su madre, la mujer más guapa que pisaba por esas calles y hasta paraba el tráfico.
Ahora desde su casa de Reading, esa ciudad sede de numerosas empresas de tecnología que la convierten en una especie de Silicon Valley en versión inglesa, Arancha ya sueña con volver a respirar estos aires, caminar por esas calles y abrazar a tantos amigos, quienes sienten orgullo de alguien que siempre recibe con la sonrisa de su bondad y acaricia las palabras en su bella escritura.
Mientras Arancha sueña ese paseo imaginario por la Plaza Mayor y continuar por la Rúa hasta Anaya y desde ahí bajar el Puente Romano por Tentenecio brindo por ella en representación de los miles de salmantinos que siembran el mundo de botones charros.

 

EL ROMERO DE LA GITANA

Son las 7 de la mañana del viernes cuando Carlos, empresario madrileño, sale de su casa y toma el ascensor hasta el garaje para ir a su oficina. Su móvil suena incesante; el sonido de las constantes llamadas durante la semana, el exceso de trabajo y el estrés han llenado de nubarrones negros su cabeza. Al detenerse el ascensor, rechaza la llamada entrante y vuelve a subir a casa, mete en una bolsa de viaje lo necesario para dos días y llama a la oficina. Se toma el día libre.
Ya, al volante de su coche, respira libertad, necesita una catarsis en su vida y el lugar donde escaparse y poner sus ideas en orden no es otro que su amada Salamanca.
Siempre encontró la paz paseando sus calles, admirando embobado sus edificios, sintiendo la vida en sus calles. Salamanca le da la paz que Madrid y sus prisas le quitan.
A las 11 de la mañana ya está registrado en un hotel de la ciudad y comienza a pasear sus calles, a imbuirse en el embrujo que le produce cruzar la calle de la Compañía, a soñar con la historia de los pasos de Unamuno, hasta llegar a la Plaza de Anaya para sentarse en su escalinata y, mientras la visión de la Catedral va disipando las tormentas de su mente, la temperatura de la mañana reconforta su alma.
¡Se han parado los relojes, solo hay paz, la paz que vino a buscar y tan poco ha tardado en encontrar!
Cruzando los jardines se le acerca una gitana
- Carita de ángel, cómprame una ramita de romero, para que se vaya lo malo y venga lo bueno.
Carlos, sonriendo, saca del bolsillo de sus vaqueros un billete de 10 euros que pone en la mano de la simpática gitana:
- Hazme un favor, guárdate ese romero y se lo regalas a la primera persona que te diga que esta plaza no le transmite paz.
La gitana entre agradecida y extrañada exclamó:
- ¡Eso es imposible!
-¿Sabes? -le dijo Carlos- Salamanca es ‘mi romero’, no te ofendas pero no necesito ese. Cuando las cosas me van bien, viajo a Salamanca para celebrarlo y perderme en la magia de la noche disfrutando de su ocio nocturno; cuando las cosas me van mal, viajo a Salamanca a admirar su monumentalidad, calmar las tormentas de mi mente y encontrar la paz que busco; y en los momentos en que mi vida se torna aburrida viajo a Salamanca y dejo que la aventura me sorprenda.
-¡Estás loco! -le espetó divertida la gitana-.
-Sí -le respondió Carlos- pero un loco feliz en su paraíso.
La gitana se quedó mirando cómo se alejaba uno de los ‘clientes’ más raros de los últimos días mientras acertó a escuchar como Carlos comenzó a hablar por su teléfono:
-¡¿Isabel?!, no te lo vas a creer, estoy en Salamanca, dime dónde tomamos un vino, me quedo todo el finde.

 

PINTO, ¡NUNCA TE OLVIDAMOS!

Estos días, con motivo del segundo aniversario de muerte, el recuerdo nos lleva a la figura de José Pinto, volviéndonos a emocionar a quienes tuvimos la dicha de conocerlo y de ser sus amigos. De aprender al lado de aquel hombre que fue un gozador de la vida y siempre enamorado de su querida tierra. Con los sucesivos recuerdos a su persona hemos vuelto a sentir la pasión con la que hablaba de Salamanca, los conocimientos que transmitió y el gran embajador que fue de esta tierra.
¡Le debemos tanto! Salamanca jamás debe olvidar a este ganadero del Rebollar que triunfó en las televisiones gracias a su talento y cultura. Durante años, Pinto se asomó a la pequeña pantalla sin dejar a nadie indiferente, siendo un auténtico regalo las numerosas veces que habló de Salamanca, la capital de su provincia. Entonces era un espectáculo escucharlo contar las secuelas del terremoto de Lisboa y cómo debió reforzarse la torre de la Catedral que amenazaba ruina; o la leyenda de la Cueva de Salamanca, o del huevo de Colón en el convento de San Esteban que trazó los pilares del Descubrimiento de América, el misterio de Las Casa de las Conchas, la crecida de San Pancracio que se llevó tantos arcos del Puentes Romano… O cuando invitaba a la gente a que visitase esta capital para disfrutar de una fin de semana, porque más allá de ser un joya monumental, era una delicia disfrutar de su exquisita gastronomía o de la magia jaranera de su noche.
Tanto le debemos al querido José Pinto que ¡ojalá! Salamanca inmortalice un rincón con su nombre. Porque Pinto, en épocas de tantas frivolidades, nos regaló su inmenso legado cultural y el señorío del que siempre hizo gala. ¡Nunca te olvidaremos, amigo!

¡CUANDO ECHAR GASOLINA ES UN ARTE!

Aquella mañana de domingo, tras el largo paseo, Ana regresó a la Plaza Mayor maravillada tras descubrir la monumental gasolinera situada al lado del Puente Enrique Estevan. Entonces Juan, su compañero y anfitrión, antes el interés que mostrado, decidió enseñarle otra sorpresa.
Y, ya al filo del mediodía subieron por la calle Zamora disfrutando a cada paso y deteniéndose en esa joya románica de la iglesia de San Marcos (que habían visitado en una ocasión anterior) hasta caminar unos pasos más y decirle:
- Mira Ana. ¿Qué te parece?
Y ella quedó admirada ante ese magnífico edificio que estaba al otro lado de la calle, ligeramente a la derecha, otra gasolinera en consonancia con la monumentalidad de la ciudad.
- Es una maravilla –explicaba él-. La gente de la ciudad la conoce por la gasolinera de Nuño. Se levantó en 1941. La estructura está revestida en piedra de Villamayor y la cubierta rematada en una torre semejante a las del palacio de Monterrey. Es bellísima y en las antípodas de las actuales gasolineras, que no tienen esencia alguna.
-¡Me encanta! Y sabes una cosa, Juan.
- No, ¿cuál?
- Que echar gasolina en Salamanca es un arte.

 

LA MAGIA DE UNA GASOLINERA

La mañana primaveral de aquel domingo invitaba a pasear por Salamanca. Entonces, María llamó a Juan para que lo acompañase hasta el Rastro de La Aldehuela. Irían dando un paseo y para ello buscarían el camino más atractivo, alejado de las calles céntricas.
Se citaron debajo del reloj y marcharían, calle San Pablo abajo para continuar por Reyes de España hasta el puente Enrique Estevan. Allí mismo, descendieron hasta la orilla del Tormes para tomar el Paseo Fluvial y llegar hasta La Aldehuela, en medio de una lugar espectacular, como el que regala el río en estas fecha
Antes de emprender el camino que conduce al Paseo Fluvial, María, llama la atención de Carlos.
- ¿Y ese edificio es una gasolinera?
- Claro, además está catalogada como una de las más bonitas de España, junto a otra que existe en la Puerta de Zamora.
- No me extraña, parece otro monumento más de Salamanca. ¡Vamos a sacarnos una foto para enseñarla a mis amigos de Madrid!
La observaron detenidamente y a María, que es una gran aficionada al mundo de la automoción le hizo especial ilusión contemplar una gasolinera tan hermosa, perfectamente integrada en la monumentalidad de la ciudad.
-Dan ganas de ir a por el coche y venir a repostar a esta joya.

SALAMANCA, QUE ENHECHIZA…

Almudena ha decidido cambiar de aires y venir a vivir a Salamanca. Un desengaño amoroso ha sido el detonante aprovechando una oferta laboral en un gabinete de psicología. Aunque falta una semana para incorporarse a su nuevo trabajo, ha venido con tiempo para instalarse en una adosado que ha alquilado en las afueras de la ciudad y volver a tomar contacto con una ciudad tan familiar para ella y en la que cursó su estudios universitarios.
Esta tarde ha quedado con una vieja amiga de la carrera para tomar un café en la Plaza Mayor y sale paseando un par de horas antes de la cita. Al llegar a la Gran Vía, los recuerdos de su época de estudiante se agolpan en su mente. Llega hasta la plaza del Mercado Central y accede por las escaleras de ‘Ochavo’ hasta la Plaza Mayor. A cada peldaño que sube se le acelera el corazón, cuando alcanza el último y levanta la vista queda paralizada y una frase de Unamuno asalta su mente: "Decíamos ayer..."
Una lágrima rueda por las mejillas de Almudena; tiene la sensación de encontrarse en su casa, le resulta tan familiar que es como si la hubiera paseado el día anterior, como si nunca se hubiera ido de esta ciudad que la enamoró de estudiante. Decide cruzarla en diagonal y al llegar al centro del ágora no puede evitar recordar como muchas noches de juerga estudiantil terminaban ahí, tumbándose boca arriba, para tratar de ver los cuatro lados de la Plaza a la vez y se le escapa una sonrisa victoriosa, ella sabe que sí se puede. Decide hacer tiempo en el encuentro de su amiga y se acerca hasta la Casa de las Conchas y desde allí desciende por la Calle de la Compañía, que siempre le pareció la más bella de la ciudad y recuerda que cuando las cosas no le iban muy bien, cruzarla en una dirección u otra siempre la reconciliaba con el mundo.
Mientras tanta siente cómo la felicidad se vuelve a instalar en ella al regresar a esa Salamanca que marcó su vida, sin dejar de maravillarse ante la belleza que guarda. Entonces rememora al cervantino licenciado Vidriera: "Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”.

‘ZURCIR’ A GOLPE DE CINCEL

El hueco de mi corazón es un hervidero de sueños, ya alterado ante la llegada de esa primavera que pronto alzará su telón con la magia de su verdor. Camino despacio y me detengo ante el escaparate de una librería para posar mi mirada lentamente en cada libro.
Las tardes ya dan mucho de sí y regreso a casa, entonces los últimos rayos de la luz invernal penetran, tímidos, entre las lamas de la ventana en una magia que despierta la inspiración.
Y pienso en las horas que, dedico cada cierto tiempo, a patear Salamanca, donde siempre regreso con una nueva maravilla. Pero hoy, en estas horas del crepúsculo admiro aún más el arte de aquellos canteros que, con sus manos encalladas, zurcían a golpe de cincel la dócil piedra de Villamayor para dejar el legado de la monumentalidad de Salamanca, un regalo impagable.

 

VUELVE POR TU ESTRELLA A SALAMANCA


Hay un hilo invisible que encadena los sentimientos de cada salmantino ausente. Ese hilo le recuerda cada día de su vida que Salamanca le echa de menos y siente añoranza por volver a verle pasear sus calles, devolverle sus recuerdos e impregnarlos de la calma de sentirse de nuevo en casa.
No importa en qué época del año vuelva a visitarla, Salamanca tiene un cielo de verano para ofrecer a quien regresa.
‘El cielo de Salamanca’ que plasmó el pintor Salmantino Fernando Gallego, allá por el siglo XV, se ha convertido en emblema de la ciudad y en tan maravillosa obra podemos ver algunas constelaciones, signos del zodiaco y... cientos de estrellas
Tras haber estado oculto por la construcción de una nueva bóveda de cañón por debajo de la antigua, fue descubierta a mediados del siglo XX. Salamanca siempre sorprende con tesoros ocultos.
Si bien en sus orígenes decoraba el techo de la biblioteca de la Universidad, ahora la podemos admirar en el Museo de la Universidad, en el Patio de Escuelas Menores.
Me gusta visitarla de vez en cuando y, al admirarla, me reconforta pensar que esas estrellas honran a todos los salmantinos que viven lejos de su tierra. Los salmantinos, por lejos que estén, siempre estarán representados por una dorada estrella esperando a que vuelvan.
Nos veremos pronto bajo ‘El cielo de Salamanca’ en la ciudad donde sus estrellas jamás se apagan, sea la estación que sea, Salamanca siempre tiene un 'cielo de verano' para ofrecer a quien regresa.
Saludos para todos los que soñáis con volver pronto. ¡Os esperamos!

 

LAS ESCALERAS DEL SABER


Pedro da Pinto Almeida regresaba con frecuencia a Salamanca. Prácticamente no dejaba pasar ningún año sin volver a disfrutar de esas calles de piedra dorada donde vivió la mejor etapa de su vida mientras cursaba la carrera de Filosofía y Letras. Además, en su residencia de Lisboa tiene presente a la ciudad del Tormes con la foto de un lugar que le maravilló. Y al que tantas veces volvió, porque siempre encontraba algo desconocido. Se trata de la escalera del edificio histórico de la vieja Universidad. La escalera del saber, del conocimiento y la que representa, a través de las tallas en sus viejas piedras, la vida del estudiante.
Ahora, aprovechando un puente festivo había vuelto. En poco más de cuatro horas salvó la distancia que separa Lisboa con Salamanca, las dos ciudades que lleva tatuadas en el alma de sus sentimientos. Y de nuevo, en su habitual paseo por el Barrio Antiguo, rememorando vivencias estudiantiles en el escenario de esas calles, se dejó llevar y acudió a presenciar la majestuosa fachada plateresca de la Universidad, antes de acceder para volver a disfrutar con la maravilla de las escaleras de la sabiduría.
De esa joya renacentista construida en el siglo XVI formada por tres tramos de piedra de Villamayor zurcida a golpe de cincel que representan la juventud, madurez y senectud del ser humano, así como los riesgos a los que está expuesto a modo de advertencia para todo aquél que se aventura a ascenderla.
El primer tramo muestra los peligros de la juventud. El central representa una flor, una abeja y una araña. La flor simboliza la vida, la abeja, que produce miel, representa el bien y la araña produce veneno, es decir, es una muestra de la elección del hombre ante la disyuntiva de dominar o no sus pasiones. Entre el segunda y el tercer cuerpo encontramos una sirena de doble cola que determina el momento de la vida en el que, según nuestras propias decisiones, podríamos descender a consecuencia de la lujuria y la depravación, o seguir ascendiendo al último tramo de la escalera, al final del camino, de la vida, al lugar donde el alma domina el cuerpo y el saber acaba imponiéndose.
A Pedro da Pinto Almeida le encantaba reencontrarse con esa escalera y así se los trasmitió siempre a su mujer Helena, fiel compañera en sus viajes a Salamanca. Porque esa escalera del edificio histórico del viejo estudio salmanticense era también un poco la escalera de su vida, que ya llevaba tantos pasos ascendidos.

 

LA MAGIA DEL ‘ENRIQUE ESTEVAN’

Juan Benjumea, estudiante sevillano llegado a Salamanca para formarse como piloto de línea aérea en la escuela Adventia, gustaba de aprovechar las mañanas que libres para caminar por los alrededores de la ciudad. Esa afición posibilitó que, poco a poco, fuera conociendo la magia que encierra Salamanca, maravillándose de su monumentalidad y del ambiente nocturno, hasta que un buen día, acompañado de una nueva amiga llamada Carmen, decidió ir al Paseo Fluvial, porque le relajaba la paz del río.
Era una soleada mañana de febrero que regalaba un cielo azul, de esas que dan la bienvenida a la primavera, detrás de las intensas lluvias de jornadas anteriores, cuando al acceder desde la Avenida de la Paz al Paseo Fluvial, Juan Benjumea, detuvo la respiración para contemplar en silencio el precioso puente, actitud que llamó la atención de su amiga, quien inquieta preguntó si ocurría algo.
- Es que en este lugar tengo la impresión de estar en la misma calle Betis de Sevilla. Este puente es gemelo al de Isabel II, de mi ciudad, al que llamamos ‘de Triana’. La de veces que he pasado por encima al ir o venir de Matacán y jamás reparé en ese detalle.
Carmen, estudiosa de la historia de Salamanca, le contó que era cierto el parecido de ambas construcciones; levantándose el que salva las aguas del Tormes a principios del siglo XX ante la necesidad de abrir nuevas vías de comunicación y quedarse obsoleto el Puente Romano (al que las gentes conocían por el ‘viejo’ o ‘de piedra’). No exenta de polémica su construcción, le comentó, que lleva el nombre de Enrique Estevan (con V) en reconocimiento al concejal que lo promovió, quien años antes se había ganado el afecto de una parte de la población charra al salvar el Romano, al que querían ensanchar y sustituir los pretiles por unas vallas metálicas. Al conocer el proyecto, el concejal Enrique Estevan, indignado, dio un puñetazo con la mesa y dijo:
- ¡Al puente Romano no lo toca nadie!
A Juan Benjumea, el futuro piloto, le encantaba conocer esas historias de una ciudad, a la que también le encantaba observar desde los aires, mientras volvía a perder su mirada entre la imponente estructura metálica del ‘Enrique Esteban’ y tener la sensación de estar en plena calle Betis de su Sevilla ante el colosal puente de Triana.

 

LA PASIÓN FERROVIARIA DE UNAMUNO

Muchas de las viejas fotografías de la ciudad, ya teñidas de sepia por el paso del tiempo muestran la estampa de aquel primer tren decimonónico que atravesaba la ciudad y fue cordón umbilical entre Salamanca y Portugal. Aquel trazado, una vez clausurado y levantados los raíles, nos dejó la herencia de una de las principales arterias capitalinas, la Avenida de Portugal.
En aquel tren, con la estampa literaria guardada en sus viejos vagones de madera y la inmensa estela de humo que desprendía la locomotora, viajaba don Miguel de Unamuno en sus desplazamientos al país hermano. Don Miguel, el eminente rector, filósofo de influencia mundial y grandioso escritor a quien sus ideas políticas apartaron de ser distinguido con el premio Nobel, llegó a ser consejero de la sociedad Ferrocarril Salamanca-Frontera Portuguesa, promotora del Tren del Duero. Fue un cargo –de los muchos que acuñó en vida- que llevó a gala, sin faltar jamás a las reuniones anuales celebradas en Oporto, donde el único pago era poder disponer del medio obsequiándole con un quilométrico. Él, tan viajero, de espíritu libre, siempre receptivo a conocer, aprovechaba esos recorridos para inspirarse con los campos, los árboles, las montañas, los ríos… que regalaba el paisaje: Otra vez en el tren; fluyen los campos, / viene tierra y se va (...) Ay, mi Castilla junto al tren que pasa / los surcos de rastrojos que desfilan (...)".
Don Miguel soñaba con el tren y en él viajaba también para encontrarse con su coetáneo, el político y escritor Guerra Junqueiro, a quien visitó varias veces en su quinta de Barca D’Alba, asomada al Douro, entre bancales de vides y naranjos. Siempre en ese tren que inspiró a dos genios de las letras ibéricas y en Salamanca dejó, entre otras, la herencia de la Avenida de Portugal, donde se asentaban las primitivas vías que llevaban al país hermano y hoy su recuerdo queda reflejado en fotos ya teñidas del color sepia que trae el paso del tiempo.

 

LOS AVIONES DE MATACÁN

Aprovechando que esa tarde había escampado y el sol enseñaba tímidamente sus ojos entre las nubes, salí a caminar por los alrededores de la ciudad, hasta alcanzar Los Montalvos, donde es un espectáculo observar la ciudad a tus pies. Como el fin de semana se avecinaba tranquilo debido al confinamiento y, dada la situación, se había desechado la excursión anual a Ciudad Rodrigo para disfrutar de su Carnaval era un delicia salir a pasear entre las encinas, abrazado a una soledad bajo el concierto que nos regala el canto de los gorriones, que a estas alturas del invierno ya barruntan la primavera.
Pronto se rompieron los silencios al presenciar a lo lejos la silueta de dos aviones CN-235 con su fuselaje gris, de la Escuela de Transporte de Matacán, volando a tan baja altura que daban la impresión de lamer las copas de los árboles con su panza y al cabo de un momento pasaron sobre nuestras cabezas hasta perderse en los horizontes del Campo Charro.
Entonces pensé en esa estampa y en los aviones de la Base Aérea de Matacán, que han sido otro icono de nuestros cielos y recordé una bonita del serrano Pape Halcón, ahora que se baja de los negocios aeronáuticos al vender su compañía Air Europa. Fue hace más de 40 años y entonces, a Pepe Halcón, sus paisanos comenzaron a conocerlo por el simpático apodo de Pepe ‘aviones’, a raíz de establecer la línea aérea semanal entra Salamanca-Zurich. En esos días se avecinaban tiempos de cambio y cada domingo, al caer la tarde, aterrizaba en Matacán un flamante DC-9 de Aviaco que llamaba la atención, porque entonces, esa nave, era una de las reinas de los cielos con su impresionante fuselaje azul marino, característico de la compañía. Aquellos vuelos, en sus inicios gozaron de tanta expectación que, los exteriores del aeródromo, se convertían en una especie de romería al que se acercaba la gente para ver de cerca ese gigantesco aparato, tan distinto de las clásicas aeronaves que hasta entonces operaban en las instalaciones de Matacán, con los DC-3, en su etapa final, junto a la llegada de los primeros Aviocar, que sumados a las pequeñas avionetas de la ENA eran tan familiares.
Y es que Matacán ha escrito muchas páginas en la historia de esta tierra. Como el avión de Suiza, que así denominaban los lugareños al DC-9 de Aviaco que, cada domingo, convertía a Matacán en una romería.

 

QUERIDA SALAMANCA: ¡MI COLOR FAVORITO ES VERTE!

Siguiendo los buenos propósitos ante el inmediato fin de semana de Carnaval y como en esta ocasión, por culpa de la pandemia, no podría ir a Ciudad Rodrigo, Isabel decidió que esta mañana iría a hacer deporte y a las 8, poco después de romper el alba, ya estaba dispuesta a iniciar en Salas Bajas un ambicioso proyecto: correr durante una hora.
¡Menos de un minuto le ha bastado para convencerse de que correr es de cobardes y de malos toreros! Dispuesta a amortizar su inversión en la equipación deportiva adquirida y viendo esfumarse sus sueños de acercarse al atletismo, decide pasear y para ello se acerca hasta el Puente Romano para alcanzar desde allí el centro de la ciudad.
Un poco frustrada al ser incapaz de cumplir su propósito, al cruzar el Puente apaga su Ipod para disfrutar del calmante sonido de las aguas del Tormes. Aún no ha salido el sol esta mañana de febrero cuando se asoma a ver el agua y observa, en un remanso, las ovas verdes antes de continuar su paseo, dejando atrás la Puerta de Aníbal hasta llegar a la calle Tentenecio. Ahí, en ese momento, la asalta una sonrisa al pensar en San Juan de Sahagún y el milagro que dio nombre a la calle al detener aquel toro desbandado y lo poco que ha hecho por ella el patrón de la ciudad al no darle fuerzas para correr el tiempo que había estipulado.
- ¡Estará de vacaciones el santo! -pensó- Pero es recompensada al levantar la vista sobre el cielo plomizo de febrero y poder admirar cómo se alza elegante la torre de la Catedral Vieja.
Disfrutando del paseo escucha en la lejanía una música y dice para sus adentros: “Alguien ha comenzado la mañana con buen ritmo sin complicarse la vida con ideas peregrinas como la mía”.
Al escuchar las notas en la lejanía, la calle le trae el recuerdo de Tomás Bretón, ¿qué música tocaría en aquellas calles de mediados del siglo XVIII, las que ahora camina ella, para sacarse unas perras y ayudar a la maltrecha economía familiar hasta partir a Madrid con 16 años y se convertirse en uno de los grandes músicos de este país? Mientras rememora la música de ‘La Verbena de la Paloma’, obra del genial músico salmantino en su mente, Isabel continúa su paseo hacia las Catedrales y sus ojos se inundan de la elegante belleza al contemplarlas cuando un tímido rayo de sol hace que parezcan un escenario mágico.
Siguiendo sobre sus pasos deja atrás las Catedrales cuando una gran cristalera le devuelve su reflejo vestida con los estridentes colores de su vestimenta deportiva.
- ¡Qué horror de colores! -pensó divertida-. ¿Cómo he podido comprarme algo tan feo? Y envuelta en estos pensamientos con la banda sonora del gran Bretón en su mente, alcanza la Plaza Mayor, al frente, majestuoso, observa el pórtico del Ayuntamiento mientras murmura:

-¡Querida Salamanca, mi color favorito es verte!

¡LA PLAZA MAYOR DEL MUNDO!
Caminamos por las calles del centro bajo el buen tempero que regalaba la mañana invernal y acabamos en la Plaza Mayor. Inevitable lugar de encuentro y cruce de todos los caminos en el escaparate de la Salamanca cosmopolita abierta a todas las lenguas y culturas.
-¿Qué te parece?
-Me encanta. Más que la Plaza Mayor de Salamanca para mí es la Plaza Mayor del mundo.
Sentados sobre un banco de granito del lado del pabellón de Petrineros observaron el paisanaje que se presentaba ante sus ojos y disfrutando del maravilloso recinto; enfrente, el Pabellón Real, con su inmenso arco de San Fernando.
En medio de tanta paz era una delicia escuchar a Cristina los detalles que contaba de ese lugar tan hermoso, más aún para quienes lo pisaba por primera y era toda una bendición perder la mirada entre la maravilla de esa piedra de color avellana, zurcida a golpe de cincel con las formas tan hermosas y simétricas.
- Es una joya. Aunque no se has visto la película ‘Mientras dure la Guerra’, en la que aparece con jardines.
- Si la he visto y me llamó la atención. Me estaba acordando ahora de ese detalle.
- En la época que estaba ambientada los tenía y conservó hasta 1954 esos jardines tan preciosos, además de un templete para la música en el centro. Pero los quitaron y no creas que gustó mucho, poca gente quería verla así como está ahora, tan diáfana.
- Es bonita la mires por donde la mires.
- Sí, pero fíjate que al quitar los jardines la gente decía:
“La plaza de Salamanca, antes era un vergel y ahora la han dejado como el patio de un cuartel”.
-¿A qué se debió la eliminación de los jardines?
- ¡A una visita de Franco en la primavera de 1954! Para que la muchedumbre pudiera entrar y vitorearlo. A partir de ese momento y durante veinte años se aprovechaba para aparcar; después ya se prohibió el acceso en vehículo y quedó peatonal, como la vemos ahora.

¡ME VA A APLAUDIR HASTA LA TORRE DEL GALLO!

Rafael ‘El Gallo’, uno de los toreros más geniales y pintorescos que ha parido madre, en cierta ocasión que toreó en Salamanca, tuvo conocimiento de la existencia de la Torre del Gallo, de la Catedral Vieja. Al personaje, en el escenario de aquellos años, con la Tauromaquia convertida en la mayor pasión de los españoles, le llamó tanto la atención que, en su ingenuidad, mientras era entrevistado por un revistero de la época, le dijo:
- “Me encanta torear en Salamanca, señor; se me quiere tanto que hasta en la Catedral hay una torre llamada ‘del Gallo’.
Y aquel torero de leyenda y sangre calé, hermano del genial Joselito, que escribió su página artísticas entre genialidades y espantadas, en otra posterior ocasión al llegar a la ciudad para torear en la feria de septiembre, nada más bajar del vagón del expreso que lo traía de Madrid y ser recibido en la estación por sus seguidores, alentó a estos con otra de sus frases.
- ¡Mañana en Salamanca me va a aplaudir hasta la Torre del Gallo!
Así era el relevante diestro que siempre tuvo presente a esta Torre llamada igual que su apodo, gracias a estar coronada por una veleta en forma de gallo, que le da nombre y es otro tesoro de la Catedral Vieja. Porque nadie puede quedar ajeno ante la belleza del escamado cimborrio, que un guiño a Francia, país que tiene de símbolo a un gallo.
Y en Salamanca, esa maravilla se la debemos al francés Jerónimo de Perigord, quien fuera el obispo que mandó construir la Catedral Nueva en 1102, tras la repoblación de la ciudad. Por ello, esa influencia francesa fue clave para que el cimborrio del templo estuviera presidido por el gallo.
Por ese gallo que inspiró a Rafael ‘El Gallo’, aquel genio torero de sangre calé, quien una vez al llegar para torear las corridas de la feria de septiembre dijo:
- ¡Mañana en Salamanca me va a aplaudir hasta la Torre del Gallo!

AMOR EN LAS ESCALERAS DE OCHAVO

Aquel encuentro furtivo y casual quedó para siempre marcado en sus vidas. Realmente fue un flechazo para ambos. María del Pino, una joven canaria que cursaba Medicina en Salamanca acudió hasta las escaleras de Ochavo para esperar la salida del actor francés Gerad Depardieu, que rodaba la película ‘Columbus’ en Salamanca, alojándose en el Gran Hotel. Cerca de ella, esperando también la salida de los actores se encontraba Jaime, un extremeño que además participaba de extra en la producción y cursaba Derecho en la facultad de la plaza de San Isidro.
Hacía frío aquella mañana de invierno y en la espera, Jaime reparó que no tenía tabaco, por lo que pidió un cigarrillo a María del Pino, quien gentilmente sacó su cajetilla de Winston e invitó al extremeño. Aquel cigarrillo prendió la llama de pasión entre ambos, quienes después de presentarse y comenzar a hablar decidieron acudir a La Covachuela, que abría en esos momentos, para tomar un caldito que espantase los fríos, mientras Jaime le decía que no se preocupase, porque al ser extra, esa misma tarde debía estar en la grabación y podría facilitar un acercamiento a Depardie.

Veintisiete años después de aquellos momentos, de acabar la carrera y marchar de Salamanca decidieron regresar a la ciudad. Realmente habían vuelto más veces, pero esta era especial porque venía con sus hijos para enseñársela con la ilusión que ellos también supieran amar ese lugar. Había llegado la noche anterior y, dejando que el corazón guiase sus pasos, por la mañana acudieron hasta esas escaleras de Ochavo que los unió para siempre. Allí, la primera escena fue de sorpresa al ver que ya no estaba aquel símbolo de Salamanca que fue el Gran Hotel, ni tampoco el pequeño y pintoresco kiosco de estructura metálica que tenía un señor manco a quien llamaba ‘el rápido’. Pero les cautivaba volver a esa Salamanca que encontraron más moderna y menos provinciana, más cosmopolita y siempre con esos estudiantes que iban o venía, al igual que ellos tres décadas después.

Antes de abandonar el lugar decidieron sacarse una foto, mientras explicaban a sus hijos le felicidad de estar en ese lugar que ya los unió para siempre. Esas escaleras de Ochavo, que mucha gente también llamaba ‘las del Gran Hotel’ y aquella foto ya presidió para siempre un lugar preferente de su hogar. Porque era el reflejo de esa Salamanca que selló el amor de sus vidas y el escenario donde surgió el flechazo entre ambos.

EL MILAGRO DE TENTENECIO

Durante el paseo desde las Catedrales al encuentro del Puente Romano para disfrutar del espectáculo de las aguas del Tormes en su paso por la ciudad, Salamanca enseña algunas de las mejores joyas de su tesoro monumental en Tentenecio, antigua calle de Santa Catalina hasta que el milagro producido en ella cambió para siempre su sino. Esa vieja rúa levantada en cuesta y que durante siglos fue la principal entrada a la ciudad en el acceso del sur, ahora es imán turístico, con su belleza plasmada en miles de fotografías por los turistas que se inmortalizan en un marco único.
Tentenecio es monumentalidad y sobriedad es uno de los rincones con mayor encanto del casco antiguo, el que dejó rubricado el milagro de San Juan de Sahagún y ya para siempre forma parte de la misma esencia salmanticense. Cuentan que aquel sacerdote agustino que acabaría alcanzado la santidad se encontraba un día meditando en esa calle y, envuelto en sus silencios, le llamó la atención una algarabía de gentes que corrían asustadas. Apresurado intentó conocer el motivo de aquel pánico desatado hasta descubrir que se trataba de un toro escapado de la manada.
Tras provocar el susto en el gentío y en el momento que la res estaba a punto de embestir a una madre que llevaba a su hijo en brazos, Juan de Sahagún, el futuro santo, con la mano derecha mantenida en señal de paz lo distrae, para caminar despaciosamente al toro y poner su mano en la misma testuz al tiempo que decía ’tente necio’, provocando su sometimiento ante la sorpresa de unas gentes que gritan: ¡Milagro, milagro! A causa de ello la calle cambiaría su nombre –antes se llamaba de Santa Catalina-, para denominarse Tentenecio en la posteridad, en recuerdo de las palabras del santo que obraron el milagro. Hoy, casi seis siglos más tarde, ese lugar enseña alguna de las mejores joyas del tesoro monumental de Salamanca.

TEXTO: Paco Cañamero

 

SALAMANCA, BELEZA HASTA EN LOS CHARCOS

Una fina y persistente lluvia cae sobre Salamanca mientras Ana, sujetando su paraguas con una mano, contesta a una llamada telefónica. Es Fabio, su amigo del alma desde que hace ocho años fueran compañeros de piso en época de estudiantes.
-¡Hola, majo! -responde Ana- ¿Que tripa se te ha roto ahora? ¡Es la tercera vez que me llamas hoy!
-Vaya, -contesta Fabio- ¡Hoy estás muy charra! Solo llamaba para decirte que he cenado 'pesca' y no me he añusgado con las espinas.
Ambos ríen a carcajadas. Cuando llegó a Salamanca hablaba un perfecto castellano, pero a Ana le encantaba burlarse de él con términos charros que desconcertaban a Fabio, quien aprendió rápido la jerga y a Ana le hacía mucha gracia verle ejercer de salmantino 'de pura cepa' con acento italiano.
-Te dejo -le dijo Ana- está lloviendo y voy sola por la calle La Rúa hacia El Corrillo, que he quedado con una amiga. Más tarde te llamo
- Cómo echo de menos Salamanca, a ver si termina esta pandemia. Estoy loco por patear sus calles y llenarme de su luz. Por favor, Anita, no me seas cateta que te doy un 'soplamocos', nadie camina solo en Salamanca, vayas donde vayas, la belleza te acompaña. Un beso. Luego hablamos.
-¡Vives en Roma pero echas de menos mi 'Roma la chica' y aunque ambas rivalizan en belleza, Salamanca le gana por la mano...¡Tenemos dos catedrales! Ciao, 'salao'.
Justo cuando Ana llega a El Corrillo, mientras espera la llegada de su amiga, comienza el alumbrado de la Plaza Mayor. Nunca ha entendido la razón por la que Salamanca no 'vende' turísticamente ese momento tan mágico. Hoy, la lluvia que baña la ciudad hace que el piso mojado se convierta en un mágico espejo donde se refleja, dorada y señorial, la plaza más bella del mundo.
Ana toma unas fotografías que le envía a Fabio rápidamente para que, en la distancia, sea testigo del momento.
Fabio le responde al instante.
-'¿Te das cuenta del privilegio de ser salmantina? ¡Solo Salamanca es capaz de convertir los charcos en arte!

 

LA LEYENDA DE LA CUEVA DE SALAMANCA

Antonio Ortigâo es un portugués muy aficionado a la parasicología. Licenciado en Letras por la Universidad de Coimbra lo movía especialmente conocer la Cueva de Salamanca, una de las muchas joyas que guarda en su cofre monumental la ciudad del Tormes. Había leído cuanto cayó en sus manos y la curiosidad lo llevó a visitarla por primera vez hace varios años para embeber cuantas leyendas habían surgido de aquel rincón ubicado junto a la Torre de Marqués de Villena y la Cerca Vieja, en la parte más antigua de la muralla. En esta ocasión repetía viaje acompañado de Margarida, su mujer, otra enamorada de Salamanca.
Con ella regresaba ahora, especialmente para volver a pisar en ese lugar nacido como cripta de la antigua iglesia de San Cebrián. Un templo derribado en el siglo XVI y del que queda únicamente queda la hoy llamada Cueva de Salamanca.
- ¿Y qué te atrae de ella? –Inquirió Margarida-
- Está envuelto en una curiosa leyenda. –Contestó él-.
- ¿Cuál es?
- Dicen que en esa cueva Satanás daba clase a 7 alumnos durante 7 años y al terminar uno se tenía q quedar con él. El elegido, que fue el marqués de Villena, engañó al diablo y se marcho. Por hacerlo perdió su sombra
- ¡El hombre sin sombra!
- Si. Ese hecho de pretender engañar al diablo ya lo dejó marcado para el resto de sus días.
- La verdad que es una leyenda muy misteriosa la que encierra La Cueva de Salamanca.

 

BAJO UN CIELO AZUL Y PLATA

Aquella mañana la ciudad mostraba su misticismo bajo luz cenital de febrero que dibujaba unos cielos azul y plata. Decidimos adentrarnos a disfrutarla entre el dédalo de sus calles como si fuéramos dos lobos solitarios que criaban páramos de incertidumbre bajo la ventisca de un miedo que entra por los huesos. En el camino, esas luces parecían provocar unas ojeras que no apagan el brillo de sus ojos cuando miran al infinito y ven un sueño. Ese sueño se convertía, ¡por fín! en realidad al descubrir Salamanca y poder disfrutar con su monumentalidad y la grandiosa historia guardada en sus viejos legajos.
Acabó siendo un día tan hermoso que, al contemplar por primera vez la Plaza Mayor, se les iluminaron los ojos hasta abrirse una sonrisa como una flor de primavera, porque parecían estar en el sueño más feliz en esas horas donde los soles habían ganado su pelea contra las nubes y un rato más tarde, mientras visitábamos las torres de la Catedral, nos regaló la maravilla del crepúsculo. Era) en el instante mágico de las dos luces quedamos embrujados por la fragua que ardía en el poniente.

AMANECE FEBRERILLO EL LOCO

Enero se disponer a bajar el telón para abrir la puerta de febrero. Ese mes tan cambiante que las gentes llaman ‘febrerillo el loco’ y tan inspirado para el refranero. Hoy, en plena agonía de enero, con la celebración de San Valerio, en Salamanca existe la tradición de ir a Valero. ‘A los toros de Valero’, que era el inicio de una nueva temporada taurina. Porque viajar a la villa serrana de Valero era todo un acontecimiento, al hacerlo a un pueblo pintoresco y distinto, construido al fondo de un valle –valeros como podáis- y donde, junto a baile y mientras las jarras de vino corren entre las manos de los mozos, estos también rinden culto a la pólvora lanzando a los aires cientos de cohetes para festejar la alegría del patrón.
Numerosos toreros de postín hicieron el paseíllo en su plaza cuadrangular –con la loma de un valle convertido en un tendido-, aplaudidos por una afición feliz ante el inicio de una nueva campaña, pero que también era el primer paso para decir un ilusionante adiós al invierno –pese a quedarle aún largo recorrido-. Pero llegaba febrero, el mes de refranes, el que alargaba las tardes y ya empieza a brillar con más fuerza el sol para buscar la sombra el perro. Del que dicen ‘febrerico el corto, un día pero que otro’, ‘en febrero el loco, ningún día se parece a otro’, ‘en febrero, un día malo y otro a ratos’, ‘febrero, un rato malo y otro bueno’.
Y es que febrero trae también el Carnaval, con el culto a la máscara y abre paso a esa Cuaresma que cada viernes nos regala la tradición del potaje.

 

GARGANTILLAS DE SAN BLAS

El italiano Silvio Bianco vino por primera vez a Salamanca a últimos de diciembre. Desde siempre le fascinaba y era un insaciable lector de cuando caía en sus manos sobre la historia de esta ciudad, a la que han llamado hasta ‘Roma la chica’ o ‘la pequeña Atenas’. Por eso, coincidiendo con una época vacacional en su trabajo decidió darse una vuelta por España teniendo a la capital del Tormes en la meta de todos sus caminos.
Tras admirar la monumentalidad durante dos intensas jornadas y cuando ya estaba cercana la hora del adiós, una tarde paseando por los arcos del Pabellón Real de la Plaza Mayor (¡siempre la Plaza Mayor!) observó un detalle que le llamó la atención. Se trataba de una señora entrada en años, de bajita estatura y aspecto risueño, que sujetaba una especie de percha de la que colgaban cientos de cintas de colores. Inquieto al desconocer de qué se trataba decidió acercarse a la vendedora.
- ¿Y esas cintas para qué son? ¿Para las capas de los tunos?
- No. Bien se nota que usted es del extranjero.
- Sí. Soy italiano
- Mire, se conocen como gargantillas de San Blas y son utilizadas para proteger a la garganta de los catarros. La costumbre es llevarlas en el cuello hasta el Miércoles de Ceniza. Llegada esa fecha, que es justo cuando comienza la Cuaresma hay que despojarse de ellos y quemarlas. Entonces, cumpliendo ese ritual queda uno libre de enfermedades en la garganta.
Silvio Bianco decide adquirir tres gargantillas, coincidentes con los colores de la bandera de su país: rojo, blanco y verde, para ponerlas alrededor de su cuello y prevenir posibles males de garganta. Después, invadido por la inquietud se adentra para conocer más de esa tradición y busca en Google la procedencia de San Blas, aquel médico y obispo de Sebaste (Armenia) que vivió en el siglo III y se le considera el protector de las enfermedades de la garganta, además de ser el patrón de los laringólogos.
Al final de la jornada, ya con las maletas preparadas para regresar a su país, Silvio se mira al espejo para observar las tres gargantillas que enlazan de su cuello, con los colores en su guiño a su querida Italia y un símbolo invernal de esa Salamanca que tanto le cautiva.

 

LA VUELTA DEL FOTOGRÁFO MINUTERO

- Sara, déjate llevar y ver conmigo, te voy a enseñar una sorpresa. (Sugirió Iván).
Aquella mañana dominical de enero había amanecido soleada y con una agradable temperatura que invitaba a pasear. Entonces, Sara e Iván salieron antes del mediodía y encaminados sus pasos por las calles de Salamanca, disfrutando a cada momento y dejándose llevar entre los encantos de una ciudad mágica. Subieron por Palominos, desde la calle San Pedro, hasta alcanzar la Isla de la Rúa, en ese lugar que parece una postal, con las Torres de la Clerecía asomándose a los cielos y la Casa de las Conchas, pletórica, que parece mirarla con ojos de enamorada.
Hasta allí llegaron y enseguida Iván sugirió a ella acercarse hasta un curioso artilugio de fotografía minutera, dotado de una larga caja de madera, sujetado por un trípode artesanal y que manejaba un curioso personaje, alto y magro, tocado por un sombrero de bombín, con pañuelo al cuelo y chaleco negro sobre su camisa blanca. El fotógrafo, llamado Alberto Prieto, es un reconocido profesional que ha viajero por medio mundo en calidad reportero gráfico para cubrir conflictos bélicos atiende con amenidad a la pareja. Mientras, prepara el artilugio de esa alargada caja de madera –realizada por él mismo- que sirve de cámara y el interior hace función de laboratorio para realizar 'in situ' una fotografía negativa y, posteriormente, en una nueva fase, su positiva en blanco y negro y entregarla en unos minutos a la pareja.
Mientras la pareja observa el funcionamiento, Alberto Prieto, que es un hombre atento les indica que a fotografía minutera surge entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX como alternativa a la elitista fotografía de estudio, accesible solo a gente adinerada, por lo que esta tipo de fotografía ambulante, asentada en plazas concurridas, parques, romerías o fiestas de pueblos, era también la fotografía de los pobres.
Mientras contemplan el final del trabajo y abonan a Alberto Prieto la fotografía, ambos siguen su camino en el escenario de aquella mañana dominical de enero que había amanecido soleada y con una agradable temperatura. Dejándose llevar por la suave cuesta descendente de la calle Compañía, Sara le da las gracias a Iván, a quien lleva con su brazo derecho entrelazado a su cintura y le dice:
- Que preciosidad esta forma que tenían antes de sacar las fotos en un cajón, parece mentira la evolución de la sociedad. ¡Y qué tío más majo es el fotógrafo!

 

LA INSPIRACIÓN CON FRAY LUIS DE LEÓN


El profesor José Antonio Romeo en sus frecuentes viajes a Salamanca siempre aprovechaba para ir hasta el Patio de Escuelas y admirar la escultura de Fray León de León, de quien es paisano. Después accedía el edificio histórico de la vieja universidad para visitar su aula e impregnarse de la esencia del teólogo y poeta.
Inquieto por conocer más detalles, gusta contemplar la escultura de Nicasio Sevilla inaugurada en 1869 para rendir homenaje a tan magno personaje. A ese Fray Luis de León, que un buen día vino a estudiar Salamanca y aquí se hizo fraile para acabar representando la Edad de Oro de la Universidad de Salamanca, la libertad de pensamiento y el valor de la lengua Española.
A Romeo le encanta profundizar cada día más en su obra literaria. De hecho en sus bibliotecas descansan la totalidad de los títulos de quien fue uno de los ases de la baraja poética de la segunda parte de Renacimiento Español.
Sin embargo lo que más le llama la atención es que alguien de tanta relevancia acabase en la cárcel por disputas entre diferentes órdenes religiosas y los celos y envidias. Por zancadillas que acabaron conduciéndolo a la cárcel de Valladolid donde pasó cuatro interminables años y de los que dejó escrita una frase sentenciosa en una de las paredes de su celda.
“Aquí la envidia y mentira me tuvieron encerrado...”.
Durante los años enrejado, transcurridos entre de marzo de 1572 y diciembre de 1576, denuncia la lentitud de la burocracia y la maldad de sus acusadores. Entonces, el día que recupera la libertad y con la felicidad del momento encamina los pasos a su cátedra en la Universidad de Salamanca y pretender borrar ese triste paso por la prisión. Al volver a las aulas, de sus labios sale esa famosa frase que acabaría siendo definitiva en su biografía: “Decíamos ayer”. La misma que revolotea en el recuerdo de José Antonio Romeo cuando pisa otra vez las históricas calles de Salamanca para abrazar el recuerdo de su paisano más universal, antes de acceder el edificio histórico de la vieja universidad para visitar su aula e impregnarse de la esencia del teólogo y poeta.

 

ARCO DE SAN MARTÍN

Después de una mañana de compras, Gabriela se dirige a su casa. Al entrar en la Plaza Mayor se sorprende al ver a su ex de la mano de su nueva pareja. Han pasado ya casi ocho meses desde que Carlos la citara una noche, muy misterioso, en una terraza de la Plaza Mayor, y lo que ella pensó en un principio que sería una cena romántica en su lugar favorito, se convirtió en una amarga noche. No, no fue una cita romántica en la Plaza para avivar la llama de su amor, aquella noche él le confesó que se había enamorado de una compañera de trabajo que había llegado a su empresa hacia unos meses desde Madrid, y que se iba a vivir con ella. De esa manera tan abrupta zanjo siete años de relación y convivencia.
No le había vuelto a ver desde aquella noche. Ni siquiera cuando él sacó todas sus cosas de casa para marcharse definitivamente. La curiosidad de Gabriela hace que se detenga a observarlos sin ser vista desde los soportales: Se les ve una pareja muy enamorada, ella le mira embelesada y agarrados de la mano, en el centro de la Plaza escucha atenta las explicaciones de Carlos.
Ahora, al verlos, recuerda que cuando ella -gran amante del arte desde niña y conocedora de cada rincón e historia de su ciudad- comenzó a salir con Carlos, les gustaba dar largos paseos mientras le explicaba los tesoros artísticos de la ciudad. Con el tiempo la relación se instaló en la rutina y Carlos prefería quedarse con los amigos viendo el fútbol, mientras ella salía a sus paseos con alguna amiga.
Él seguía haciendo de guía turística para su enamorada, ahora le estaba señalando los medallones... ¡No tiene ni idea, no conocía ninguno! - pensó divertida- ¿Qué le estará contando? Si al menos alguno tuviera la escultura de don Vicente del Bosque... ese sería el único que le dijera correctamente!
Pasado el tiempo, lo único que Gabriela no le perdona a Carlos es que la citara en la Plaza Mayor para romper su relación ya que siempre ha sido su lugar favorito y le da mucha rabia que ahora vaya ligada a ese mal recuerdo aunque ya cada vez quede más lejano. Mientras sigue avanzando bajo los soportales observa como Carlos, rodeando con el brazo la cintura de su chica, dan por finalizada su ruta turística y abandonan la Plaza por el arco mayor de San Martín, el mismo por el que él salió aquella noche mientras ella se quedó llorando.
¡Cómo cambia la vida en unos meses! Aquella noche hubiera dado su vida para que él no cruzara aquel arco de San Martín y hoy, ocho meses más tarde, al verlo marcharse por el mismo sitio, ha gritado para sus adentros: ¡Por el arco de San Martín se fue mi mala suerte!

 

 

ESCALERAS DE PINTO

Aunque Salamanca sea una ciudad de calles llanas –y eso que, al igual que Roma, esté levantada sobre colinas, hecho por el que los romanos la bautizaron ‘Roma la chica’-, también nos regala varias escaleras muy queridas por sus gentes y que forman parte del escaparate capitalino. Varias de esas escaleras engrandecen su legado en las páginas de los libros de Historia. La de la Universidad, en su ascenso a la sabiduría; las de la catedral, que un día subió Lord Wellington para inspeccionar los vecinos territorios en tiempos bélicos de La Francesada; las de La Clerecía, tal altas porque los Jesuitas se picaron con los Dominicos y quisieron que las suyas fueran más visibles que las de San Esteban; más recientes son las de Gran Vía -conocidas por La Riojana- y de mucha fama las tres que acceden a la Plaza Mayor.
En estas últimas quiero homenajear las de Pinto, situadas en la esquina oriental del monumental ágora para comunicar ésta con la antigua plaza de La Verdura, hoy del Mercado y los Portales de San Antonio, llamadas así gracias a la farmacia existente en el siglo XIX de la que fue titular don Ángel Villar y Pinto, una personalidad en la ciudad. Antes, los grandes personajes impregnaban su sello y hasta daban nombre al lugar donde se asentaban. Y aquel farmacéutico fue un fundamental en la sociedad salmantina en la última mitad de la centuria decimonónica, cuyo legado continúa vivo hoy. Más tarde fue vecino suyo don Eladio Amorós Francés, un comerciante madrileño emigrado a Salamanca para fundar ‘La Revoltosa’, famosa zapatería durante varias décadas y padre de dos hijos, Eladio y Pepe Amorós, que fueron toreros de postín y llevaron el nombre de su querida Salamanca el mundo.
Más allá de la farmacia de don Ángel Villar y de la zapatería de don Eladio Amorós, esas escaleras de Pinto, son también un lugar de recuerdo entrañable donde un charlatán, el señor Palao, cautivaba a las gentes con su fácil oratoria y la facilidad para engatusar con algunas de las ‘maravillas’ que guardaba en su maleta. El señor Palao, durante años, fue por sí mismo un espectáculo callejero de una ciudad donde las escaleras de Pinto son un homenaje perpetuo a aquel farmacéutico que dejó su nombre inmortalizado en ese lugar.

 

POR SAN VICENTE LO HABLA LA GENTE

Enero encarrilaba su final, con la pesada cuesta que, tras los gastos navideños, deja los bolsillos de la gente vacíos y ya comenzaba notarse cómo los días se alargaban y lentamente, cada tarde, arañaba un minuto más de sol. En medios de estas jornadas, llamadas de ‘los mártires’, tan dadas al refranero, siempre se ha dicho que ‘por San Vicente lo habla la gente’, refiriéndose a la media hora larga que ya nos regala el sol respecto a las vísperas de Navidad, que son las de menos luz del año. “Los más cortos’, como aclaraba siempre el señor Julián, un viejo pastor a quien sus vecinos le preguntan por las previsiones del tiempo dada su afición a las cabañuelas.
Desde hacía varios años, justo al jubilarse, el señor Julián se vino a vivir a Salamanca, al barrio del Zurguén y, desde allí, cada mañana gusta de acercarse hasta el Puente Romano para ver la veleta de la Torre de la Catedral y saber perfectamente la dirección del viento, que para él es una referencia a la hora de hacer los particulares pronósticos del tiempo.
Sin embargo, al señor Julián cuando le preguntan por el tiempo a estas alturas de enero siempre suele decir: “¿Sabes que es lo más bonito de que se alarguen los días? Que podemos disfrutar la belleza de la ciudad durante más tiempo, porque la luz solar es el mejor escaparate para embelesarse de esta joya de ciudad”. Y él, que es un viejo sabio, ahora que enero llega a su final, siempre recuerda aquello de ‘por San Vicente lo habla la gente’.

ADARES, EL POETA DEL CORRILLO

Antonio Simón se había jubilado como profesor de Literatura en un instituto madrileño y desde entonces se dedica, con vocación propia de un sacerdocio, a cultivar su pasión por la poesía, siguiendo la huella de numerosos vates. A su surtida biblioteca instalada en su hogar de Fuencarral, donde pasas horas dedicado a la lectura y al estudio, se apilan miles de volúmenes con infinidad de firmas, llegó en cierta ocasión un poemario del salmantino Remigio González Martín ‘Adares’. Desde ese momento, que se adentró en su lectura quedó cautivado por ese hombre y su obra, por el viejo trovador de inconfundible silueta que hizo de la plazuela del Corrillo el salón de su casa y su estampa fue un estandarte de ese rincón capitalino, donde una escultura de Agustín Casillas rinde perpetuo homenaje a su figura.
Un buen día, Antonio Simón decidió conocer más los pasos de Adares y se desplazó a Salamanca para conocer más profundamente el legado del poeta. Al llegar buscó un lugar para establecerse y acabó recayendo en el hotel Casino del Tormes, establecimiento que le entusiasmó desde el mismo momento que levantó la persiana de su habitación, sintiéndose en el mismo paraíso al asomarse a la ventana y contemplar la magia de las Catedrales, que casi podía tocar con la mano. Allí, en ese hotel encontró el sitió perfecto para inspirarse, porque además tenía al lado el Tormes, que arrastra sus aguas, tan cantadas por Adares. Por ese poeta al que Antonio Simón descubrió de manera casual y en el encuentro de su legado se encaminó a la plazuela del Corrillo para dejar perder la mirada en ese rincón donde late con intensidad la vida de la ciudad. Entonces, Antonio Simón tuvo la sensación que se le acercaba el viejo rapsoda para ofrecerle, con voz melosa, uno de sus libros.

SALAMANCA SE VISTIÓ DE NOVIA

El día que ‘Filomena’ vistió a Salamanca con un manto blanco, Lorenzo quedó atrapado en la ciudad. Vino en viaje de trabajo la mañana del viernes con idea de regresar a Madrid a última hora de la tarde y aunque a esa hora comenzaban a caer los primeros copos sobre la ciudad del Tormes, las noticias del temporal en Madrid le hicieron abandonar la idea de lanzarse a la carretera.
Malhumorado marchó hacia su hotel después de tapear en los bares del centro de la ciudad a modo de cena, mientras comenzaba a cuajar la nieve sobre Salamanca.
A la mañana siguiente, resignado a su suerte, decidió dar un paseo y conocer una ciudad en la cual, si bien había viajado a ella una docena de veces en el último año, siempre fueron viajes de trabajo y jamás se dio la oportunidad de conocer más allá de la ruta establecida.
Hospedado en el hotel San Polo, comienza su paseo hacia las catedrales no sin alguna dificultad en varios tramos por el espesor de la nieve. A medida que se va acercando se olvida del frío, mientras los copos de nieve siguen cayendo. Su cara es la imagen de la fascinación al observar la imponente catedral cubierta por la nieve: ¡Es cómo si se hubiera vestido de novia!
Avanzó hasta la Plaza de Anaya y se detuvo a mirar la estampa. Sobre un manto blanco se levantaba uno de los más imponentes escenarios que sus ojos vieran jamás. La luminosidad de la nieve contrastaba con el color dorado de la piedra mientras los copos de nieve seguían tejiendo coronas blancas sobre todas las tallas que adornaban el pórtico. ¡Había tenido suerte en quedarse atrapado en Salamanca!
La persistente nevada y el frío hicieron que buscara refugio en una cafetería cercana antes de regresar al hotel. Las previsiones para el domingo eran buenas y entonces continuaría con la aventura de seguir descubriendo una ciudad fascinante.
Deshizo su camino de regreso al hotel mientras su mirada hechizada saltaba de un lado al otro atrapando para siempre en su memoria aquella visión tan mágica e irrepetible. En una Salamanca semi confinada, con temporal de nieve, sin turistas y sin apenas transeúntes, se sintió un privilegiado. Pareciera que la ciudad, en un ejercicio de generosidad infinita, hubiera desplegado toda la belleza para él, su único turista aquella mañana.
Cruzó la muralla de regreso al hotel y volvió la vista atrás como si hubiera salido de... en ese momento recordó los versos de su poeta favorito, el portugués Abilio Guerra Junqueiro, refiriéndose a Salamanca:
'Feliz usted que vive en una ciudad por muchas de cuyas calles se puede ir soñando sin temor a que le rompan a uno el sueño'.

LA CINARRA EN ANAYA

Ya lo dice el refrán, ‘en enero, bufanda, capa y sombrero’, porque las mañana de este mes son un espectáculo en la ciudad que amanece blanca, tras la cencellada de la reciente noche. Por eso decidí levantarme al amanecer y dejarme perder entre los encantos de la ciudad, encaminando mis pasos a la Plaza de Anaya, uno de mis lugares preferidos.
Hacía frío, mucho frío, con los termómetros lamiendo los cuatro grados bajo cero cuando salí a la calle y apenas tardé diez minutos en alcanzar Anaya, donde en ese momento era un espectáculo contemplar la torre de la Catedral Vieja iluminada por los primeros soles de la mañana. Aún quedaban muchos restos de la nevada en la aceras y otros recogidos en el centro de los parques, todos ellos amontonados en medio de un contraste distinto al habitual.
Paseando en soledad me acerqué hasta los cedros que forman parte del paisaje, al igual que la secuoya gigante y pronto debí retroceder al notar cómo la gélida cinarra caía sobre mí. Alejado prudentemente de los árboles observé como las partículas de hielo, la llamada cinarra, caía en pequeñas particular de hielo al suelo, teniendo hasta la impresión que volvía a nevar en esa zona, aunque no era más que el fenómenos invernal de la cencellada.
Entonces, maravillado, decidía volver bajo los cedros y con los brazos extendidos abrí las manos para dejarme sorprender por la magia de la cinarra, característica de este mes en el que el refrán dice ‘enero, bufanda, capa y sombrero’.

 

¿DÓNDE PASAMOS LA TARDE?

Esta tarde, que ya abre el tiempo y empieza a quedar archivada la ola de frío, me gustaría pasear a tu lado por esta joya de ciudad. Disfrutar de su tesoro monumental y respirar sus aires, alegrar la vista con la magia de su piedra zurcida a golpes de cincel y sentir que uno pasea por las calles que han escrito tantas páginas de la historia.
Me dejo llevar por ti. ¿Dónde vamos?
¿A tomar una caña a la terraza de la Plaza Mayor?
¿A acariciar los cielos desde Ieronimus o Scala Coeli?
¿A disfrutar de la magia del Huerto de Calixto y Melibea?
¿A dar un placentero paseo por la Calle Compañía?
¿A contemplar de nuevo la fachada de la Universidad y visitar el Patio de las Escuelas Menores?
¿A sentarlos en la soledad del Patio Chico?
¿A dar un paseo por el Puente Romano y detenernos a ver pasar las aguas del Tormes?
¿A impregnarnos de historia en el Claustro de Colón?
Salamanca, en sí misma, es un tesoro y por eso os invito a dar un paseo por ella. ¿Dónde pasamos la tarde?

JULIO ROBLES, UN SÍMBOLO CHARRO

Hace 20 años, Salamanca decía adiós, prematuramente, a uno de sus mitos. A un ídolo, a un sello de identidad de la charrería. A Julio Robles, símbolo de la torería moderna, acaparador de la admiración en todo el mundo taurino cuando cimbreaba su cuerpo, que era un junco, para que sus brazos dibujasen una verónica de esas que piden poetas y él regaló a la afición sobre las arenas.
Dos décadas sin el coloso de los ruedos y aún se le sigue echando de menos en estas calles, entre tantos salmantinos como lo aplaudieron y vivían deseosos de la llegada de septiembre para abarrotar La Glorieta y volver a disfrutar del arte de su ídolo. De Julio Robles, que siempre fue por el mundo con un botón charro prendido en su corazón. De aquel torerazo que supo llevar con tanta dignidad y hombría el devenir de una cogida que lo postró para siempre en una silla de ruedas y él, gracias a su señorío, convirtió en su particular trono.
Vaya mi admiración por este paisano que engrandeció la Tauromaquia. Por Julio Robles, aquel torero tan artista, tan capaz, tan variado, tan completo, el que supo dominar todas las embestidas y alzó su nombre a la categoría de maestro.
Por eso grito:
- ¡Viva Julio Robles!
Y como él diría:
- ¡Viva Salamanca!

EL INGLÉS ENAMORADO DE SALAMANCA

Michael Peter paseaba en solitario por la Plaza Mayor de Salamanca, con elegante ropa de invierno y una llamativa mascarilla azul cielo obligatoria en estos días de Covid. Con su bufanda de lana a juego con las manoplas y su inseparable cámara de fotos que llevaba en modo bandolera, observaba los detalles en esa mañana, que era una de los pocas que se decidió a salir. Porque desde que comenzó la pandemia prefería la paz para aprovechara a leer y ver la televisión en su casa de la calle La Rúa, adquirida hace una decena de años en el momento que decidió retirarse a Salamanca, la ciudad por la que tuvo una especie de flechazo desde que pisó por primera vez sus calles.
Aquella mañana, con los restos aún recientes de la última nevada, Michael Peter se dirigió a una librería de confianza para adquirir novedades literarias y de paso ir a la Plaza Mayor para tomar un café en la paz del Novelty. Lo haría, siguiendo su rutina, sentado al lado de la escultura que rinde perpetuo recuerdo a Gonzalo Torrente Ballester, bajo el aura de tantas eminencias como han frecuentado ese establecimiento.
Nada más traspasar su puerta se destocó del precioso sombrero tirolés que lucía sobre su cabeza y había comprado en los Almacenes Harrod de Londres, en el último viaje que hizo a la capital británica antes de la pandemia y a la que llegó vía París, por el Eurotunel. Le encantaba Londres y París, dos maravillosas ciudades, aunque siempre comentaba que el lugar ideal era Salamanca.
Y, mientras las agujas del reloj no dejaban de correr, Michael Peter, se distraía leyendo el diario El País y de vez en cuanto se fijaba en los movimientos de su alrededor, hasta que su mirada se quedó fija en una mujer que se encontraba en la barra y enseguida supo que se trataba de una amiga de su infancia a la que buscó durante años y nunca encontró, lo hacía ahora a tantos kilómetros de su ciudad natal. Decidió levantarse para saludarla con la sensación que la Plaza Mayor es la meta de todos los caminos y el lugar que siempre miras con ojos de enamorado.

 

LAS ILUSIONES PARA 2021

En este martes, que tímidamente el sol asoma sus rayos en medio del cierzo y con restos aún de la reciente nevada, brindo por las ilusiones del Nuevo Año. Aunque en medio de la grave crisis sanitaria, la gente únicamente busque salud en este 2021 que debe hacer olvidar al anterior, a ese 2020, al que muchos ya llaman el innombrable. Pero el columnista, que siempre tiene muchas ilusiones por cumplir manda a todos los salmantinos y amigos de esta ciudad salud y buenos deseos. Que siempre que ha llovido ha escampado.
Y que esta ciudad, más pronto que tarde, vuelva a ser un hervidero de gentes que admiran sus monumentalidad y legado histórico, disfrutan de la amenidad de las gentes y aprovechan su excelente oferta de restauración (gremio con el que nos solidarizamos al ser apuntados injustamente como cabezas de turco). Porque Salamanca es un tesoro que siempre ha abierto de par en par los brazos bajos esas viejas piedras que atesoran siglos de historia.
Por esa razón en breve Salamanca volverá a ser el centro de todos los caminos y esa lacra sanitaria empezará a ser historia. Ánimo a todos y a preparar la vuelta con la grandeza t categoría que atesora esta joya levantada a las orillas del Tormes.
Abrazos para ellos y besos para ellas.

 

VOLVER A LA CASA LIS


Cae la fría tarde invernal y Celine, historiadora parisina, pasea su soledad por el casco antiguo. Ante sus deslumbrados ojos se despliega la luz dorada que envuelve la belleza de las tallas en las piedras, filigranas salidas de los más perfectos orfebres de la piedra. Salamanca no le es ajena aunque desde 1982, año que pasó en ella en el viaje de fin de estudios, no había vuelto.
Uno de sus objetivos de Celine en este nuevo viaje a la ciudad del Tormes es visitar el Museo Art Nouveau Art Decó situado en La Casa Lis, una edificación que recuerda amenazaba ruina cuando pasó aquel ya lejano año en Salamanca y aunque siempre le pareció, la construcción, una nota disonante fruto de las ínfulas de un nuevo rico de aquella época, está ansiosa por ver ‘in situ’ la reconstrucción del sueño de Don Miguel de Lis que hoy alberga, entre tantas obras de arte, las colecciones de Manuel Ramos Andrade el anticuario y filántropo salmantino Manuel Ramos Andrade.
Tras dejar atrás la calle Gibraltar y acceder a la Casa Lis queda extasiada por la explosión de luz y color, admira su cubierta de cristales plomados... ¡Nunca pensó que se pudiera embellecer tanto el cielo! Durante un par de horas, Celine disfrutó visitando las estancias, aunque la planta de las muñecas de porcelana le intimidó un poco ya que desde niña, no fueron de su agrado.
Salió camino de su hotel para recoger a su pareja mientras meditaba sobre la Casa Lis. Si toda Salamanca le parecía un inmenso museo al aire libre, La Casa Lis le pareció un joyero de cristal sobre el Tormes.
Celine, absorta en sus pensamientos, sonríe irónicamente al pensar que si a Paris la conocen como la Ciudad de la Luz es porqué quien así la llama desconoce el eterno idilio que, como un juramento de amor eterno, mantiene el sol -o su ausencia- para hacer de Salamanca una explosión de colores a cada minuto del día. 

LA MELANCOLÍA DEL INVIERNO

Sentía la melancolía a la llegada del invierno, la estación que abre su telón en Navidad, con las luces de colores y los puestos de castañas callejeros. Al igual que en todos los días del año, cada mañana en medio de la cencellada que viste de blanco los campos y la ciudad, poco después de levantarse, Antonio y Luisa aprovechan para dar largas caminatas por el Paseo Fluvial y después alcanzar el paraje de la Aldehuela, donde hacían un receso para tomar un café en un bar de la zona. Allí, Antonio gustaba de recordar los veranos de sus años jóvenes, cuando las cercanas riberas del río estaban acondicionadas como playa urbana y, los fines de semana eran en un auténtico hervidero de gente que acudía a refrescarse de los calores estivales.
- “Aquí pasé alguno de los mejores momentos de mi juventud” -señalaba él-.
Después regresaban, apreciando los colores y la soledad de esta estación con los árboles desnudos y les cautivaba cuando alguna ráfaga de viento hacía volar las hojas de los árboles perdidos por las aceras del Paseo Fluvial.
Y es que, Antonio y Luisa, que también se encontraban en el invierno de su vida, eran felices al caminar por las orillas del río, convertidas en un paraíso solitario, en esas mañanas de cencellada que nos regala el invierno en las fechas navideñas.

AMOR EN LA NOCHEVIEJA

La Nochevieja en Salamanca tiene un apéndice especial, la celebración que congrega una hora después de la oficial y congrega debajo del reloj a cientos de jóvenes portugueses que, esa jornada, abarrotan la ciudad para disfrutar del último día del año en esa noche mágica de luz y alegría. Ese momento, bajo los sones alegres de los amigos lusitanos, también ha dejado el feliz recuerdo de románticas historias.
Hoy, 24 años después, Ruiz y Sabelina recuerdan la edición de 1996 cuando se conocieron en la Plaza Mayor de Salamanca. Entonces, la marabunta de jóvenes del vecino país gritaban alborozados con la llegada del nuevo y entre la algarabía de abrazos y buenos deseos entre unos y otras, a Rui Manuel le dio un vuelvo el corazón al felicitar a Sabelina, una compatriota suya que formaba parte de otro grupo, de la que ya no se separó en toda la noche y con la que pronto comenzó a compartir la vida. Desde entonces nunca faltaron a la celebración de la Nochevieja en Salamanca, la ciudad que marcó su existencia y a la que siempre les encantaba regresar.
Por esa razón, en la víspera de un nuevo viaje sentían un cosquilleo especial hasta que por fin, a primeras horas de la mañana del 29, se desplazaban a esa capital tan querida para ambos, a la que suelen arribar al hotel –el mismo de siempre- al filo del mediodía, donde reservan de un año para otro. Mientras deshacen las maletas y hacen tiempo para ir a comer al Río de la Plata, su restorán preferido de la ciudad, les gusta aprovechar para dar el primer paseo en esa Plaza Mayor y entonces recuerdan aquella Nochevieja de 1996 cuando se conocieron y surgió el flechazo entre ellos. Y ya desde entonces Salamanca fue el camino de su felicidad.

GABRIEL Y GALÁN, EN NAVIDAD

A José María Gabriel y Galán, al más grande de nuestros poetas, se le disfruta y se le lee. Aquel maestro de primeras letras nacido en Frades de la Sierra que acabó en la cacereña localidad de Guijo de Granadilla, tras casarse con la rica del lugar, se le siente y se le vive gracias a un inmenso legado poético de una obra genial. Nadie como él ha sabido cantar los valores y tradiciones de la charrería, de las gentes y tradiciones del campo. Ese sentimiento salmantino, siempre afín a su querida tierra, acabó desembocando en esa vecina Extremadura que lo adoptó y ya desde siempre, disputándose ambas a ese genio de las letras que encontró tan prematura muerte. Cuando le quedaban por delante tantos años para seguir enriqueciendo nuestra Lengua y consagrarse como un genio.
Aquel Gabriel y Galán desde muy joven fue figura literaria tras alzarse triunfador en los Juegos Florales celebrados en Salamanca a principio del siglo XX con el poema ‘El Ama’ dedicado a su madre (Yo aprendí en el hogar en qué se funda/la dicha más perfecta,/ y para hacerla mía/ quise yo ser como mi padre era y busqué una mujer como mi madre/ entre las hijas de mi hidalga tierra). Desde allí ascendió al Olimpo de las letras avalado por don Miguel de Unamuno, presidente de aquel jurado que le otorgó la Flor Natural y nunca escatimaría elogios al joven vate que se consagraba para orgullo de su provincia natal, la misma que le dedicó con su nombre infinidad de calles en casi todos los pueblos. Y hasta los más pequeños aprendían a leer con sus poesías.
Hoy, bajos los fríos navideños, vuelvo a sentir a Gabriel y Galán al desempolvar su poemario para releer ‘Castellanas’ y después ‘Extremeñas’, las dos regiones que supo unir para crear un puente sentimental entre ambas con ese río Alagón que fue fuente de su inspiración y, al igual que él, marca los principales lugares de su vida, porque también nace en Frades de la Sierra y pasa por El Guijo de Granadilla, donde muy cerca está ese pantano que lleva su nombre.
Y lo vuelvo a sentir gracias a su herencia en el inmenso legado poético de una obra genial que en Salamanca está muy viva.

LOS VILLANCICOS DEL COLEGIO ‘ESPAÑA’

Acaba otro año y antes de arrancar la última hoja del almanaque decidí dar el último paseo por el Barrio Antiguo y caminar sobre las baldosas graníticas de la Calle Compañía. Realmente esas mañanas de frío y cuando el sol trata de abrirse paso entre la niebla tienen un encanto especial. Desde siempre quedó marcado el recuerdo, una vez dejado atrás el Palacio de Monterrey para subir hasta la Clerecía, de un lugar tan ligado a mi vida. Esa bellísima iglesia levantada por los Jesuitas para que pudiera ser visible desde larga distancia y rivalizara con la misma Catedral para formar ese Alto Soto de Torres de Unamuno y que enamoró a quien se acercaba a Salamanca por cualquier de los caminos que la circundan.
En los muchos años que suman mi travesía por la vida siempre se asocian las vivencias en esa calle, de tanta magia, monumentalidad y sobriedad, especialmente en Navidad. Porque a poco de caminar había algo que me llamaba la atención, al principio por alegría infantil y después por recuerdos de esos años azules. Se trata de los villancicos navideños que escuchaba al pasar delante del Colegio España, que siempre formó parte de mi remembranza al detenerme en ese lugar; incluso hasta en una ocasión me invitó a conocerlo un señor que, acompañado de un perro, salía del interior para disponerse a echar de comer a los gorriones en esos días invernales. Tiempo después supe que aquel caballero, tan gentil y con aires de viejo profesor, era José Luis de Celis, intelectual y mecenas cultural de la ciudad que fue uno de los fundadores de los Cursos Internacionales de Verano.
Hoy, al volver y pasar por delante del Colegio de España rebobiné la película de mi existencia al escuchar de nuevo los villancicos navideños, aunque el recinto esté huérfano de José Luis de Celis, aquel viejo profesor que en invierno siempre echaba de comer a los gorriones.

 

 

¡EL HOMBRE SIN SOMBRA!

Antonio Ortigâo es un portugués muy aficionado a la parasicología. Licenciado en Letras por la Universidad de Coimbra lo movía especialmente conocer la Cueva de Salamanca, una de las muchas joyas que guarda en su cofre monumental la ciudad del Tormes. Había leído cuanto cayó en sus manos y la curiosidad lo llevó a visitarla por primera vez hace varios años para embeber cuantas leyendas habían surgido de aquel rincón ubicado junto a la Torre de Marqués de Villena y la Cerca Vieja, en la parte más antigua de la muralla. En esta ocasión repetía viaje acompañado de Margarida, su mujer, otra enamorada de Salamanca.
Con ella regresaba ahora, especialmente para volver a pisar en ese lugar nacido como cripta de la antigua iglesia de San Cebrián. Un templo derribado en el siglo XVI y del que queda únicamente la hoy llamada Cueva de Salamanca.
- ¿Y qué te atrae de ella? –Inquirió Margarida-
- Está envuelto en una curiosa leyenda. –Contestó él-.
- ¿Cuál es?
- Dicen que en esa cueva Satanás daba clase a 7 alumnos durante 7 años y al terminar uno se tenía q quedar con él. El elegido, que fue el marqués de Villena, engañó al diablo y se marchó. Por hacerlo perdió su sombra
- ¡El hombre sin sombra!
- Si. Ese hecho de pretender engañar al diablo ya lo dejó marcado para el resto de sus días.
- La verdad que es una leyenda muy misteriosa la que encierra La Cueva de Salamanca.
-
TEXTO: PACO CAÑAMERO

CENCELLADA EN LA VIEJA ACEÑA

Marché caminando hasta las orillas del Tormes cuando aún era noche cerrada y, por oriente, aún no habían roto los primeras claras para subir el telón de un nuevo día. El mercurio del termómetro apenas lamía los 0 grados y los tejados se teñían de blanco en la última cencellada. A esas horas, bajo la luz de las farolas, la soledad era la compañera en los errantes pasos por la calle San Pablo y una brisa fría era el peor enemigo del paseante. Pronto, al alcanzar la Avenida de los Reyes de España comenzó a romper el alba y enseguida, al caminar ya por el puente ‘Enrique Estevan’, alzado el cuello de la cazadora y entrelazados los dedos entre las manoplas que los protegían, me apoyé sobre la barandilla para contemplar el bello espectáculo que nos regala cada jornada de un nuevo amanecer.
A la izquierda, las sombras de las Catedrales comenzaban a tornarse en un hermoso color, que era el alumbramiento a una nueva vida; mientras el sol asomaba, como una gran bola de fuego en los horizontes, que lentamente iba ascendiendo en el milagro de la vida. En pocos minutos ya era de día y la ciudad despertaba, a la par que comenzaban a llegar los primeros deportistas a las zonas aledañas del Tormes para correr y hacer deporte. Entonces seguí caminando hasta alcanzar el final del puente y descender hasta la orilla del río, donde sobre sus aguas varios patos también comenzaban un nuevo día, tratando de alejarse de una pareja de pescadores recién llegada.
Entonces, entre el herbazal blanco por le cencellada, me detuve muy cerca de la vieja aceña del Arrabal para observar frente a mí la maravillosa ciudad reflejada sobre las aguas del río en el espejo más hermoso que el Tormes, acicalado y remansado para poder disfrutar de la magia de Salamanca. Tras un buen rato obnubilado decidí volver sobre mis pasos, pero antes no pude menos que contemplar el viejo edifico de la aceña del Arrabal para quedar cautivado ante él, ante ese monumento al que no visitan los turistas, pero siempre ha sido otra estampa de bienvenida a la ciudad.

 

¡EL PALACIO DE MONTERREY!

Carmen paseaba por las calles de la ciudad y quedaba deslumbraba ante tanta belleza como observaban sus ojos; mientras, Carlos –su marido, que era salmantino- le iba explicando los principales pormenores de cada monumento que visitaban. A cual más hermoso, ‘zurcido’ a golpe de cincel en la piedra de Villamayor.
La sorpresa llega al descender por la sobriedad de la calle Compañía y encontrar algo que la hizo detener sus pasos y contener la respiración. ¿Qué es esta maravilla?, pregunta.
-El Palacio de Monterrey, uno de los máximos exponentes del arte plateresco, propiedad de la Casa de Alba y de las joyas más apreciadas de esta Salamanca que te sorprende a cada momento.
Carmen observaba entusiasmada el exterior y decidieron reservar unas entradas para visitarlo a la jornada siguiente. Con tiempo podrían admirar el riquísimo legado que guarda en el interior. Así lo hicieron y antes de la hora ya se encontraban a la puerta deseosos de conocer toda su historia. Pronto accedieron y mientras recibían las explicaciones de José Andrés, la persona encargada de mostrar las magníficas estancias palaciegas, Carmen no podía ocultar su emoción ante un monumento que era todo un símbolo de España.
Más sorpresa se llevó al ser sabedora que únicamente se había levantado la tercera parte del proyecto original. O también conocer los secretos de un curioso juego de llaves, las del sepulcro de Santa Teresa, la monja andariega. Resulta que de ese sepulcro existen 10 llaves. 3 de ellas están bajo la Comunidad religiosa; otras 3 las tiene el Papa en El Vaticano; otra, esta de plata, el Rey de España y las citadas del Palacio de Monterrey que pueden ser visitadas y cautivaron a Carmen. Porque desconocía este hecho, a pesar de que ella fue tan admiradora de la obra poética de la Santa abulense que vino a fallecer a Alba de Tormes, a 19 kilómetros de este maravilloso Palacio de Monterrey.

UN PASEO POR EL PARQUE DE SAN FRANCISCO

En medio de las hojas volanderas que invaden los caminos del Parque de San Francisco, el paseante busca los soles de la tarde de diciembre para inspirarse inmerso en la tranquilidad de ese rincón. El mismo que acogió una de las antiguas plazas de toros de la ciudad y piensa en sus adentros en los oles dedicados a Lagartijo, a Guerrita, a Bombita… cuando torearon ahí y eran los atractivos de la feria.
Al cabo de un rato sigue su camino y alza la mirada para observar, cerca de él, el lugar donde estaba la puerta de San Bernardo –en ella se despedían los duelos de la ciudad, al empezar ahí justo el camino del cementerio- y continúa por el laberinto de esas calles hasta acceder a la de García Tejado y alcanzar el antiguo Hospital Provincial. Allí, bajo la inmensa entrada, levantada en piedra de Villamayor y formada con cuatro columnas de dobles apoyos cilíndricos, rematados en la parte posterior con una especie de balconada, observa el busto dedicado al personaje que le da nombre a la calle, el eminente médico y político salmantino Andrés García Tejado, quien fuera impulsor de ese centro hospitalario en 1930. Se detiene a contemplarlo con la admiración que guarda a esas gentes luchadoras siempre por una Salamanca más digna hasta lograr la magnífica ciudad de hoy y a quienes tantas veces la erosión del tiempo borra del recuerdo.
Rodeado de paz y sin algarabía alrededor se recrea en ese rincón, tan cercano a la joya del colegio Arzobispo de Fonseca, a medio camino entre el Campo de San Francisco y el Cerro de San Vicente que vio nacer a esta Salamanca que regala su belleza en cada rincón. Después vuelve sobre sus pasos para sentarse en un banco. Allí, ensimismado y en paz, piensa en los oles dedicados en aquel lugar a Lagartijo, a Guerrita, a Bombita… cuando torearon ahí y eran los atractivos de la feria.

BÁEZ, UN SALMANTINO EN PARAGUAY

Cuando Carlos Báez corría la banda con el balón pegado a sus pies, el Helmántico vibraba con el talento y calidad de aquel extremo paraguayo que regaló inolvidables tardes a la afición blanquinegra. Entonces, la Unión Deportiva Salamanca era un equipo de campanillas que tuteaba a los grandes en la máximo categoría
Carlos Báez disfrutó de tres años a la vera del Tormes y al finalizar su contrato regresó a su país, a Paraguay, para proseguir su carrera en el Cerro Porteño. Pero ya desde entonces bajo el aura de esta tierra charra que lo acogió como a una más y lleva tan dentro de sí. Por esa Salamanca que ahora recuerda cada día y que gira alrededor de muchas de sus conversaciones. Porque desde entonces, Carlos Báez ya se sintió un salmantino más en esta ciudad donde también nació su hijo.
Ahora, desde tan larga distancia de separación no se deshoja una fecha del calendario sin que aquel elegante extremo se levante y lea los diarios de Salamanca, donde un día de hace 7 años no pudo evitar las lágrimas al enterarse que había desaparecido su querida Unión. Y además está pendiente de sus gentes, de su querido compañero Julio Pedraza y de la actual actividad futbolística; de las diferentes redes sociales, donde siempre plasma las maravillas de esta tierra a la que adora. Y de la que es un embajador en Paraguay, donde pasea con un botón charro en su corazón.
¡Qué tendrá esta Salamanca que hechiza a quien ha respirado sus aires! Mejor que nadie lo sabe Carlo Báez, quien siempre pregona las excelencias de esta tierra y quiere como si fuera suya. De la que nunca se cansa de dar las gracias por haber podido disfrutar de sus maravillas en esos años donde tantas veces fue centro de acaparador de tantos aplausos gracias al talento y calidad que regaló en las inolvidables que protagonizó en el Helmántico.

 

LA EMOCIÓN EN SAN JUAN DE SAHAGÚN

Aquel mes de septiembre de 2018, Carlos Boyero, regresó a Salamanca gracias a la ‘Operación Añoranza’. Hacía 78 años que no respiraba los aires de la ciudad que lo vio nacer y de la que emigró, junto a sus padres y hermano, un lunes de marzo de 1940 camino del puerto de Vigo para tomar el ‘Marqués de Comillas’, el vapor rápido que los llevó a una nueva vida en Argentina. Desde entonces siempre soñó con regresar algún día su ciudad natal, de la que recordaba su Plaza Mayor, sus calles, sus amigos y muy especialmente la iglesia de San Juan de Sahagún, cercana a su casa y de la que nunca olvida que el domingo anterior a la marcha, acompañado de sus abuelos, tíos, primos… acudieron a la misa para despedirlos. Además de pedir salud y prosperidad para la nueva vida en aquel Buenos Aires tan lejano, al que viajaban al reclamo de unos familiares, ante la difícil situación que atravesaba España, recién salida de la Guerra Civil.
En el regreso a Salamanca, junto al resto de emigrantes que conformaban la edición de ese año de ‘Operación Añoranza’ y tras abrazar a varios primos, Carlos Boyero se emocionó al volver a pasear por estas calles donde corrió de niño, al igual que la Plaza Mayor, aunque huérfana de los jardines que tenía cuando él la conoció. Envueltos en tantas vivencias, mientras bajaban por la calle Toro, al alcanzar la Plaza del Liceo, a Carlos Boyero se le iluminaron los ojos al contemplar, sobre las edificaciones, la aguja de la iglesia de San Juan de Sahagún, la iglesia tan querida para él y cercana a la casa donde nación. Entonces sugirió ir a sus parientes acudir hasta ella, con la suerte que en ese momento comenzaba una celebración religiosa. Accedieron al templo y sentado sobre el banco, dominando por la emoción Carlos Boyero cerró los ojos y sentía que era aquel niño que, en ese mismo lugar estaba acompañado de toda la familia para decirle adiós antes de emigrar a Argentina, mientras en sus adentros pensaba que en el mundo no hay nada más bonito que Salamanca. 
 
 

¡AQUEL BESO EN EL PATIO CHICO!

Hace dos años, Miguel Ángel decidió adelantar la jubilación y venirse a vivir a Salamanca tras adquirir un piso en el centro. Miguel Ángel se había quedado prendado de la ciudad desde que la conoció en los años de la niñez. Natural del Barco de Ávila, tiempo después vino a estudiar COU al Fray Luis de León para continuar después cursando Magisterio y para siempre quedó la huella de Salamanca en su particular ADN.
Por eso, ahora que llega la Navidad para él son días de recuerdos, todos bajo el paraguas de Salamanca, la ciudad donde una noche tras cenar con los amigos para despedirse ante la llegada de las vacaciones navideñas, fueron a ‘Las Cavas del Champán’ y allí conoció a Marisa, de la que ya nunca se separó. Marisa fue su media naranja, compañera sentimental y con la que tanto gustaba pasear por Anaya y el Patio Chico, especialmente por este último lugar, donde se besaron por primera vez.
Ahora, cuando este maldito 2020 inicia su agonía y llega una extraña Navidad, Miguel Ángel pasea su tristeza por las calles de Salamanca ensimismado en el pensamiento a Marisa, su esposa, fallecida hace varios meses víctima de Covid. Ataviado con su bufanda, guantes de piel y sombrero, el domingo decidió volver a ese rincón de tantos recuerdos y, con pasos lentos, la mirada perdida, las manos entrelazadas hacía atrás (en estampa unamuniana) alcanzó la plaza de Anaya, dio la vuelta a las Catedrales y llegó al Patio Chico. Allí, en la soledad, se detuvo largo rato y embargado por la emoción, sus ojos se empañaron con lágrimas. Porque recordaba a Marisa en ese lugar tan mágico, donde se besaron por primera vez.

 

OH, LA LA! QUEL BEAU!

No hay nada con más orgullo para un salmantino que ser anfitrión de un forastero en la Plaza Mayor, la joya más emblemática que guarda el tesoro de la ciudad. En esta ocasión, acompañado de Philips y Jean, un par de amigos franceses, bajamos caminando por la encrucijada de las calles céntricas y mientras admiraban cada detalle de una ciudad que les impresionaba a cada paso, esperaba el momento de subir las escaleras del Ochavo para consumarse el encuentro con esa Plaza Mayor que es la postal de Salamanca y de la propia España.
El sol lucía con toda la fuerza del mediodía y en el momento de sentir la bendición de pisar por primera vez el ágora, el cinturón y la sala de estar de Salamanca, ambos hicieron un gesto cómplice de felicidad. “Oh, la la! Quel Beau!”. Exclamaron ellos mientras perdían la mirada entre el precioso juego de arcos, farolas, medallones… que conforman el artístico tejido de la Plaza Mayor.
Durante más de una hora caminamos alrededor de los cuatro pabellones que la conforman, dejando atrás los 88 arcos, observando los 247 balcones que miran a la Plaza, contemplando las 112 farolas. En el despacioso paseo también les llamó la atención los 56 medallones labrados y que aún quedan pendientes de ser labrados para perpetuar el recuerdo de algún destacado personaje.
Después, mientras detuvieron su mirada en el Pabellón del Ayuntamiento, Philips preguntó a qué se debía el vacío de varias hornacinas:
- El 30 de septiembre 1869, al producirse la revolución conocida como ‘La Gloriosa’, que mandó al exilio a la reina Isabel II, la masa enfervorecida derribó los bustos de sus abuelos, Carlos IV y de María Luisa de Parma. Y ahí siguen vacíos.
Philips y Jean no podían disimular su emoción tras descubrir ‘in situ’ el recinto charro y en cada sorpresa que descubrían en su camino volvía a decir: ““Oh, la la! Quel Beau!”.

EL VIEJO AVIADOR

Cuando llega diciembre, don Antonio saca a airear su viejo uniforme de coronel del Ejército del Aire para lucirlo el día del Loreto en Matacán y reencontrarse con antiguos compañeros en esa significada fecha, patrona de la Aviación.
Don Antonio, que se especializó como piloto de Transporte en Matacán volando los legendarios DC-3 que cada mañana surcaban los cielos de esta tierra, ya para siempre llevó dentro de sí a esta tierra, en la que se casó y se vino a residir una vez que pasó a la reserva, aunque con frecuentes viajes a su Valencia natal. Porque charra es su mujer y su hija, a la que bautizaron con el nombre de Loreto.
Salamanca ha sido el otro amor de su vida, junto a su mujer y el Ejército del Aire. Y desde que pisó por primera vez estas calles y respiró sus aires ya supo que formaría parte de su vida y así la reflejaba en su pasión por la fotografía. Porque casi todas las mañanas sale a pasar por la ciudad para inmortalizar la belleza monumental labrada en sus piedras. Y entonces, en muchas ocasiones, se emociona al ver volar sobre la ciudad los aviones de Matacán. Entonces, don Antonio, cierra los ojos y sueña que es ese jovencito que se formaba como piloto de transporte y ya para siempre llevó a Salamanca tatuada en el alma de sus sentimientos.

 

¡LA SALAMANCA PERDIDA!

El frío se hizo presente en Salamanca. Comenzaba diciembre y las heladas nocturnas teñían de blanco los tejados de la ciudad, mientras el termómetro apenas superaba los cero grados hasta bien entrada la mañana. Antes del mediodía y siempre buscando la caricia de los primeros soles, el inglés Steve Williams, profesor de Historia en un centro educativo situado en los suburbios de Londres, visitaba los principales monumentos. Steve había estado en la ciudad hacía treinta años. Entonces lo hizo influenciado por la lectura del ‘Estudiante de Salamanca’, el poemario de Espronceda, prometiendo volver para admirarla más despacio y disfrutarla sin prisas, como el beso de dos enamorados.
El regreso se veía cumplido para impregnarse de la monumentalidad de una ciudad tallada en esas piedras de Villamayor que al caer la tarde, los últimos rayos de sol la tiñen de oro. Parapetado de su cámara fotográfica aprovecha cada minuto que le regala el día, hasta que el final de la tarde caída, con el evidente cansancio, Steve Williams aseguraba que Salamanca era una de las ciudades más bellas del mundo. Un lugar donde siempre hay que sacar billete de vuelta.
-Señor Williams, sepa usted que ha admirado la tercera parte de la enorme monumentalidad que tuvo la ciudad. En la Guerra de la Independencia, que aquí también llamamos ‘la francesada’, se destruyó un importante legado de magníficos edificios que hoy serían una referencia artística, además de una parte de la muralla, junto al ingente expolio llevado a cabo por las tropas de Napoleón.
- ¡Resulta increíble! Más al verla ahora tan bien conservada –señaló Steve Williams-.
- Primero echaron abajo grandes edificios para crear sistemas defensivos con sus materiales. Después, en 1812, la explosión de un céntrico polvorín, provoca la pérdida de la zona donde se ubicaba el mejor barrio de la ciudad. Encima pudo ser aún peor, porque de explotar la ingente cantidad de pólvora almacenada en La Purísima hubiera acabado con este templo, además del vecino Palacio de Monterrey y de haber afectado a los lugares cercanos.
Resguardado en su gabán y protegidas sus manos con unos guantes, el inglés Steve Williams seguía maravillado de la magia que encerraba Salamanca.

 

LA SEGUNDA OPORTUNIDAD

Igor regresó a Salamanca y esa primera tarde, tras deshacer las maletas, la dedicó a caminar en la soledad del Barrio Antiguo. Sin rumbo definido sus pasos lo condujeron al Huerto de Calixto y Melibea, donde se sentó sobre un banco dejando perder su mirada sobre el Tormes y las amplias llanuras rotas por los horizontes montañosos de las sierras.
Ensimismado pensaba en aquel año vivido en el infierno y mostraba su gratitud sabedor que la vida le daba una segunda oportunidad y no quería perder ni un minuto. Ni dejarse llevar por las turbias torrenteras que, años atrás –el curso que estudiaba COU- estuvieron a punto de acabar con él tras quedar atrapado en los oscuros mundos de la droga.
Había transcurrido mucho tiempo de aquel episodio y ahora recordaba las cicatrices de su alma y la satisfacción encontrada al salir de ese oscuro pozo y venirse a Salamanca a estudiar Derecho. A esta ciudad donde encontró las mejores sendas y a la que ahora regresaba para iniciar una nueva etapa al lograr una plaza de funcionario. Era feliz, porque sabía que en Salamanca siempre encontró las respuestas a todas sus preguntas y en ella disfrutó de los mejores momentos de su existencia, los que la abrieron de par en par las puertas de una segunda oportunidad.
Y allí, en la tranquilidad del Huerto de Calixto y Melibea, un lugar donde siempre sintió respirar los aires de la paz y la felicidad rebobinaba la película de tantos momentos vividos. Porque Salamanca era la particular perla peregrina de su joyero.

 

UN FARO ENTRE LAS NIEBLAS

Las nieblas apenas dejan contemplar las torres de la ciudad. Pero esas mañanas también están rodeadas de encanto, dejándote llevar por la imaginación en la busca de un faro que alumbre para descubrir la belleza de las viejas piedras, guardianas de tantas memorias.
Antonio, prejubilado de banca y habitual paseante por las calles de la capital, decide buscar la soledad y marcha hasta Las Caballerizas, un lugar lleno de historia para aprovechar a leer los diarios. Caminando alcanza pronto la plaza de Anaya, pasa delante del Palacio de Anaya, antes de enfilar la calle Tostado y encontrar la puerta de entrada a Las Caballerizas, uno de los bares con más encanto de la ciudad. Un lugar rodeado de historia, con sus paredes abovedadas en ladrillo cara-vista.
Se sentó en una mesa, al lado de una pareja de portugueses, de mediana edad, quienes con la exquisita educación y en perfecto Castellano, le preguntan detalles de la historia del lugar.
- El edificio se construyó en el siglo XVII para albergar unas caballerizas –de ahí su nombre-, posteriormente se transforma en un trastero de la Escuela de Maestros. En tiempos de la Guerra Civil, cuando los aviones del ejército republicano volaban, amenazantes, sobre los cielos de Salamanca se convierte en refugio antibombas...
- ¿Y desde cuándo es bar?
- Desde 1970. Ese año se restaura el edificio y se transforma en esta curiosa cafetería. La apariencia se ha conservado tal cual era en sus orígenes, con su ladrillo visto y sus características bóvedas
Acomodado en la mesa, Antonio, permanece un buen rato en Las Caballerizas, alternando la lectura con otros momentos donde deja llevar la imaginación para admirar tantos encantos; mientras, unos clientes, la mayoría estudiantes, salen y otros entran para hacer un alto en las tareas universitarias. Porque realmente, Las Caballerizas es otro símbolo de la Salamanca universitaria, cuya esencia ha sido recogido por ilustres personalidades del ámbito cultural. Y en estos días, cuando el invierno muestra la peor de sus caras, es un faro que alumbra entre las nieblas.

 

LA BELLEZA ‘ENCHARCADA’

Llovía de hostigo aquella mañana de noviembre. Los cielos encapotados a casi nadie invitaban a salir de casa para pasear por la ciudad. María también prefería el resguardo del hogar y, de vez en cuando, asomarse a la ventana para observar las inclemencias del tiempo. La animé a salir.
- Prefiero quedarme. Ir a mojarse es de bobos.
- No. Anímate, coge el paraguas y vente conmigo. Vas a descubrir una estampa maravillosa de Salamanca.
- ¿Cuál?
- ¡Es una sorpresa!
Por fin ella se animó y salieron al encuentro de la calle La Rúa, despejada esa tarde. María caminaba, expectante, del brazo de Juan sin saber realmente dónde acudían, hasta que de pronto se detuvo, enfrente a La Casa de las Conchas, el lugar donde, majestuosas, las torres de La Clerecía se alzan a los cielos.
- María, ¡asómate a este charco!
Ella, tras las dudas iniciales, acabó mirandio detenidamente y trató de ver desde distintos ángulos las perspectivas de los cercanos monumentos reflejados en esa agua estancia.
- ¿Qué ves?
- ¡Qué maravilla! Nunca me había detenido en este detalle. Donde menos los imaginas, nuestra Salamanca enseña toda la su magia.
Continuaron caminando la calle adelante hasta alcanzar la Plaza de Anaya, uno de las joyas más admiradas del tesoro salmantino. Allí, María, tras pararse bajo la lluvia de hostigo que no dejaba de arreciar, indicó a Juan.
- Jamás pude pensar que la Catedral podría verse de esa forma tan maravillosa. Muchas gracias por enseñarme a querer Salamanca en estos días cuando toda la gente se queda en casa. ¡Salamanca es hermosa la mires por donde la mires! ¡Hasta encharcada!

 

LLEGARON LAS TURRONERAS

 
Agoniza noviembre, el dichoso mes que comienza con Los Santos y finaliza por San Andrés, ya con la Navidad anunciando su llegada. Luces de colores y guirnaldas iluminan desde hace días las calles de Salamanca anunciando que esas entrañables fechas están ahí. Tiempo de sueños en las loterías de Navidad y El Niño, tras depositar la suerte en los décimos de la ilusión para cambiar el sino de la fortuna. Y siempre de turrones, de villancicos, de regalos, de buenos deseos.  
Salamanca, además, siempre da la bienvenida a estas fechas con la llegada de las turroneras de Las Alberca, que forman una estampa tradicional en los Portales de San Antonio. Desde hace más de un siglo, la llegada de las turroneras (tradición heredada por generaciones de las mismas familias) es el primer movimiento que alza el telón de Navidad. Mientras, los salmantinos acuden al reclamo de su exquisito turrón (nada que ver con los llegados de Jijona) y demás productos elaborados con tanto mimo.
Por eso, ahora que llega San Andrés para decir adiós al dichoso noviembre, bien vale una visita a los Portales de San Antonio para empezar a familiarizarse con estas fechas que siempre han estado marcadas por la alegría. Y de paso consumir un producto tan charro como el turrón de La Alberca. 
 

EL MEDALLÓN PICADO

Salí de casa aún pronto, pero ya con primeras sombras presentes, porque a estas alturas de noviembre los días apenas dan de sí. Llegué a la Plaza Mayor, cruce de los caminos salmanticenses y paseando cerca del arco que comunica con la calle Prior observé a unas personas detenidas ante el vacío existente en un medallón.
Me paro y escucho cómo uno de ellos explica al resto el significado.
- Estaba dedicado a Manuel Godoy, aquel fanfarrón extremeño que se hacía llamar Príncipe de la Paz y no fue más que otro siniestro personaje de nuestra historia después de medrar durante años a la sombra del poder, sin otro mérito que la fuerza de su ‘bragueta’, gracias al largo romance que mantuvo con la reina María Luisa, esposa de Carlos IV.
Entonces doy media vuelta para continuar sobre mis pasos y pienso en que aquel Godoy, quien como ha ocurrido tantas veces con los vencedores y los manipuladores, escribió la historia a su manera, fue también un hombre vinculado a Salamanca, principalmente por su amistad con el afrancesado Juan Menéndez Valdés, catedrático de esta Universidad y autor de ‘La Flor del Zurguén’. Además de Menéndez Valdés también frecuentó otros amigos en el mundo del arte y las letras, a quienes favorece. Eso hizo que siempre fuera un hombre cercano a la Ilustración y enfrentado a la Inquisición. Sin embargo para una mayoría del pueblo no era más que traidor aprovechado del poder.
Su medallón fue colocado el 25 de agosto de 1806, con las bendiciones de Meléndez Valdés, quien presencia el acto desde el balcón de su casa –alquilada a la Universidad-, acompañado de su mujer, la salmantina María Andrea de Coca. Sin embargo, los muchos detractores de Godoy, reticentes a ese homenaje perpetuo, en el mismo día de la inauguración protestan de manera ruidosa e incluso embardunan el medallón arrojándole pintura.
El medallón no llega a permanecer dos años, porque el 22 de marzo de 1808, los estudiantes exigen al Gobernador que sea eliminado y éste, para evitar desórdenes públicos, lo acepta. Ese mismo día de la rúbrica unos ‘voluntarios’ decirle picarlo a cincel para no dejar rastro de un personaje que se hizo llamar Príncipe de la Paz y no fue más que otro siniestro personaje de nuestra historia.

 

SUCEDIÓ EN LA PLAZA DE ANAYA

Son las 10 de la mañana del mes de noviembre. Loreto, con una botella de champán en una mano y dos copas de plástico en la otra, se sienta feliz en lo más alto de la escalinata de la Plaza de Anaya. En el azul de sus ojos caben los jardines y la Catedral entera. Respira hondo, coloca la botella y las dos copas a su lado y observa a su alrededor como algunos transeúntes la miran como si estuviera loca. Loreto rompe a reír, feliz, alegre, llena de vida.
Ha sido un largo y duro viaje en el tiempo quien la ha devuelto esta fría mañana a contemplar la bella estampa que le regala su ciudad.
Otro noviembre de hace ya dos años -Loreto no recuerda exactamente el día ni cómo apareció en aquel lugar- lloraba desconsolada. Recuerda haber salido del hospital, cuando tras ir a recoger los resultados de unas pruebas rutinarias sin aparente importancia, el mundo se le cayó encima al diagnosticarle un cáncer de mama. Solamente recuerda haber salido aturdida y subirse al primer autobús que pasó por la parada y nada más. Solo sabe que de alguna manera 'milagrosa' apareció en aquel mismo peldaño que hoy ocupa con una botella de champan. Aquel día, en la escalinata de Anaya, con sus brazos sobre las rodillas y su cabeza hundida en ellos, lloraba y lloraba sin consuelo.
Una de las veces que levanto su cabeza para buscar un pañuelo en su bolso, se percató de que a su lado se había sentado un vagabundo. Loreto ni se inmutó y siguió hundida en su llanto.
Al rato, el hombre, de unos sesenta años, tocó su hombro y con ternura le preguntó:
- ¿Puedo ayudarte en algo?
- Déjame en paz -exclamó Loreto -.
El hombre siguió a su lado hasta que al rato rompió el silencio y mirando al frente dijo:
-No entiendo que estés ahí llorando en vez de contemplar la belleza que te rodea en esta plaza. Mucho llorar, pero a la legua se ve que eres una insensible.
Loreto, llena de ira, levantó la cabeza y con su rostro bañado en lágrimas, le gritó en su cara:
-¿Insensible yo? ¡Y tú eres un pedazo de imbécil! ¡¿Qué sabes tú de mi vida?! Me acaban de diagnosticar un cáncer, no sé como decírselo a mi marido y a mis niños, me voy a quedar calva, me voy a morir... y tú... ¡¿tú me hablas de sensibilidad? pedazo de cretino!
El hombre sonrió con ternura y le dijo:
-¡Has dejado de llorar! Ah, y el pelo crece, pero la cobardía no la quita la quimioterapia.
Loreto metió la mano en el bolso de sus vaqueros y sacó un billete de 20 euros que introdujo en el bolso de la americana de pana raída y mugrienta del hombre mientras le espetaba:
-Sí, muy bien, ya no lloro, ya me has curado, toma 20 euros y desaparece de mi vista.- y volvió a hundir su cabeza entre sus brazos.
El hombre siguió pacientemente a su lado en silencio mientras estrujaba el billete entre sus manos como si de un papel inservible se tratara y lo arrojó al suelo delante de ella.
-Encima de llorona eres una cobarde egoísta. ¡Mírate, ahí llorando, entregándote a tu suerte, sin apreciar lo que te rodea y sin un ápice de intención de lucha por los que te quieren! ¿Esa es la imagen que vas a darle a tu familia? ¿La de una llorona cobarde que se va a dejar ganar la partida?
Por primera vez Loreto mira al hombre con sus preciosos ojos azules mientras él sigue con la mirada fija, como eclipsado, hacia la Catedral:
-Si quieres podemos entrar ahí y gastarnos ese billete en velas para pedir por tu curación.
-Ahora no creo en Dios. Es más, por mi se puede caer la Catedral ahora mismo.
-¡Qué insensata eres! -le respondió él con toda la calma del mundo. No tienes ni idea de las veces que me ha resguardado de las tormentas; de las del cielo y de las del alma.
¡Dios le da las peores batallas a sus mejores soldados. Ahora te toca luchar!
-No recuerdo haberme enrolado en su ejército. -Por primera vez una leve sonrisa asomó a los labios de Loreto-
- ¡¿Saldré de esta?! le preguntó ella con mirada inocente.
Él se levantó y, en silencio, tendió su mano para ayudarla a levantarse.
-Recoge tu billete y ven, te mostraré algo.
Ambos descienden la escalinata y caminan hacia la Catedral en silencio. Cuando han subido los peldaños de la entrada, él se para frente a ella y la agarra por los hombros de manera paternal. Mira, cara de ángel, mira bien a tu alrededor. ¿Qué ves?
-Uno de los sitios favoritos de mi ciudad al que no sé cómo he llegado esta mañana.
-No, no, -dijo el hombre- Mira hacia la escalinata de Anaya, donde hemos permanecido sentados casi cuatro horas.
-¡¿Tanto?! -exclamó ella mirando asustada el reloj
-Sí, pero no te preocupes del tiempo ahora. ¿Qué ves ahora en aquella escalera?
-Nada anormal -dijo ella- Está cómo siempre.
-No, hace cuatro horas estabas allí llorando y hundida, ahora al menos has sonreído un par de veces. Aquellas escaleras hoy alcanza un significado especial en tu vida y en la mía. Ni tú ni yo volveremos a verlas de la misma manera nunca. Somos nosotros quienes damos vida a las piedras y son ellas las que nos lo recuerdan.
Hoy has abierto un círculo en las escalinatas del Palacio de Anaya que será duro cerrar. La muerte vive enamorada de la vida y siempre acaba llevándosela pero ya estamos en la escalera de enfrente driblando el primer envite.
Yo paso las mañanas aquí, vivo en la calle como bien has observado. Si durante el tratamiento necesitas un hombro donde llorar, ven a verme, pero jamás des imagen de cobardía. ¡Ven a llorar a mi casa, la Plaza de Anaya, y con cada batalla que ganes nos sentaremos un peldaño más abajo, si ese día llueve te recibiré en el salón de mi casa, que no es otro que el interior de la Catedral! Soy como dicen ahora los cursis un 'homeless' pero mis palacios nada tienen que envidiar a los de los reyes.
Debo marcharme -dijo Loreto- ¡Por favor, quédate con los 20 euros y tómate un café por el frío que has pasado acompañándome y gracias por darme fuerza para la lucha!
- No -rehusó él- guarda tu billete y el día que te cures compra con él una botella de champan y brindaremos en el peldaño donde hoy lloraste.
-¡Gracias por todo... no me has dicho tu nombre!
-Ni tú a mí el tuyo.
-Me llamo Loreto ¿y tú?
-No lo recuerdo
-Te llamaré Ángel.

Dos años después y sentada al fin en lo más alto, Loreto descubre que Ángel la ha visto y se dirige a la escalinata, cojea bastante y camina con dificultad. Loreto se levanta y baja corriendo las escaleras para tenderle la mano y ayudarle a subir.
- ¡Hoy subimos otra vez a las alturas después de habernos sentado en tantos peldaños más abajo. Llegué a pensar que nos sentaríamos en el suelo de tanto bajar. Cuánto he soñado con este día!-exclama él con lágrimas en los ojos- te ves bella y con un pelo precioso.
-Vamos a brindar
-¿Te has dado cuenta de una cosa? Hace dos años te tendí mi mano para ayudarte a descender esta escalera y hoy eres tú la que me has ayudado a subirla pero la belleza de esta Plaza de Anaya, testigo de nuestra historia, sigue igual que aquel día.
-Hoy hemos cerrado el círculo.
-¡Por nosotros!
-¡Por la vida!

 

 

EL VITI, SEÑOR Y MAESTRO

La sobremesa invitaba a pasear y emprendí mis pasos hacía la antigua carretera de Zamora. Me atraía perderme por los alrededores de la plaza de toros de La Glorieta y dejar perder la imaginación en un lugar marcado por los recuerdos y las vivencias. ¡Tantas ferias de septiembre!
Encaminado el Paseo de Torres Villarroel adelante llegué rápido, dejando atrás el espectáculo de las hojas volanderas que van y vienen alocadamente en cada soplo de aire. Adentrándome en el paseo central de la explanada y frente a la puerta grande de los triunfos, la Puerta del Toro, emociona el recuerdo en bronce de Santiago Martín ‘El Viti’. De un maestro de la Tauromaquia que escribió su nombre con letras de grandeza. Salmantino universal y símbolo de España, es el torero más representativo de la vieja Castilla y quien más alto voló en el planeta de la Fiesta, siempre apegado a su querida Salamanca, de la que fue un escaparate por todo el mundo.
Observar la escultura firmada por la artista Narcisa Vicente, es el saludo simbólico a tan gran maestro y a un señor. A un auténtico caballero, de quien hace gala de un señorío innato y una bonhomía que lo ha convertido en un hombre tan querido por todos los estamentos de la sociedad. Porque decir El Viti es sinónimo de señorío.
Orgulloso del paisanaje lo contemplo largo rato, con su mirada marcada por ese rostro serio que fue otro de sus sellos de identidad. Entonces cierro los ojos para rebobinar la película de la vida y volver a sentir esos momentos que le gritaban “¡torero-torero!”. Y en la abarrotada Glorieta aplaudían emocionados al arte de tan gran señor, escuchándose los ecos hasta los últimos confines de la ciudad.

 

LA TORRE DEL GALLO

Desde que cursó sus estudios de Historia en la Universidad de Salamanca, Germán, siempre aprovechaba para volver a la ciudad donde pasó los mejores años de su vida en cuanto se le presentaba la ocasión, mayormente suele hacerlo por Semana Santa, en el esplendor de la primavera y cuando muestra una de sus caras más bonitas.
En esta ocasión fue diferente. Lo hizo a final de verano y acompañado de Macarena, su nuevo amor, para volver a respirar los aires de la ciudad por esas calles que le impregnaron tanta sabiduría volvió. Pasearon por el Barrio Antiguo y después de maravillarse con la fachada de la Universidad, visitar la Catedral y subir a sus torres, quedar cautivar por los tesoros de la Casa Lis o sentir volar la imaginación en el Huerto de Calixto y Melibea acabaron en el Patio Chico.
Macarena, que era sevillana y era la primera vez que visitaba Salamanca, no pudo ocultar la emoción al detenerse en ese lugar:
- Germán, si alguien me dice que le dibuje el cielo no sería capaz de pintar algo más hermoso. ¡No he conocido más arte jamás!
Germán le explicó la magia de ese Patio Chico donde se abrazan las dos catedrales en uno de los rincones más bellos de la ciudad. Mientras le explicaba, algo la atención de ella y admirada preguntó, encontrando rápida respuesta.
- ¡Es la Torre del Gallo y pertenece a la Catedral Vieja. Se trata de uno de los cimborrios más bellos del románico. La decoración exterior de forma escamada es muy curiosa y difícil de rastrear en la Historia del Arte.
- ¿A qué se debe ese nombre?
- Existen dos versiones: unos piensan que por el gallo de la veleta y otros por la disposición del tejado que representa las escamas de un gallo.
Macarena seguía contemplando tanta belleza, mientras acariciaba con su mano la de Germán, antes de buscarse los labios de ambos para fundirse en un apasionado beso.

 

 MAÑANA DE NIEBLA, TARDE DE PASEO

Invitaba la tarde otoñal a salir a pasear por los alrededores de la ciudad y nada más hermoso que perderse en la magia del Paseo Fluvial. En el mejor lugar para disfrutar de ese río Tormes que riega Salamanca, la embellece y es el espejo para que el Alto Soto de Torres unamuniano se refleje en sus aguas. Era un regalo esa tarde, porque la mañana, melancólica y triste, apareció nublada y únicamente invitaba a seguir en casa para acabar de leer la última novedad literaria que recrea uno de los más hermosos episodios de solidaridad protagonizados por el pueblo de Salamanca.
Pero, como si de un milagro se tratase, poco después del mediodía los cielos abrieron de par en par, limpios de nubes, para mostrar la maravilla de su color azul que invitaba a pasear, a salir de casa, a respirar los aires de esta estación tan hermosa, la que pide poetas, a escuchar el canto de los pájaros y disfrutar con los patos que surcan, silenciosamente, las aguas del río.
Era el más bello espectáculo, todo envuelto en la magia de esta estación que nos regaló una mañana de niebla que dio la bienvenida a una tarde de paseo.

SALAMANCA ESTÁ DONDE DEBE ESTAR

Jacques y Christine llegaron a Salamanca a final de la tarde. Sonrientes y felices, aunque cansados del largo viaje desde París, aparcaron su coche delante de la puerta del hotel, al que fueron ‘guiados’ por el GPS. Descendieron del vehículo y antes de acceder estiraron las piernas, mientras fumaban un cigarrillo de la marca ‘Gitanes’, dejando perder su mirada sobre los cielos de Salamanca, que ya en ese momento mostraban la magia de colores que cada día regala el crepúsculo y envuelve a la cuidad entre dos luces. Desde hacía tiempo, el viaje a Salamanca era uno de sus objetivos, porque esta ciudad, de la que tanto había leído y visualizado a través de numerosos reportajes, les encantaba.
Enseguida entraron el hotel. Ambos chapurreaban el español y entablaron una conversación con el recepcionista, quien les contó que antes de venir a Salamanca trabajó en un hotel de la Costa Azul, además de proporcionarle diferentes mapas y catálogos de los principales monumentos de la ciudad, con el fin de poder realizar sus planes de visita durante los 5 días que tenían previsto permanecer.
Mientras dialogaban con el responsable del hotel, Christine dijo:
- Os, Salamanca es muy bonita, pero está tan lejos. ¡Llevamos todo el día en el coche!
- No, madame, Salamanca no está lejos. ¡Salamanca está donde debe estar! Lo que está lejos es París.

EL REFLEJO DE La luna llena

Era la tercera noche de noviembre y la luna llena reflejaba toda su belleza sobre un charco. Carmen la observaba, maravillada, mientras esperaba su cita con Ricardo. Protegida en su abrigo que esa misma tarde había sacado del armario, porque los fríos ya habían anunciado su llegada, la soledad era la protagonista de la ciudad, alejada del bullicio festivo y con los tunos, que siempre alegraban con sus tradicionales canciones a turistas y nativos, permanecían encerradas en sus hogares.

Tras tomar algo en el Café Novelty y sacarse unas fotos con la escultura de Torrente Ballester, decidieron abandonar la Plaza mayor, sin un destino fijado y, dejándose llevar a través de la calle La Rúa, caminaron hasta la Plaza de Anaya, aprovechando que había escampado. Lo hicieron con andares lentos y disfrutando de cada momento; al fondo, la torre de la Catedral Vieja les invitaba a acercarse a ella. Iluminada, bajo la noche clara que regala la luna llena, a nadie dejaba indiferente su belleza, a la que llegaron en breves momentos y después de caminar alrededor de Anaya, en medio del espectáculo de la Catedrales, decidieron reposar en las escaleras del Palacio de Anaya, delante de las cuatro columnas jónicas que sujetan el frontón triangular del histórico edificio

Frío y mojado el granito después de un día tan frío disfrutaron del lugar dejándose llevar por la luna, que jugaba entre unas nubes, hasta que desapareció de sus ojos. Los dos eran felices ante aquel inesperado reencuentro en una ciudad que dejó grabada en sus vidas tantos recuerdos, muchos de ellos compartidos en una época feliz. Aquel rincón, rodeados de la paz sirvió para desenrollar la madeja de la vida.

Al rato, con sus manos entrelazadas, prestos para volver al centro se besaron con pasión; entonces hasta la luna volvió a aparecer entre las nubes para disfrutar de tan bello espectáculo.

 

LOS LATIDOS DE SALAMANCA

Te siento, ¡Salamanca! Deseo volver a encontrarte con la misma pasión que lo haría el soldado que regresa, tanto tiempo después, al encuentro de su amada; e invitar a los peregrinos que, fascinados, te atraviesan su corazón por el viejo camino que lleva al encuentro del Jubileo en Compostela. Esta lacra del Covid nos ha distanciado, pero nunca separado de ese lugar para vivir y soñar, para maravillarse. Toda tú eres una postal para disfrutarla en un marco de cristal. Y esos tesoros gastronómicos con el aperitivo de una tapa de jeta a La Viga, unas sardinas en La Fresa; un pincho de barbada al Berysa, de champiñón en Las Cubas antes de ir a comer Casa Paca, santuario de la gastronomía que da la bienvenida con el abrazo amigo de Germán.
Desde allí de nuevo a la Plaza Mayor, porque a cualquier hora y sin maquillar te regala lo mejor, para ennoblecerse en paz, con los soles primaverales iluminantes del rostro, en una distendida tertulia dentro de una ambiente cosmopolita. Y desde la Plaza cualquier rincón te vuelve a obsequiar con la grandeza de esa Salamanca, escrito gracias al legado de sus grandes hombres, al igual que el de sus piedras. Esa Salamanca que nunca muere y, con el paso de los años, muchas veces se mantiene con esos ‘entre visillos’, el título de la obra que lanzó a la fama a Carmen Martín Gaite tras esa infancia y juventud inspirada en su casa de Los Bandos. Y muy cerca, en la plaza del Liceo, el último charro universal, Vicente del Bosque, esculpido en bronce, para rememorar a quien hizo feliz a nuestra España en un momento tan necesitado de alegrías. Ese Vicente, ha sido un espejo y ahora, esta sociedad, ya pide otro Del Bosque ante la época tan dura que vivimos.

¡CÁNTANOS, RAFAEL!

Los sones de ‘Mi Salamanca’ –de la Salamanca que tanto amaba Rafael Farina- era la alegría de un pueblo. La nostalgia del emigrante que sentía en su corazón los latidos de su tierra en los conciertos que ofrecía por los escenarios de todo el mundo, porque sus letras y sus sones eran piropo a la tierra charra. Hoy, tantos años después de su partida, siguen vigentes, porque jamás pasará de moda quien nació para cantar a su tierra. Y ahora, con las calles semivacías de la ciudad, con varios sectores inmersos en momentos críticos, es un buen momento para volver a recordarlo.
Para recordar a una estrella de la que pronto hará 25 años de su adiós, de la despedida de un charro universal que fue enterrado en una mañana de noviembre y todos los paisanos salieron a la calle para decirle adiós. Para tributar sus respetos a aquel genio gitano y decirle adió en una mañana llorosa y triste
Hoy, cuando corren tiempos de incertidumbre y de la melancolía, es un buen día para volver a escuchar ‘Mi Salamanca’. Y pedir que nos vuelva a cantar este gitanito charro que alcanzó honores universales. Y que tan orgulloso, fue por el mundo entero aireando la bandera de su tierra.

 

SALAMANCA VOLVERÁ A SONREÍR

Tus calles, querida Salamanca, volverán a ser un hervidero de gente transmisora de alegría. De jóvenes que van o vienen a las Facultades o institutos; de jubilados que buscan el encuentro con la Plaza Mayor o de gente ociosa que se deja llevar por tus encantos. Como si fuera una barca a merced de las corrientes.
¡No hay ciudad más hermosa que Salamanca! Ni más coqueta y que invite tanto a la alegría con el aura de sus viejas piedras envuelto en magia. Y en la solemnidad adquirida al cabo de los siglos en unas calles que vieron pasar a tantas celebridades. Y muchas de ellas contribuir con su legado a la grandeza de la ciudad.
Porque en el Barrio Antiguo, por momentos, hasta tienes la sensación de darte de bruces con la estampa jorobada de don Miguel de Unamuno, que tanta sabiduría nos regaló.
Hoy la soledad que la envuelve pronto quedará archivada y volverán a abrirse todas las puertas de infinidad de negocios, hoy cerradas, para que la querida Salamanca vuelva a ser un hervidero de gente transmisora de alegría.

 

EL CHARRO, UN HÉROE DEL PUEBLO

-¿Qué plan quieres para hoy? –inquirió Rubén.
- Me apetece mucho pasear por la ciudad y conocer los efectos que perduran de La Francesada. –Sugirió Charly-.
- Si, muy interesante. En esta ciudad permanecen numerosos restos de aquella Guerra de la Independencia. Fue una pena, porque destruyó la tercera parte de la monumentalidad, además de saquear numerosos tesoros y bienes. Hay documentos que indican que llegó a hacer largas caravanas de carros cargadas de tesoros hacía Francia.
-¡La vida dio don Julián Sánchez ‘El Charro’ y sus tropas montadas! De no se existir aún hubieran esquilmado más.
- Si, aquel Charro fue el más valiente de todos, de hecho muchos paisanos quería luchar contra los galos bajo su mando. En su esplendor los franceses vivían atemorizados, casi ni se atrevían a pasar por Salamanca para evitar ser sorprendidos por don Julián y sus hombres. Todo francés que se enfrentaba a él, bien caía muerto o era hecho prisionero.
-¿Sabes la anécdota de cuando le robaron el caballo?
-No, ¡cuéntamela!
- En cierta ocasión perdió su caballo en un enfrentamiento y fue requisado por los franceses. Desde aquel día montaba sobre él, altivo y soberbio, el mismísimo general Dorsenne, que gustaba pasar revista a sus tropas sobre su cabalgadura, por la zona del Puente Romano y aledaños. Entonces, un domingo se presentó de incognito El Charro y, oculto entre la muchedumbre, mientras paseaba el general gabacho por la Ribera del Puente, salió de la gente como un rayo, recuperó a su caballo, se montó en él y salió tan velozmente que ningún francés pudo ser capaz de capturarlo.

 

MAÑANA DE NIEBLA, TARDE DE PASEO

Isabel hoy se levantó con el pie izquierdo y su estado de ánimo, aunque no sabe el motivo, es el de estar contra el mundo. A todos nos ha pasado eso alguna vez.
Cuando abre el portal de su casa, como cada mañana, con puntualidad inglesa a las 8:00 en punto, un halo de niebla envuelve la calle. Isabel, vive en la zona antigua y debe cruzar todo el casco histórico hasta alcanzar la Avenida de Mirat para abrir su negocio no sin antes desayunar en la cafetería ‘Toscano’, una rutina que durante años ha convertido en uno de los mayores placeres del día a la que por nada del mundo está dispuesta a renunciar.
Prefiere dejar para más tarde los tormentos que lleva en la cabeza y disfrutar de su trayecto a pie. La niebla lo envuelve todo, es un telón de seda que difumina las catedrales y desdibuja la precisión de las tallas que hacen de ellas un joyero a pie de calle.
A Isabel, desde que era una niña, siempre le fascinó la niebla y soñar que la calle de La Rúa era una inmensa pasarela cubierta de seda donde la niebla solo se abría a su paso, concediéndole ese poder solo a ella hasta que, por arte de magia, un inmenso arco se abre ante sus ojos y le da acceso al escenario más bello que tiene la ciudad: la Plaza Mayor. ¡Ningún empresario teatral fue capaz de soñar jamás un telón tan bello sobre un decorado tan maravilloso!
La luz de sus farolas, lejos de despejar la niebla la atrae como un imán convirtiéndolas en potentes bolas blancas cuan candilejas del escenario mientras desde los medallones de los arcos observan su paso por el imponente escenario, tallados en piedra dorada, reyes, escritores... y hasta el mismísimo arquitecto del ágora más bello del mundo.
Isabel sube por la calle Zamora hasta su destino, quedan unas largas horas en las que la niebla jugará su particular pulso con el sol. Gane quien gane, los salmantinos siempre saldrán ganando porque sea cual fuere el fenómeno meteorológico que la visite, a Salamanca, todos la embellecen.
Antes de acceder al ‘Toscano’, Isabel se acerca hasta el kiosco para adquirir la prensa del día.
- Buenos días, Isabel. ¡Vaya niebla hace hoy! Saluda el kioskero.
- Ya sabes - le responde con un giño ella- mañana de niebla, tarde de paseo.
Antes de acceder a la cafetería, echa un vistazo al cielo, todo apunta a que ganará el pulso el sol, se levantará el telón y Salamanca lucirá una fría tarde vestida de oro y sueños.
Tengan ustedes un gran día.

 

SALAMANCA, QUE ENHECHIZA…

Nuria ha roto con su vida en San Sebastián. Un desengaño amoroso ha sido el detonante para trasladarse a Salamanca aprovechando una oferta en un estudio jurídico donde ejercerá la abogacía. Aunque falta una semana para incorporarse a su nuevo trabajo, ha venido con tiempo para instalarse en una casa que ha alquilado en la Avenida de Alemania y volver a tomar contacto con una ciudad tan familiar para ella, ya que en su Viejo Estudio cursó Derecho, hace ya ocho años.
Esta tarde ha quedado con una vieja amiga de la carrera para tomar un café en el Novelty y sale paseando un par de horas antes de la cita. Al llegar a la Gran Vía, los recuerdos de su época de estudiante se agolpan en su mente. Llega hasta la plaza del Mercado Central y accede por las escaleras de ‘Ochavo’ hasta la Plaza Mayor. A cada peldaño que sube se le acelera el corazón, cuando alcanza el último y levanta la vista queda paralizada y una frase de Unamuno asalta su mente: "Decíamos ayer..."
Una lágrima rueda por las mejillas de Nuria; tiene la sensación de encontrarse en su casa, le resulta tan familiar que es como si la hubiera paseado el día anterior, como si nunca se hubiera ido de esta ciudad que la enamoró de estudiante. Decide cruzarla en diagonal y al llegar al centro del ágora no puede evitar recordar como muchas noches de juerga estudiantil terminaban ahí, tumbándose boca arriba, para tratar de ver los cuatro lados de la Plaza a la vez y se le escapa una sonrisa victoriosa, ella sabe que sí se puede. Decide hacer tiempo en el encuentro de su amiga y se acerca hasta el Palacio de Monterrey y desde allí sube por la Calle de la Compañía, que siempre le pareció la más bella de la ciudad y recuerda que cuando las cosas no le iban muy bien, cruzarla en una dirección u otra siempre la reconciliaba con el mundo.
Mientras tanta siente cómo la felicidad se vuelve a instalar en ella al regresar a esa Salamanca que marcó su vida, sin dejar de maravillarse ante la belleza que guarda. Entonces rememora al cervantino licenciado Vidriera: "Salamanca, que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”.

LOS ‘LIMPIAS’ VUELVEN A BRILLAR

En las viejas fotos de la Plaza Mayor, coloreadas por el sepia que trae el paso del tiempo, aparece la inconfundible estampa de los limpiabotas, los limpias que dice la gente. De los lustradores de calzado que formaban parte de la estampa de la ciudad, con su mundo laboral reducido a su pequeño cajón de cepillos y betunes. Limpias ataviados de negro, o con guayabera blanca y el peine el bolsillo de la camisa
Los limpias eran una especie de observadores sociales conocedores de todos los chismes y confidentes de mucha gente. Eso también le posibilitó a bastantes de ellos abrirse camino en otros menesteres, especialmente en el de mozo de espadas; de este gremio salió Zamorita –fiel a Emilio Ortuño ‘Jumillano’-, Andrés ‘El Grabao’ –con El Niño de la Capea- o El Sera –con Víctor Manuel Martín-.
Desaparecido el oficio durante años, los últimos que laboraban fueron Pepe, con sus betunes en la cafetería Plus Ultra y lustraba generalmente a la ‘cuernocracia’ (como denominaba Unamuno al gremio de los ganaderos de bravo); Miguel, en el Toscano, donde entre servicio y servicio se distraía durante horas leyendo novelas de Marcial Lafuente Estefanía y el más veterano de todos, Tomas Rivas, al reclamo de “¡brillo!”, en el arco situado enfrente de Las Torres y presumía de haber lustrado a Alfonso XIII, a Franco y a Millán Astray, entre otros.
Sin embargo, cuando todo indicaba que ese oficio estaba enterrado ha vuelto a renacer. Y lo ha hecho con un protagonista singular, con Poli Benito, que hace tiempo colgó el esportón sus ilusiones toreras –en sus años mozos apuntó magníficas maneras- para ganarse la vida como lustrador. Labora por El Plus Ultra, el Casino (Palacio Figueroa) asomándose también a ese cruce de todos los caminos que es la Plaza Mayor en la zona del arco que comunica con la calle Concejo. Allí Poli Benito, que además es un filósofo de la vida, lustra con arte a quien requiere sus servicios, siempre con su educación y saber estar.
Porque Poli Benito es todo un personaje que ha vuelto a dar luz al viejo oficio de limpia, con tanta inspiración literaria que sirvió para que Galdós, Cela, Pérez Reverte… escribieran algunas de sus mejores páginas.

 

ESOS LOCOS EN SUS VIEJOS CACHARROS

La mañana otoñal invitaba a la melancolía; mientras, Sara y Guillermo viajaban en el taxi desde el hotel hasta la estación del tren para tomar el Alvia de regreso a Madrid y allí enlazar con el AVE a Valencia, recordaban momentos vividos en ese fin de semana disfrutado en Salamanca, ciudad a la que acudieron para visitar el Museo de la Historia de la Automoción.
Guillermo era un amante del mundo del motor; de hecho era administrador de varias páginas creadas en las redes sociales como recuerdo nostálgico de desaparecidas marcas de vehículos, afición que le había contagiado a Sara, su esposa, que ya era copartícipe de la pasión por los vehículos.
La tarde de la llegada pasearon por la Plaza Mayor, emocionados ante esa joya del barroco, antes de emprender sus pasos por la calle La Rúa hasta Anaya pare deleitar el espectáculo de las Catedrales. Después regresaron, porque llegaba la hora de cenar y tenían hecha reserva en El Río de la Plata, un templo gastronómico del que tanto le había hablado y al que llegaron también por sugerencia de Adrián Campos, el antiguo piloto valenciano de Fórmula-1 e íntimo amigo de Guillermo.
Salamanca invitaba a más, pero quedaba por delante el motivo de su viaje, la visita al Museo de la Historia de Automoción, que en estas fechas además muestra una exposición denominada ‘Aquellos felices años 20’, con varias joyas de esa época. Con la emoción de llegar al lugar de sus sueños, accedieron a la entrada y hablaron con la persona que les dio la bienvenida en la recepción, a quien miraron como si fuera el mismo San Pedro, por la sencilla razón que tenían la seguridad de estar en los cielos. Y pasaron a las diferentes salas sin perder detalle, fijándose en cada muestra y emocionados de contemplar diferentes reliquias, entre ellas los Hispano Suiza, símbolo de distinción de los vehículos españoles. A pesar de aprovechar totalmente el sábado, en los horarios de mañana y tarde, se le hizo corta al estancia. Por eso, al decir adiós tenían presente que volverían pronto volverían a la ciudad para disfrutar de nuevo del Museo de la Historia de Automoción.
Porque era otra joya de ese inmenso cofre monumental de Salamanca, de la que Sara y Guillermo se despidieron aquella mañana otoñal que invitaba a la melancolía.

 

 

¿HACIA DÓNDE APUNTA COLÓN?

¿Sabéis que Salamanca fue fundamental en el Descubrimiento de América? Pues sí, sin su paso por Salamanca seguro que jamás hubiera emprendido aquel viaje que acabaría en un Nuevo Mundo.
En estos tiempos, con tantas voces interesas en cambiar el sino de la historia es un buen momento para recordar su paso por nuestra ciudad, a la que arriba el navegante en el año 1.486. Lo hace con la finalidad de encontrar ayuda para hacer posible su anhelado viaje a Las Indias, consciente de estar ante el último filón al que aferrarse. Desahuciado su proyecto por la Corona portuguesa, llega para visitar a Fray Diego Daza, el dominico toresano confesor de la reina Isabel de Católica, al que convence para encontrar financiación a su proyecto después de haber demostrado que la tierra era redonda y por tanto, era posible alcanzar las Indias por una ruta diferente. En Salamanca quedan rubricados aquellos históricos momentos que prendieron la mecha del Descubrimiento y, hoy, para conocerlos, es imprescindible acudir al lugar de estancia del navegante, el convento de San Esteban, y en él visitar el majestuoso claustro que lleva su nombre para impregnarse de esas jornadas que, pocos años más tarde, cambian el rumbo de la humanidad.
Cerca del majestuoso convento de San Esteban, Salamanca nos regala un sobrio monumento a Cristóbal Colón, situado en la plaza que da nombre al histórico marino y en uno de los rincones más hermosos de la capital. Es obra del escultor zamorano Eduardo Barrón González e inaugurado el 9 de septiembre de 1893. Tras su inauguración, la ironía popular comenzó a chascarrillear con sarcasmo sobre su postura, al apuntar con su dedo índice a oriente y por tanto en dirección contraria al lejano lugar que pretendía llegar, de ahí que las gentes dijeran:
¿Hacia dónde apunta Colón?
A la calle de Pan y Carbón.
También, al lado de la capital, en la finca Valcuevo, a escasos diez kilómetros, aguas del Tormes abajo, se encuentra el paraje donde fue recibido por los Dominicos y para testimoniarlo, en 1886, se levantó un obelisco, que sería el primer monumento civil dedicado a Colón, una obra desconocida para la mayor parte de la población. Y es que Salamanca prendió la mecha de un hecho que acabaría cambiando la humanidad, reflejado en un legado que ahora pretenden destruir quienes quieren cambiar el sino de la historia.

¡HÁGASE LA LUZ!

A Curro le encantaba visitar Salamanca desde que estudió para piloto en la antigua escuela ENA, de Matacán. Natural de Sevilla, desde aquellos primeros años de la pasada década de los 90, esta ciudad ya la consideró suya, frecuentándola en cuando tuvo ocasión. Por esa razón al hacer las maletas para el regreso ya tenía en el pensamiento un próximo viaje.
Salamanca era todo para él, lo fascinaba e incluso en algunas de las ocasiones que volaba por los cielos charros se dirigía al pasaje para piropear a esa tierra, “en estos momentos estamos sobrevolando la provincia de Salamanca y nos aproximamos a la capital, que quedará ligeramente a la derecha. Solo quiero transmitirles que Salamanca es una joya, a la que les invito a que la conozcan quien aún no ha pisado por sus calles, envueltas en magia y que se tiñe de oro cada día cuando los últimos rayos de sol alumbran sus viejas piedras”.
Curro siempre miraba de reojo a Salamanca y desde el aire conocía cada rincón, cada lugar. En ese momento su compañero de cabina le preguntó si había algo especial que la diferenciaba y Curro lo tuvo claro.
“No hay nada más bonito que ver cómo se enciende el alumbrado de la Plaza Mayor. Es como un rayo de belleza que, inesperado, te cautiva. Siempre que voy me gusta disfrutar de ese instante desde el mismo centro de la Plaza. Es como si alguien dijera hágase la luz y la luz se hizo”.

El periodista viajero de alma salmantina

A Michael Portillo, el reportero de viajes más prestigioso del mundo y que, años ha, fuese ‘delfín’ de Margaret Thatcher y hasta tres veces titular de carteras ministeriales, de vez en cuando le gusta perderse en el embrujo de las calles salmantinas. Lo hace tras los pasos su padre, el catedrático don Luis Portillo quien en los años previos a la Guerra Civil alzó su nombre al pedestal de los próceres de nuestro Viejo Estudio.
Entonces, cuando España se lió a tiros, hermanos contra hermanos, en dos bandos irreconciliables, a don Luis Portillo no le quedó tomar otro camino que el del exilio para evitar la muerte en la soledad del monte de La Orbada. Y lejos de España, ya para siempre, rehízo su vida, aunque herrando el sentimiento de amor a Salamanca a sus hijos, entre ellos Michael Portillo, el menor de ellos, quien siempre es feliz al volver a respirar los aires tormesinos.
Ahora Michael Portillo, que se asoma cada tarde a las televisiones de todo el mundo gracias a su programa ‘Viajar’, con su inseparable guía ‘Bradshaw’, es una relevancia universal que ha logrado enseñar los más bellos parajes de los cinco continentes. Lo hace la pasión de quien vive enamorado de su profesión y donde tantos guiños hace a Salamanca, a la que siempre sueña con volver para respirar sus aires y abrazar la huella de su padre.

 

LA RECUPERADA ESTAMPA DEL AFILADOR


¿Quién no recuerda el peculiar sonido de la flauta del afilador? Siempre con su estampa solitaria a bordo de una bicicleta o pequeño ciclomotor, con la piedra ajustada, fueron una estampa habitual en las calles de pueblos y ciudades. Uno de esos sonidos de la infancia que perduran durante el paso de los años y donde, nada más escucharlo, espontáneamente surgía: ¡El afilador! Y entonces la chiquillería corría a su encuentro para observar a aquellos hombres trabajar con su maestría y clavar su mirada en el arco de chispas desprendido por el roce del cuchillo en la piedra y del que se protegían con un mandil de cuero.
Después, la estampa de los afiladores desapareció de nuestras calles y apenas se volvieron a ver, para nacer la añoranza al recuerdo de aquella especie de lobos solitarios, poco habladores y envueltos casi siempre en el misticismo de la soledad. Nadie volvió a encontrarse con la estela de esos hombres procedentes, en su mayoría, de la localidad orensana de Nogueira de Ramuín y paisanos de Eduardo Barreiros, el empresario que revolucionó el mundo del motor en el franquismo.
Eran personajes con cierta carga literaria y a quienes el genio de Cela suplo plasmar en varias de sus obras. Por eso fue una gran sorpresa volver a escuchar el sonido de la flauta de pan en la mañana de ayer por las calles de Salamanca y a continuación el grito de ¡El afiladoooooor! Porque ese encuentro fue como retroceder en la escalera de la vida para encontrarte con el recuerdo de aquellos solitarios gallegos que fueron la estampa de una época y cuando se escuchaba el sonido de su flauta de pan los chiquillos corrían alborozados.

 

TE SUEÑO Y TE SIENTO, ¡MI SALAMANCA!

Regreso al Barrio Antiguo y paseo por sus calles, envueltas en el inmenso legado de la historia que guarda entre sus viejas piedras. En ese histórico dédalo sientes la impresión de darte de bruces con don Miguel de Unamuno o con Fray Luis a la vuelta de cualquier esquina, antes de volver a detenerte ante el tesoro de la fachada plateresca de la Universidad y explicarle a algún despistado dónde está la rana. Y después adentrarse en el Patio de Escuelas con turistas que curiosean alrededor de la escultura de Fray Luis –antes de visitar su aula- para descubrir las maravillas del entorno, deseosos de sentir una ciudad única, que ha escrito tantas páginas en el libro de la historia, bajo la grandeza de su monumentalidad.
Y del Patio de Escuelas continuar los pasos por Libreros al encuentro de las Catedrales y emocionarnos ante rincones que inspiraron a tantos genios de las letras, antes de acariciar simbólicamente la Torre de la Catedral Nueva, con envidia a Ángel El Mariquelo -que ya prepara un nuevo ascenso en la víspera de Todos los Santos- por acariciar esas piedras cuando asciende a lo más empingorotado y observar el Tormes a los pies, antes de llegar a la ciudad y en la despedida de esta, ya cercanos los encinares del Campo Charro. Y al fondo, los horizontes salpicados por esas sierras que esconden tantos tesoros e invitan a visitarlas. Porque ese escenario también se puede disfrutar desde la joya de Ieronimus y tener la sensación que Salamanca es una ciudad que acaricia el cielo de la belleza.
Te sueño y te siento, mi querida Salamanca, donde vuelvo a tu encuentro y lo hago con la misma emoción que el soldado que, triunfante, regresa del campo de batalla al encuentro de su amada; porque toda tú eres una postal para disfrutarla en un marco de cristal gracias al inmenso legado de la historia que guarda entre tus viejas piedras.

 

GABRIEL Y GALÁN, MÁS ALLÁ DE UN SENTIMIENTO

Hoy, en el escenario de esta mañana otoñal, vuelvo a cerca los poemas de José María Gabriel y Galán. Bajo el alboroto de hojas amarillentas que caen de los árboles y vuelan alocadamente a merced del viento rememoro la poesía de aquel maestro de primeras letras nacido en Frades de la Sierra que acabó en la cacereña localidad de Guijo de Granadilla, tras casarse con la rica del lugar, que ha cantado como nadie los valores de la charrería, de las gentes y tradiciones del campo.
Ese sentimiento, siempre afín a su querida tierra, acabó desembocando en esa vecina Extremadura que lo adoptó y ya desde siempre, ambas se disputaron a ese genio de las letras que encontró tan prematura muerte. Cuando le quedaban por delante tantos años para seguir enriqueciendo nuestra Lengua y consagrarse como un genio. Pero su riquísima herencia se le siente y se le vive en el inmenso legado poético de una obra genial.
Gabriel y Galán alcanzó a temprana edad los honores reservados a las figuras tras alzarse triunfador en los Juegos Florales celebrados en Salamanca a principio del siglo XX y que presidió don Miguel de Unamuno, quien desde entonces fue el gran valedor de Gabriel y Galán, sin escatimar jamás elogios a su obra. Entonces, gracias a al poema ‘El Ama’ dedicado a su madre (Yo aprendí en el hogar en qué se funda/la dicha más perfecta,/ y para hacerla mía/ quise yo ser como mi padre era y busqué una mujer como mi madre/ entre las hijas de mi hidalga tierra) alcanzó los honores y ya su nombre fue una referencia en el mundo de las letras, sirviendo para que tantas generaciones de críos aprendieran a leer con sus poesías.
Hoy vuelvo a sentir a Gabriel y Galán al desempolvar su poemario para releer ‘Castellanas’ y después ‘Extremeñas’, tierras que unió en un puente sentimental, con ese río Alagón que fue fuente de su inspiración y, al igual que él, marca los principales lugares de su vida. Porque también nace en Frades de la Sierra y pasa por El Guijo de Granadilla, muy cerca de ese pantano que lleva su nombre.
Y lo vuelvo a sentir en esta mañana otoñal, junto al alboroto de hojas que vuelan alocadamente, gracias a su herencia en el inmenso legado poético de una obra genial que en Salamanca está muy viva.

 

Salamanca, de cine

El afamado cineasta paseaba por Salamanca aquella mañana de sábado. Tocado por una gorra inglesa, gafas de sol y un chal sobre los hombros de su americana, había vuelto para impregnarse del aroma de la ciudad, que siempre lo cautivaba y aprovecharía el perfecto complemento para visitar La Alberca, Miranda el Castañar, Villavieja de Yeltes y San Felices de los Gallegos, lugares que también han sido escenarios para el rodaje de diferentes películas.
El cineasta, con su estampa afilada, su tez morena y rostro risueño, volvía a una ciudad que tanto ha frecuentado y donde casi nunca faltaba a la cita con la feria de septiembre mientras funcionó el Gran Hotel. Muchas veces, cuando necesitaba encontrarse a sí mismo decidía venir a disfrutar de un par de días para tratar de inspirarse en la monumentalidad salmantina, porque su sueño secreto y una ilusión que mantiene viva es grabar su obra maestra, su particular ‘Magnum Opus’ en el escenario de estas calles que jamás se cansa de elogiar.
Tras un buen rato de plácida caminata se detuvo frente a en la plaza de Anaya y encendió un cigarro. Momentos después una joven se le acercó a pedir fuego y ambos iniciaron una conversación; entonces ella preguntó por algo especial de Salamanca, por el significado de la frase escrita en una lápida de mármol justo encima de ellas.
- Mira estas palabras escritas por don Miguel de Cervantes a través del Licenciado Vidriera son las que mejor definen a esta ciudad: “Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”.
Tras meditar en la frase, ambos continuaron hablando hasta que después, juntos, se perdieron en el maravilloso puzle del Barrio Antiguo.

AMOR DE ABUELO

Desde su jubilación, a Julián Torres, que había sido maquinista de Renfe, le apasionaba pasear con nieto Alberto por las calles de Salamanca y enseñarle los encantos de la ciudad. En ello, junto a sus clases en la Universidad de la Experiencia, su voluntariado en Cruz Roja y la pasión taurina, emplea la mayor parte de su tiempo. Aunque siempre añorando la conducción en aquellas grandes locomotoras que rompían los silencios del campo.
La tarde de los viernes siempre es la más especial para él, porque Alberto es su debilidad y más desde que el niño a su corta edad haya manifestado su deseo de seguir en el futuro los pasos de su abuelo en el futuro y ser también maquinista ferroviario. Porque las horas de ese día que abren las puertas del fin de semana aprovecha para enseñarle las maravillas de Salamanca y de esa forma, desde pequeño, aprende a amar a la ciudad.
Aprovechando los primeros días de octubre y el maravilloso contraste de colores que regala el otoño una de estas ocasiones se desplazaron a las orillas del Tormes y allí, al acceder, se detuvieron ante el pedestal donde se ubica el Toro de la Puente. Entonces el abuelo, que aun es un hombre joven e ilustrado le contó al nieto la historia del Lazarillo de Tormes inspirada en ese lugar:
- “Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:
-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
- Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
-Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo. Y rió mucho la burla”.
El pequeño Alberto se quedó callado y, sintiendo pena del pobre Lázaro, continuaron caminando sobre la calzada del Puente Romano, por encima de los 26 arcos que lo conforman, mientras el abuelo contaba más detalles:
-Una parte no es la original. Resulta que el 26 de enero de 1.626, día de San Policarpo hubo una tremenda crecida y el puente no pudo aguantar la fuerza del agua sufriendo gravísimos daños.
Abuelo y nieto eran felices cuando decidieron regresar. Cerca de ellos un grupo de chavales hacían deporte en la pista de atletismo ‘Puente Romano’, hasta que el sonido del tren se hizo perceptible en la distancia y, entonces, el abuelo cerró los ojos para sentir que otra vez está al mando de una locomotora y ahora se la enseña a conducir a su nieto.

 

EL CIELO DE SALAMANCA

Sara llegó de Lisboa con la ilusión de disfrutar un fin de semana en Salamanca. Venía invitada por Chus, antigua compañera con la que compartió un curso de Erasmus en Edimburgo y ambas tenían muchas cosas para contarse. Salamanca, que ya hace tiempo entró en sus vidas, era muy especial para ella y siempre tenía algo que le llamaba la atención. Más aún en esta ocasión, donde María, que había estudiado la figura del pintor Fernando Gallego, iba a disfrutar de una de sus obras representativas, El Cielo de Salamanca.
Mañaneando el sábado para desayunar en La Plaza Mayor, a continuación emprendieron sus pasos al dédalo callejero del Barrio Antiguo y pronto alcanzaron la Casa de las Conchas, que siempre da la impresión de besar a La Clerecía para marchar al encuentro de la calle Libreros y enfilar los pasos hasta el Patio de Escuelas. Allí, tras la inevitable mirada a la majestuosa fachada de la Universidad, con la piedra arenisca zurcida en infinitas formas, con rapidez alcanzaron Las Escuelas Menores, su destino.
Y enseguida tenían enfrente el majestuoso Cielo de Salamanca, que admiraron detenidamente durante un buen rato e impresionadas por esa colosal obra de Fernando Gallego. Mientras la observaban, Sara la contó a Chus algunos detalles.
- Fernando Gallego se inspiró en ella con la ayuda de Abraham Zacut, un matemático y astrónomo de ascendencia judía que fue una de las grandes eminencias que prestigiaron nuestra vieja Universidad
- ¿Y están reflejados los mismos cielos de Salamanca? –interrogó Chus-.
- De la ciudad, concretamente no. Para llevar a cabo la obra, Abraham Zacut acompañó a Fernando Palacios a una vega situada al lado del río Yeltes, en la finca Sepúlveda de Yeltes. Allí hay una ermita templaría que es el mejor lugar para observar los cielos.
- ¡Hay que acudir a ese rincón del río Yeltes!
- Si.
Tras contemplar abandonaron el lugar. A Chus le hacía feliz conocer un rincón de la ciudad que era mágico y ya deseaba ir a conocer esa ermita templaría de Sepúlveda de Yeltes. Mientras hablaban entre ellas, un vendedor de postales las abordó y ambas compraron un pin del Cielo de Salamanca. De un tesoro de la ciudad.

UN TESORO OCULTO DE LA CIUDAD

Juan disfruta de su jubilación en su querida Salamanca. Trabajó durante casi tres décadas como profesor de auto-escuela, hasta que se jubiló anticipadamente, hace ya cinco años. Desde entonces se dedica a sus dos pasiones, el tiro al plato y el fútbol. Al jubilarse se apuntó a un curso ofertado por el Ayuntamiento de Salamanca en un Centro de Mayores de su barrio para aprender a manejar a manejar el infinito mundo de internet y ahora pasa un par de horas al día leyendo los diarios digitales deportivos, rastreando especialmente la extinta Unión Deportiva Salamanca, el equipo que tanto lo hizo vibrar en infinidad de tardes en el Helmántico y otros estadios del país.
Juan hoy vuelve de su cita con el médico de cabecera y, aunque en Salamanca apenas existen distancias, algunas mañanas toma la línea 9 del autobús que le llevará a su casa en el Zurguén, con la excusa de ver cómo baja el Tormes por cuyas riberas es tan aficionado a dar largos paseos.
En el autobús coincide con un grupo de turistas a quienes delata por sus sombreros de colores, de las cámaras colgadas al cuello de él y un mapa de la ciudad desplegado. Hasta que pueda vislumbrar el río en una parte del trayecto, Juan escucha la conversación de los turistas.
Uno de ellos, mientras contempla la muralla desde el autobús, le va contando que ahora van a ‘el otro bando de la guerra’ situando su epicentro en la Iglesia de San Adrián. A Juan no le suena de nada la existencia de esta iglesia en la ciudad y escucha atentamente; según va explicando ella, la iglesia estaba situada en el actual Parque de Colón y apenas quedan unos presumibles cimientos y algunas tumbas bajo los jardines. Le habla de un Ecce Homo y de unos milagros que se le atribuyen en la ciudad. Por lo que Juan pudo entender, la iglesia, de gran valor artístico, bien conservada, con siete siglos de antigüedad y con una arcada que la conectaba al Palacio de Orellana fue demolida para ensanchar la calle San Pablo.
Los turistas solicitan parada en el centro de la ciudad y Juan, que a medida que escucha la historia se iba haciendo pequeñito en su asiento, sigue su trayecto ensimismado en sus pensamientos. ¡Toda la vida en Salamanca y se ha dado cuenta de historias y leyendas que desconoce!

 

LA INSPIRACIÓN DE TOMAS BRETÓN

Siguiendo los buenos propósitos que siempre comienzan el lunes para abandonar el martes, Isabel decidió que esta mañana iría a hacer deporte y a las 8, poco después de romper el alba, ya que estaba dispuesta a iniciar en Salas Bajas un ambicioso proyecto: correr durante una hora.
¡Menos de un minuto le han bastado para convencerse de que correr es de cobardes y de malos toreros! Dispuesta a amortizar su inversión en la equipación deportiva que ha adquirido y viendo como se han esfumado sus sueños de acercarse al atletismo, decide pasear y para ello se acerca hasta el Puente Romano para alcanzar desde allí el centro de la ciudad.
Un poco frustrada al ser incapaz de cumplir su propósito, al cruzar el Puente apaga su Ipod para disfrutar del calmante sonido de las aguas del Tormes. Aún no ha salido el sol esta mañana de octubre cuando se asoma a ver el agua y aprecia unos cuantos barbos de movimientos perezosos en el fondo. Isabel, continua su paseo, dejando atrás la Puerta de Aníbal hasta llegar a la calle Tentenecio y la asalta una sonrisa al pensar en San Juan de Sahagún y el milagro que dio nombre a la calle al detener aquel toro desbandado y lo poco que ha hecho por ella el patrón de la ciudad al no darle fuerzas para haber corrido durante el tiempo que ella había estipulado.
¡Estará de vacaciones el santo! -pensó- Pero es recompensada al levantar la vista sobre el cielo plomizo de octubre, y poder admirar como se alza elegante la torre de la Catedral Vieja.
Disfrutando del paseo escucha en la lejanía una música: “Alguien ha comenzado la mañana con buen ritmo sin complicarse la vida con ideas peregrinas como la mía”.
Al escuchar las notas en la lejanía, la calle le trae el recuerdo de Tomás Bretón ¿qué música tocaría en aquellas calles de mediados del siglo XVIII, las que ahora camina ella, para sacarse unas perras y ayudar a la maltrecha economía familiar hasta que partiera a Madrid con 16 años y se convirtiera en uno de los grandes músicos de este país? mientras se instala la música de la Verbena de la Paloma, obra del genial músico salmantino en su mente, Isabel continúa su paseo hacia las Catedrales y sus ojos se inundan de la elegante belleza al contemplarlas cuando un tímido rayo de sol hace que parezcan un escenario mágico.
Siguiendo su paseo deja atrás las catedrales cuando una gran cristalera le devuelve su reflejo vestida con los estridentes colores de su vestimenta deportiva.
¡Qué horror de colores! -pensó divertida-. ¿Cómo he podido comprarme algo tan feo? Y envuelta en estos pensamientos con la banda sonora del gran Bretón en su mente, alcanza la Plaza Mayor, al frente, majestuoso, observa el pórtico del Ayuntamiento mientras murmura:
¡Querida Salamanca, mi color favorito es verte!

 

 

 

DOLORES CAMPOS ‘LA MARA’


En el escenario de la pasada década de los 60, un buen día aparece en Salamanca una preciosa muchacha, entreverada de gitana y mora llamada Dolores Campos, a quien llamaban La Mara. Morena, de preciosas facciones, cuerpo esplendoroso y acento andaluz, porque había nacido en Tánger, enseguida de se hizo la reina del Barrio Chino de Salamanca, a quien la reina anterior –Margot- cedía su trono y ya desde entonces fueron íntimas. Exactamente durante los años que vivió Margot, quien le presentó a un montón de artistas y a quien acompañó a las tardes de toros en septiembre, La Mara era observada por los ojos de hombres golosones y con desdén de no pocas mujeres.
La Mara era una institución en aquella Salamanca juerguista y regalona que vivía bajo el paraguas del nacional catolicismo. Para nadie pasaba inadvertida y si bien su gran escenario estaba en su casa del mismo corazón de Peñuelas de San Blas, donde florecía la lujuria, a nadie dejaba indiferente en sus paseos por la ciudad. O en las conversaciones, porque desde los altos despachos, hasta los sectores más humildes se soñaba con ella. Y de ahí, Dolores Campos sumó una alta lista de amantes que no escaparon a sus encantos, muchos de los cuales Mara se llevó a la tumba. A la par también fue protectora de gitanillos y de familias con escasos recursos a quienes ayudó para que nunca faltase en su mesa un trozo de pan. Porque esa reinona, de deslumbrante belleza e infancia tan difícil, era todo corazón.
Marcó una época en Salamanca y la disfrutó plenamente. Después, el decaer el Barrio Chino y cuando ella también pedía descanso para su jotero cuerpo, ya con el riñón cubierto de saber aprovechar los momentos, buscó la paz e instaló un precioso pub en la plaza de San Justo y todas las noches se llenaba de clientela fiel, entre ellos veteranos periodistas, viejos banderilleros, amigos de siempre o añorantes de aquella Mara que fue dueña de una época.

LA MELANCOLÍA DEL OTOÑO

Sentía la melancolía a la llegada del otoño, la estación que ve amarillear las hojas y madurar los membrillos. Por eso, cada mañana, poco después de levantarse, Antonio y Luisa aprovechaban para dar largas caminatas por el Paseo Fluvial y después alcanzar el paraje de la Aldehuela, donde hacían un receso para tomar un café en la Venta Chan. Allí, Antonio gustaba de recordar sus años jóvenes, cuando las cercanas riberas del río estaban acondicionadas como playa urbana y, los fines de semana, eran un auténtico hervidero de gente que acudía a refrescarse de los calores estivales.
- “Aquí pasé alguno de los mejores momentos de mi juventud”-señalaba él-.
El regreso lo hacían de manera más espaciosa y relajada, sobre todo si eran meses de otoño para cautivarse de ese maravilloso juego de colores que regala esta estación. Y especialmente les cautivaba cuando alguna ráfaga de viento arrancaba las hojas de los árboles que caían como la cola de un cometa al encuentro con el suelo.
Y es que, Antonio y Luisa, que también se encontraban en el otoño de su vida, siempre la hacía feliz caminar por las orillas del río, convertidas en un paraíso multicolor, en esas mañanas que nos regala la estación de la melancolía.

 

ENTRE MEDALLONES

El paseante observa, bajo los primeros soles que iluminan el otoño, los medallones de la Plaza Mayor que recogen, tallada sobre la piedra, los rostros que protagonizaron la historia de España. Al final sus pasos se detienen, cerca del arco que comunica con la calle Prior, para observar el vacío existente en un medallón de la Plaza Mayor, con las huellas visibles de haber sido destruido y que llama la atención por su aspecto, fruto de otro momento convulso de la historia de España.
El protagonista esculpido en él fue Manuel Godoy, aquel fanfarrón extremeño que se hacía llamar Príncipe de la Paz y no fue más que otro siniestro personaje de nuestra historia después de medrar durante años a la sombra del poder, sin otro mérito que la fuerza de su ‘bragueta’, gracias al largo romance que mantuvo con la reina María Luisa, esposa de Carlos IV.
Godoy, al igual que hacen tantas veces los vencedores y los manipuladores, manipuló la historia para escribirla a su manera, fue un hombre vinculado a Salamanca, a la que llega gracias a su amistad con el afrancesado Juan Menéndez Valdés, catedrático de esta vieja Universidad y autor de ‘La Flor del Zurguén’. Junto a Menéndez Valdés frecuenta otros amigos en el mundo del arte y las letras, a quienes favorece y a la par se beneficia de ellos. Eso hace que fuera un hombre cercano a la Ilustración y enfrentado a la Inquisición –situación que le hizo ganar tantos favores-. Sin embargo para una mayoría no era más que traidor aprovechado del poder.
Su medallón fue colocado el 25 de agosto de 1806, con las bendiciones de Meléndez Valdés, quien emocionado presencia el acontecimiento desde el balcón de su casa –que tenía alquilada a la Universidad-, acompañado de su mujer, la salmantina María Andrea de Coca. Sin embargo, los muchos detractores de Godoy, reticentes a ese homenaje perpetuo, ya en el mismo día de la inauguración protestan airadamente e incluso embardunan el medallón arrojándole pintura. Envuelto siempre en la polémica, el medallón no llega a permanecer siquiera dos años, porque el 22 de marzo de 1808, los estudiantes exigen al Gobernador que se eliminara de la Plaza y así se hizo. Ese mismo día unos ‘voluntarios’ deciden picarlo a cincel para no dejar rastro de aquel personaje que se hizo llamar Príncipe de la Paz y no fue más que otro siniestro personaje de nuestra historia.

 

EL TESORO OCULTO DE SAN ADRIÁN

Juan es un salmantino que disfruta de su jubilación en Salamanca, su ciudad natal. Trabajó desde que salió de la escuela, a los 14 años en un conocido comercio de la ciudad, hace cinco años se jubiló anticipadamente y ahora se dedica a sus dos pasiones, la pesca y el fútbol. Al jubilarse se apuntó a un curso ofertado por el Ayuntamiento de Salamanca en la Asociación de Mayores de su barrio para aprender a manejar a manejar el infinito mundo de internet y ahora pasa un par de horas al día leyendo los diarios digitales deportivos y le gusta rastrear información encuentra sobre el equipo de sus amores, la extinta Unión Deportiva Salamanca.
Juan hoy vuelve de su cita con el médico de cabecera y, aunque en Salamanca todas las distancias son cortas, decide coger la línea 9 del autobús que le llevará a su casa en el Zurguén, con la excusa de ver cómo baja el Tormes por la proximidad de la temporada de pesca.
En el autobús coincide con un grupo de turistas a quienes delata por sus sombreros de colores, de las cámaras colgadas al cuello de él y un mapa de la ciudad que despliega ella. Hasta que pueda vislumbrar el río en una parte del trayecto, Juan escucha la conversación de los turistas.
Uno de ellos, mientras contempla la muralla desde el autobús, le va contando que ahora van a ‘el otro bando de la guerra’ situando su epicentro en la Iglesia de San Adrián. A Juan no le suena de nada la existencia de esta iglesia en la ciudad y escucha atentamente; según va explicando ella, la iglesia estaba situada en el actual Parque de Colón y apenas quedan unos presumibles cimientos y algunas tumbas bajo los jardines. Le habla de un Ecce Homo y de unos milagros que se le atribuyen en la ciudad. Por lo que Juan pudo entender, la iglesia, de gran valor artístico, bien conservada, con siete siglos de antigüedad y con una arcada que la conectaba al Palacio de Orellana fue demolida para ensanchar la calle San Pablo.
El grupo de turistas solicita parada en el centro de la ciudad y Juan, que a medida que escuchaba la historia se iba haciendo pequeñito en su asiento, sigue su trayecto ensimismado en sus pensamientos. ¡Toda la vida en Salamanca y se ha dado cuenta de historias y leyendas que desconoce!

LA SOLEDAD DE LA CALLE COMPAÑÍA

Hoy os contaré algo íntimo:
Hace unos días, tras largos meses de arduo trabajo, en la soledad del escritorio, se publicaba mi nuevo libro. Cada vez que esto ocurre, y este suma el 31 en mi bibliografía, me invade un gran sentimiento de vacío.
Es como si de repente aterrizara en el mundo real después de estar inmerso durante largo tiempo en la historia narrada y me siento perdido, sin brújula que me oriente. Supongo que a todos, en algún momento de la vida, por unas cosas u otras nos sentimos así alguna vez.
Caminar en soledad por la ciudad mitiga la ansiedad y revive mi alma. Pareciera que las calles tuvieran hilos invisibles que atan mis recuerdos para mostrármelos cada vez que paseo por ellas sin rumbo fijo, recreándome en el placer de disfrutarla plenamente; esas calles me devuelvan los recuerdos de mi infancia y los juegos con amigos; de mi adolescencia y juventud ligada a mi vida de estudiante... cada calle me sorprende con recuerdos que había perdido.
Caminar sin rumbo es dejar que la ciudad y los recuerdos que te devuelve marque el guion de tus pasos para llevarte al lugar que más paz te propicia; a mí me llevó, bien entrada la noche, hasta la Calle de la Compañía, la preciosa calle que siempre me reconcilia con el mundo.
¡Qué suerte ser salmantino!

 

EL REGRESO DE MANUELA

Hacía más de 20 años que Manuela no regresaba a su querida Salamanca. Establecida en Caracas disfrutó la prosperidad de aquel país, permitiéndole conseguir un notable patrimonio. Entonces, esperaba la llegada de septiembre para regresar al abrazo de su querida Salamanca, algo que fue el motor de su vida. Por eso, las dos largas décadas de ausencia supusieron un infierno interminable, que trataba de menguar bicheando los periódicos digitales de su tierra
Aquel día, desde que tomó el Auto-Res en Madrid, con la fiel compañía de su Víctor, su marido, sentía la emoción en los latidos del corazón y a cada momento se agolpaban las vivencias hacia su querida tierra. A la que tanto añoraba y más aún desde que el régimen chavista le arrebató parte de sus propiedades y las privaciones le impidieron poder realizar el esperado viaje anual.
Ahora, a medida que se acercaba la emoción se hacía más latente y desde el instante de entrar en la provincia, sus manos le temblaban ante la inmediata llegada, sin dejar de decir a su esposo, que también era charro, lo que significaba para ella. Unos kilómetros más adelante, antes de llegar a Matacán al comenzar a ver las torres de la Catedral, la emoción se hizo presente y entonces Manuela no pudo evitar cómo unas lágrimas humedecieron sus ojos. Porque para ella todo era especial, hasta la autovía que comunicaba con Madrid o la inmensa transformación sufrida por la ciudad en sus extrarradios.
Puntual llegó a la estación de autobuses, donde la esperaban varios familiares, a quienes abrazó con todo el cariño tras dos décadas sin verse. Manuel era dichosa y esa misma tarde al llegar a la plaza de Anaya para ir a la Catedral sintió que sus piernas se quedaban sin fuerza e inmediatamente entró en un túnel lleno de luz. A su lado, sus familiares, alarmados, trataban de reanimarla, mientras llegaba una ambulancia. Porque ella desde hacía tiempo no quiso más que ser feliz al volver a abrazar a su querida Salamanca.

 

EL ENCANTO DE LAS DOS LUCES

Aquella tarde veraniega, al salir de casa, no sabía qué dirección tomar. En las horas previas, al igual que ocurría de vez en cuando, aprovechaba para disfrutar del placer de una siesta y después, ya con la fresca, me dejaba llevar en largos paseos por la ciudad.
Ese verano que me condujo a Salamanca para perfeccionar el Español fue tan especial que, desde entonces, quedó herrado en mi alma hasta mi último suspiro el encanto de esa ciudad. Era un verdadero acontecimiento descubrir una monumentalidad única, especial, con encanto y una magia que imantaba. Estaba seguro que cuando llegase el momento de hacer la maleta para regresar a mi país se me erizaría el vello y mis ojos se humedecerían ante la emoción de decir adiós. Sería como romper el lazo con ese amor al que tanto has querido.
Al final de esa tarde, ya bajo la caricia del relente, decidí encaminar mis pasos hasta el Huerto de Calixto y Melibea después de que uno de mis profesores del curso, previamente, me mandase leer ‘La Celestina’, obra cumbre de Fernando de Rojas, con desenlace en el mágico lugar, del que ya para siempre quedé prendada.
Aún permanecía abierto y atravesé su puerta para alcanzar el pozo, al que arrojé una moneda para pedir un deseo y sentarme en el brocal. En ese instante dejé perder la mirada entre los encantos que regalaba Salamanca en el momento que llegaba el crepúsculo y, ya entre dos luces, los últimos rayos de sol teñían de oro las piedras de la ciudad, con las bellas formas zurcidas a golpe de cincel por las manos artesanas de los canteros. Y rodeado de tanta belleza tenías la misma sensación de acariciar el cielo.

SALAMANCA: DE PLOMO Y ORO
Salamanca ya luce de plomo y oro. Toda la gama de grises se extiende sobre el cielo de la ciudad para que resalte, aún más si cabe, su belleza.
Siempre he tenido la sensación de que el otoño vive enamorado de Salamanca y trata de seducirla cada año tiñendo de dorado y ocre las hojas de los árboles que, como fieles guardianes, escoltan al Tormes a su paso por la ciudad mientras el suave viento las va arrojando al río hasta ponerlo dorado.
Así es como el otoño regala a la ciudad que ama, un precioso espejo de oro viejo donde ella se refleja coqueta e imponente.
Son las emociones las que dan sentido a la vida, déjate envolver por todas las que proyecta el otoño en sus calles, sus plazas y todos sus rincones; paséala, disfruta de todas ellas, de cerca y hasta donde te llegue la vista, sin olvidar que Salamanca es solo tuya porque aunque sean muchas las personas que la admiran, despertará en cada una de ellas una emoción distinta, y es ahí y solo ahí, donde se esconde la grandeza de un sentimiento.
El otoño llegó a Salamanca y será un placer caminar por su senda. ¡¿Te lo vas a perder?!

 

LOS COLORES DEL OTOÑO

Llegaba el día de San Mateo y el otoño se hacía presente. La víspera habíamos ido a pasar la tarde a la terraza del Parador para maravillarnos de la más hermosa postal que regala Salamanca. Allí, bajo los tenues rayos de sol, era una maravilla dejar perder la mirada entre el espectáculo del alto soto de torres unamuniano, con el Tormes a los pies y reflejada sobre sus calmas aguas las catedrales, solamente difuminadas por el paso de una barca a remos donde navegaba una joven pareja. En los cielos, unos cúmulos mostraban caprichosas formas que eran una invitación a soñar. A soñar en los albores del otoño, la estación de la melancolía y que inspira a los poetas.
Amarilleaban los membrillos en las huertas cercanas al río y las fruterías ya mostraban en sus escaparates las primeras castañas recolectadas en la sierra, mientras alzaba la mirada para ver la estela blanca de un avión que surcaba los cielos, posiblemente hacía las Américas.
Las primeras hojas caían de los chopos de la ribera para deslizarse suavemente en el suelo y después volar a merced de los vientos. Entonces, la pareja que hace un rato remaba en una barca sobre las aguas del Tormes, se besaba apasionadamente en la orilla. Porque había llegado el otoño, la estación de la melancolía y que inspira a los poetas. También la del amor.

¡LA PLAZA MAYOR DEL MUNDO!
Caminamos por las calles del centro bajo el buen tempero que regalaba la mañana primaveral y acabamos en la Plaza Mayor. Inevitable lugar de encuentro y cruce de todos los caminos en el escaparate de la Salamanca cosmopolita abierta a todas las lenguas y culturas.
-¿Qué te parece?
-Me encanta. Más que la Plaza Mayor de Salamanca para mí es la Plaza Mayor del mundo.
Sentados sobre un banco de granito del lado del pabellón de Petrineros observaron el paisanaje que se presentaba ante sus ojos y disfrutando del maravilloso recinto; enfrente, el Pabellón Real, con su inmenso arco de San Fernando.
En medio de tanta paz era una delicia escuchar a Cristina los detalles que contaba de ese lugar tan hermoso, más aún para quienes lo pisaba por primera y era toda una bendición perder la mirada entre la maravilla de esa piedra de color avellana y zurcida a golpe de cincel con las formas tan hermosas y simétricas.
- Es una joya. Aunque no se has visto la película ‘Mientras dure la Guerra’, en la que aparece con jardines.
- Si la he visto y me llamó la atención. Me estaba acordando ahora de ese detalle.
- En la época que estaba ambientada los tenía y conservó hasta 1954 esos jardines tan preciosos, además de un templete para la música en el centro. Pero los quitaron y no creas que gustó mucho, poca gente quería verla así como está ahora, tan diáfana.
- Es bonita la mires por donde la mires.
- Sí, pero fíjate que al quitar los jardines la gente decía:
“La plaza de Salamanca, antes era un vergel y ahora la han dejado como el patio de un cuartel”.
-¿A qué se debió la eliminación de los jardines?
- ¡A una visita de Franco en la primavera de 1954! Para que la muchedumbre pudiera entrar y vitorearlo. A partir de ese momento y durante veinte años se aprovechaba para aparcar; después ya se prohibió el acceso en vehículo y quedó peatonal, como la vemos ahora.

 

 ¡ESTOY EN MI CASA!
Vuela hoy mi recuerdo para todos aquellos salmantinos que por diferentes circunstancias emprendieron su vida lejos de Salamanca.
Al marchar llenaron su maleta de sueños, apasionantes proyectos laborales, alegría por una vida nueva, aventura, amor...sea cual fuere la razón de su partida, en ninguna de esas maletas faltó la nostalgia.
Nostalgia de los recuerdos su infancia, de su familia, de los rincones de su ciudad, los olores, los colores de sus piedras, nostalgia del camino andado hasta llegar al destino en el que hoy se encuentran.
Para el charro que está lejos, Salamanca está siempre presente en sus pensamientos, ligada a grandes y bellos momentos de su vida y esa nostalgia es un oasis de inspiración en los malos momentos, un remanso de paz donde refugiarse, recordar y coger fuerza.
Hay una historia detrás de cada salmantino que se fue pero también un deseo común en todos ellos: Volver a su ciudad, esa que los añora y a quienes siempre agradece su contribución al recordarla en la distancia, al hablar de ella de manera tan apasionada; no hay mejor embajador de Salamanca que el salmantino ausente, cuyo objetivo es regresar en vacaciones, en navidades, una escapada de fin de semana... y volver a encontrarse con sus calles, con sus rincones, pasear su Plaza Mayor o disfrutar de su ambiente.
Salamanca les espera, siempre bella, siempre acogedora, ansiosa por devolverle los más bellos recuerdos de quienes se marcharon; una madre que nada reprocha y recibe con los brazos abiertos al hijo que vuelve.
Vuela hoy, desde esta página, un abrazo y el deseo de volver a veros pronto, de compartir con vosotros, de ver en vuestros ojos la alegría al volver a pasear vuestra ciudad teniendo la sensación de que nunca os fuisteis, respirar profundo y exclamar de nuevo ‘¡Estoy en mi casa!’.

 

EL CRISTO DE LAS BATALLAS  

Aún no ha salido el sol cuando las calles de Salamanca, apenas transitadas en la madrugada, van siendo ocupadas por el ajetreo propio de cada día; un torrente de vida comienza a correr por las arterias de sus calles.
Salamanca se cuenta, se canta y sobre todo se vive disfrutando de sus calles, de sus secretos y sus misterios.
A cada paso, en cada rincón, se respira historia e historias. 2700 años, desde que naciera en el alto del Cerro de San Vicente, para convertirse en uno de los museos al aire libre más bellos del mundo, dan para mucho.
Muchas son las joyas que se esconden tras los muros de la ciudad, la mayor parte de ellas tuvieron su momento en la historia y hoy pasan casi desapercibidas. 
Una de ellas, olvidada por muchos y desconocida por algunos es el Santísimo Cristo de las Batallas, una talla del siglo XII, que presidía las liturgias en las campañas militares de Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Al tiempo de morir el Cid, su capellán, Ieronimo de Perigord, es nombrado obispo de la Salamanca, quien trae la talla a Salamanca junto al testamento del más famoso líder militar castellano de la historia. 
Dicho Cristo, gozó de gran fervor en los siglos XVII y XVIII y fama de milagroso. Seas creyente o no, acércate a de admirar un pedazo de la historia de España que se encuentra custodiado en la Catedral Nueva.
Mientras la vida fluye y discurre como un torrente por toda la ciudad, permanecen pacientes y sigilosos miles de secretos, misterios y curiosidades esperando a que tú los descubras.
¡Todo esto y más, solo en Salamanca, la ciudad que nunca defrauda. El límite lo pones tú! ¿Te la vas a perder?
 

CALDERÓN DE LA BARCA, UN ‘SIMPA’ EN SALAMANCA

La ciudad abre el telón a un nuevo curso escolar. A lo largo de estas semanas miles de estudiantes llegan a una Salamanca que ya para siempre va a formar parte de sus vidas. Son herederos de tantos otros jóvenes que un buen día arribaron para formarse y dejaron escritas tantas vivencias.

Cuatro siglos atrás, uno de aquellos muchachos que vino a estudiar a Salamanca fue nada menos que Pedro Calderón de la Barca, el insigne escritor, uno de los abanderados del Siglo de Oro, quien rubricó uno de los capítulos más negros de su biografía al dar con sus huesos en prisión por marcharse sin pagar parte del alquiler de la vivienda donde residía. Vamos que Calderón de la Barca fue protagonista de un ‘simpa’, que se dice ahora.

Llegó a finales de septiembre de 1617, siendo un jovenzuelo de 18 años para cursar estudios de Derecho y junto a otros compañeros alquiló una casa para instalar su residencia, tras firmar el contrato de un año, a razón de 600 reales pagados en tres plazos. Cumpliendo los dos primeros requisitos, al finalizar el curso, los inquilinos marchan a Madrid sin satisfacer la obligatoriedad del tercer plazo. Entonces, el dueño reclama la deuda ante el Colegio de San Millán, en esa época juez supremo de la Universidad.

Tras varias demandas y requerimientos de la propiedad, Calderón de la Barca es obligado a venir a Salamanca para reconocer la deuda. Entonces, al no poder satisfacerla, ingresa en la cárcel el 6 de noviembre y permanece preso hasta al 8 de noviembre de 1618. Ese día el juez le concede la libertad tras firmarle una nueva prórroga de un mes para abonar la cantidad pendiente.

REMEMBRANZAS

Tras su jubilación, el señor José aprovecha cada mañana para bajar a la Plaza Mayor dándose un paseo hasta encontrarse con algún viejo amigo. Desde hace más de medio siglo reside en el barrio de Garrido y Bermejo, aunque sin perder el contacto con el centro debido a su trabajo administrativo en la oficina principal de la desaparecida Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca.
Llegadas las ferias disfruta con las fechas más especiales de su particular calendario y, envuelto en el bullicio, es feliz al abrazar a algún antiguo compañero para desenrollar vivencias del carrete de la vida. O comentar los pormenores de la actualidad. Sin embargo, en estas ferias, huérfanas de programación, echa de menos su pasión taurina en La Glorieta y mata la añoranza rememorando tantas tardes de triunfo disfrutadas en el coso charro. Y también recordando a su admirado Santiago Martín ‘El Viti’, a quien aplaudió en numerosas plazas de España. Siempre fresco el recuerdo al maestro de Vitigudino, aún se emociona al encontrarlo por la calle para detenerse a saludarlo con la admiración que siempre le tributó. Por esa razón, algunas mañanas le gusta acudir al Museo Taurino para volver a contemplar el legado de El Viti y de paso improvisar una tertulia con el encargado, Pablo del Castillo, gran conocedor de la Tauromaquia.
Porque el toreo, junto a la pelota a mano han sido las dos grandes aficiones del señor José, aunque lamenta que la actividad deportiva apenas la puede disfrutar desde hace años por la escasa celebración de partidos, añorando aquellos disfrutados en su juventud. Cuando en el antiguo frontón del Botánico, rebosante de público, la pelota era otro de los espectáculos de las ferias y aún siente en sus adentros restrellar la pelota sobre la pared en medio de la admiración de los asistentes.

Volver, volver… volveremos.

Parafraseando a Carlos Gardel, el más grande de los cantantes argentinos, con su magistral tango ‘Volver’, uno de sus gracias éxitos que no pierde vigencia en el transcurso de los años, Salamanca pronto recuperará la luz y alegría que es sello de identidad de esas ferias y fiestas que, en esta ocasión, habitan en el nido de la añoranza. Del recuerdo de esos días de septiembre los más esperados que marcan un antes y después en el calendario de sus gentes.
Volverá el jolgorio y dentro de un año, la ciudad se echará otra vez a la calle para honrar a la Virgen de la Vega en la ofrenda floral más hermosa que existe en la vieja Iberia y esta debería volver a llenar de fervor y charrería las calles de la ciudad. Muy pronto, a la vuelta de las próximas ferias, Salamanca se vestirá de gala para honrar a su patrona en las ferias y fiestas tan esperadas. Y en esas fechas de jolgorio regresarán las atracciones a La Aldehuela en ese particular mundo de tanto colorido; y destacará la carpa del circo y su juego de colores, con esos números que cautivan a los pequeños y mayores; las obras del Teatro al Liceo y actuaciones musicales en la Plaza Mayor, sin olvidar esas tardes de toros en La Glorieta que acercan a la ciudad a cientos de aficionados y su presencia significa un importante revulsivo económico para la economía.
Y se llenarán las calles céntricas de gente deseosa de disfrutar de una ciudad que abre de par en par las puertas de su hospitalidad, porque septiembre, el mes de la vendimia y que dice adiós al verano para levantar el telón del otoño, la estación de los poetas, transforma a Salamanca en una fiesta. Hasta entonces soñaremos con ‘Volver’, del genial Gardel.

 ENAMORADO DE TI, SALAMANCA

Quiero volver a verte, mi querida Salamanca. A acariciarte con mi mirada mientras paseo tus calles. Impregnarme de ti, de tu alto soto de torres que también enamoró a Miguel de Unamuno, aquel sabio bilbaíno que ya para siempre quiso vivir a tu lado, entre tu belleza y la sabiduría que regalas desde hace más de ocho siglos gracias a tu Viejo Estudio, faro cultural de España y América.
Siento ya el momento de volver a respirar tus aires para abrazarte con emoción y perderme entre la magia de tu Plaza Mayor, de cautivarme de nuevo en tu ágora, el más artístico del mundo. De sentarme a ver pasar la vida desde el Novelty y saludar a don Gonzalo Torrente Ballester, con sus gozos y sombras, quien desde este rincón disfrutó tantos momentos de la vida, siempre con su fiel cigarrillo y el vermú de Reus. Desde allí a Los Escudos, a la casa de Arcadio a degustar un plato de jamón, el exquisito manjar de nuestra tierra, regado por un buen tinto antes de perderse en el embrujo del Barrio Antiguo
En el Corrillo, la plazuela que despide a la Plaza Mayor, invita al recuerdo de Adares, quien tantas veces observó cada detalle con su mirada bondadosa, los andares jorobados y una larga barba blanca que delataba la sabiduría de aquel humilde poeta cantor de la paz, para adentrarnos en la calle Menéndez y al final, ligeramente a la izquierda, sentir el impulso del corazón ante la aparición de La Casa de Las Conchas y enfrente, cual vigilante celosa de tanta guapura, las dos torres de La Clerecía. Es la Salamanca que regala lo maravillosa que puede ser y que hay que descubrirla, paso a paso, con la misma lentitud que se besa a la mujer soñada. 
 

LA VIEJA ACEÑA DEL ARRABAL

Marché caminando hasta las orillas del Tormes cuando aún era noche cerrada y, por oriente, aún no habían roto los primeras claras para subir el telón de un nuevo día. A esas horas, bajo la luz de las farolas, la soledad era la compañera en los errantes pasos por la calle San Pablo y una brisa fresca agradecía la prenda de abrigo. Pronto, al alcanzar la Avenida de los Reyes de España comenzó a romper el alba y enseguida, al caminar ya por el puente ‘Enrique Estevan’ me apoyé sobre la barandilla para contemplar el bello espectáculo que nos regala cada jornada de un nuevo amanecer.
A la izquierda, las sombras de las Catedrales comenzaban a tornarse en un hermoso color, que era el alumbramiento a una nueva vida; mientras el sol asomaba, como una gran bola de fuego en los horizontes, que lentamente iba ascendiendo en el milagro de la vida. En pocos minutos ya era de día y la ciudad despertaba, a la par que comenzaban a llegar los primeros deportistas a las zonas aledañas del Tormes para correr y hacer deporte. Entonces seguí caminando hasta alcanzar el final del puente y descender hasta la orilla del río, donde sobre sus aguas varios patos también comenzaban un nuevo día, tratando de alejarse de una pareja de pescadores recién llegada.
Entonces me senté muy cerca de la vieja aceña del Arrabal para observar frente a mí la maravillosa ciudad reflejada sobre las aguas del río. Porque no hay espejo más hermoso que el Tormes, acicalado y remansado para poder disfrutar de la magia de Salamanca. Tras un buen rato obnubilado decidí volver sobre mis pasos, pero antes no pude menos que contemplar el viejo edifico de la aceña del Arrabal para quedar cautivado ante él, ante ese monumento al que no visitan los turistas, pero siempre ha sido otra estampa de bienvenida a la ciudad.

LA LEYENDA DE LA CUEVA DE SALAMANCA

Antonio Ortigâo es un portugués muy aficionado a la parasicología. Licenciado en Letras por la Universidad de Coimbra lo movía especialmente conocer la Cueva de Salamanca, una de las muchas joyas que guarda en su cofre monumental la ciudad del Tormes. Había leído cuanto cayó en sus manos y la curiosidad lo llevó a visitarla por primera vez hace varios años para embeber cuantas leyendas habían surgido de aquel rincón ubicado junto a la Torre de Marqués de Villena y la Cerca Vieja, en la parte más antigua de la muralla. En esta ocasión repetía viaje acompañado de Margarida, su mujer, otra enamorada de Salamanca.

Con ella regresaba ahora, especialmente para volver a pisar en ese lugar nacido como cripta de la antigua iglesia de San Cebrián. Un templo derribado en el siglo XVI y del que queda únicamente queda la hoy llamada Cueva de Salamanca.

  • ¿Y qué te atrae de ella? –Inquirió Margarida-
  • Está envuelto en una curiosa leyenda. –Contestó él-.
  • ¿Cuál es?
  • Dicen que en esa cueva Satanás daba clase a 7 alumnos durante 7 años y al terminar uno se tenía q quedar con él. El elegido, que fue el marqués de Villena, engañó al diablo y se marcho. Por hacerlo perdió su sombra
  • ¡El hombre sin sombra!
  • Ese hecho de pretender engañar al diablo ya lo dejó marcado para el resto de sus días.
  • La verdad que es una leyenda muy misteriosa la que encierra La Cueva de Salamanca.

 

EL ROMERO DE LA PLAZA DE ANAYA

 
 Son las 7 de la mañana del viernes cuando Carlos, empresario madrileño, sale de su casa y toma el ascensor hasta el garaje para ir a su oficina como cada día. Su móvil suena incesante; el sonido de las constantes llamadas durante la semana, el exceso de trabajo y el estrés han llenado de nubarrones negros su cabeza. Al detenerse el ascensor, rechaza la llamada entrante y vuelve a subir a casa, mete en una bolsa de viaje lo necesario para dos días y llama a la oficina. Se toma el día libre.
Ya, al volante de su coche, respira libertad, necesita una catarsis en su vida y el lugar donde escaparse y poner sus ideas en orden no es otro que su amada Salamanca.
Siempre encontró la paz paseando sus calles, admirando embobado sus edificios, sintiendo la vida en sus calles. Salamanca le da la paz que Madrid y sus prisas le quitan.
A las 11 de la mañana ya está registrado en un hotel de la ciudad y comienza a pasear sus calles, a imbuirse en el embrujo que le produce cruzar la calle de la Compañía, a soñar con la historia de los pasos de Unamuno, hasta llegar a la Plaza de Anaya para sentarse en su escalinata y, mientras la visión de la Catedral va disipando las tormentas de su mente, la agradable temperatura de la mañana reconforta su alma.
¡Se han parado los relojes, solo hay paz, la paz que vino a buscar y tan poco ha tardado en encontrar!
Cruzando los jardines se le acerca una gitana
- Carita de ángel, cómprame una ramita de romero, para que se vaya lo malo y venga lo bueno.
Carlos, sonriendo, saca del bolsillo de sus jeans un billete de 10 euros que pone en la mano de la simpática gitana:
- Hazme un favor, guárdate ese romero y se lo regalas en mi nombre a la primera persona que te diga que esta plaza no le transmite paz.
La gitana entre agradecida y extrañada exclamó:
- ¡Eso es imposible!
-¿Sabes? -le dijo Carlos- Salamanca es ‘mi romero’, no te ofendas pero no necesito ese. Cuando las cosas me van bien, viajo a Salamanca para celebrarlo y perderme en la magia de la noche disfrutando de su ocio nocturno; cuando las cosas me van mal, viajo a Salamanca a admirar su monumentalidad, calmar las tormentas de mi mente y encontrar la paz que busco; y en los momentos en que mi vida se torna aburrida y no encuentro nada interesante, viajo a Salamanca y dejo que la aventura me sorprenda.
-¡Estás loco! -le espetó divertida la gitana-.
-Sí -le respondió Carlos- pero un loco feliz en su paraíso.
La gitana se quedó mirando cómo se alejaba uno de los ‘clientes’ más raros de los últimos días mientras acertó a escuchar como Carlos comenzó a hablar por su teléfono:
-¡¿Isabel?!, no te lo vas a creer, estoy en Salamanca, dime dónde tomamos un vino, me quedo todo el finde.
 

 

LA MAGIA DE LA CASA DE LAS CONCHAS

¡Qué maravilla! (indicó Jesús a su amiga Teresa mientras observaba La Casa de las Conchas desde las escaleras de La Clerecía).
-¿Te la imaginabas así?
-Aún impresiona más al natural que en fotografías o videos. 
Jesús, procedente de la localidad valenciana de Játiva, se encontraba de excursión en Salamanca junto a sus compañeros de instituto. Le encanta el arte y de hecho iba a estudiar el grado de Historia del Arte, por lo que desde muy niño curioseó cuando caía en sus manos. Pero Salamanca era especial para él y por esa razón, este viaje, el primero que hacía a la capital del Tormes, era diferente al resto. Sentía que era como el primer beso con un nuevo amor. 
Sin embargo, en el racimo monumental, había algo que lo cautivaba más aún: La Casa de las Conchas. Esa era una referencia que a él siempre le llamó tanto la atención que, con frecuencia, buscaba información sobre ella en el inmenso mundo de Google. E incluso había podido adquirir varios libros sobre ese majestuoso edificio levantado entre 1493 y 1517. En silencio no dejaba de admirar la sucesión de conchas en sus paredes, las ventanas góticas, la puerta dintelada principal… o cualquiera de los detalles que fotografiaba con su Canon, además de sacarse un selfie, con el monumento a sus espaldas, para subirlo rápidamente a sus redes sociales de Tuitter, Facebook e Instagram.
Tras el encuentro inicial, que fue una especie de flechazo, Jesús, comentó pormenores del monumento con Teresa, compañera de estudios con quien compartía tantos gustos y aficiones. 
-Lo que más me llama la atención al leer cosas sobre La Casa de las Conchas es que los Jesuitas, dueños de esta iglesia de La Clerecía, quisieron comprarla e incluso utilizaron un montón de artimañas para hacerse con ella. Lo triste era el destino que pretendían darle.
-¿Cuál? (preguntó Teresa).
-Su idea era derribar el edificio, porque le restaba visibilidad a La Clerecía. Afortunadamente no lo consiguieron. Para eso sirve para que te des cuenta las aberraciones tan grandes que se han cometido y el analfabetismo que se ha hecho presente tantas veces por meros intereses. 
 

EL BELMONTEÑO QUE SE INSPIRABA CON FRAY LUIS

El profesor José Antonio Romeo en sus frecuentes viajes a Salamanca siempre aprovechaba para ir hasta el Patio de Escuelas y admirar la escultura de Fray León de León, de quien es paisano, al haber nacido ambos en la villa conquense de Belmonte.

Inquieto por conocer más detalles, gusta de contemplar la escultura de Nicasio Sevilla inaugurada en 1869 para rendir homenaje a tan magno personaje. A ese Fray Luis de León, que un buen día vino a estudiar Salamanca y aquí se hizo fraile para acabar representando la Edad de Oro de la Universidad de Salamanca, la libertad de pensamiento y el valor de la lengua Española.

A Romeo le encanta conocer nuevos parajes de la vida de su paisano y profundizar cada día más en su obra literaria. De hecho en sus bibliotecas descansan la totalidad de los títulos de quien fue uno de los ases de la baraja poética de la segunda parte de Renacimiento Español.

Sin embargo lo que más le llamaba la atención es que alguien de tanta relevancia acabase en la cárcel por disputas entre diferentes órdenes religiosas y los celos y envidias. Por zancadillas que acabaron conduciéndolo a la cárcel de Valladolid donde pasó cuatro interminables años y de los que dejó escrita una frase sentenciosa en una de las paredes de su celda.

“Aquí la envidia y mentira me tuvieron encerrado...”.

Durante los años enrejado, transcurridos entre de marzo de 1572 y diciembre de 1576, denuncia la lentitud de la burocracia y la maldad de sus acusadores. Entonces, el día que recupera la libertad y con la felicidad del momento encamina los pasos a su cátedra en la Universidad de Salamanca, donde no pretende más que borrar ese triste paso por la prisión. Al volver a las aulas de sus labios sale esa famosa frase que acabaría siendo definitiva en su biografía: “Decíamos ayer”. La misma que siempre revolotea en el recuerdo de José Antonio Romeo cuando pisa otra vez las históricas calles de Salamanca para abrazar el recuerdo de su paisano más universal.

EL VENDEDOR DE POSTALES

Manuel Salazar dedicó media vida a vender postales a los turistas que se deambulaban por los aledaños Catedral. Entonces, los más despistados aprovechaban para preguntarle por diferentes tesoros monumentales de la capital y el respondía con la experiencia adquirida al cabo del tiempo, siempre con una salida natural –en ocasiones incluso fabulada- que a todos dejaba satisfechos. Era un hombre locuaz, alto y vareado, vestido casi siempre con ropas oscuras y tocado por un sombrero que le daba aspecto de viejo patriarca. Al sonreír dejaba ver un diente de oro, que asomaban desafiante junto a un ennegrecido rostro, curtido por las cicatrices del tiempo, donde con la llegada de los calores, era frecuente que unas gotas de sudor perlasen su frente.
Sin faltar ningún día a la particular cita con los turistas, arrastrando un carrito de os ruedas, donde guardaba la particular mercancía, su estampa fue clásica alrededor del monumento catedralicia; también el Patio de Escuelas, a la caza de quienes rondaban en busca de la rana por la cercana fachada de la Universidad e incluso algún fin de semana hasta por la Plaza Mayor, donde se ganaba el sustento hasta volver a casa y archivar otra jornada. En esos lugares, a casi nadie pasaba inadvertida su estampa y de hecho, muchos turistas, en nuevos regresos a Salamanca, nada más verlo solían dirigirse a él y siempre aprovechaba para vender la última tendencia en postales o un llavero donde se leía ‘Salamanca, arte, saber y toros’, porque de aquel negocio tenía que sacar adelante a su larga prole.
Un buen día desapareció y ya nadie volvió a saber de aquel vendedor de postales tan pintoresco, quien al sonreír dejaba ver un diente de oro que asomaba desafiante. De un personaje de ennegrecido rostro, donde con la llegada de los calores unas gotas de sudor perlaban su frente y fue otro símbolo de la Salamanca monumental.

UNA CASA DE LA FELICIDAD

Hace varias semanas, el estadio Helmántico -otro monumento más de la ciudad, aunque no venga en las guías turísticas- cumplió su primer medio siglo. De entonces hasta hoy ha transcurrido mucha vida y ese recinto, que ha sido un orgullo de la ciudad, mantiene la coquetería y glamour, con la belleza de la madurez, que lo convirtieron en una cancha futbolística tan singular.
El Helmántico fue un símbolo del fútbol español en los tres últimos decenios del pasado siglo, especialmente durante los años que el Salamanca –la querida, entrañable y llorada UDS- se tuteó con los grandes en Primera División. Allí, sobre ese magnífico tapete, envidiado por todos los equipos que visitaban el Helmántico, admiramos a los grandes jugadores que coleccionábamos en los cromos de ‘Panini’ y eran los ídolos de la época. Primero los nuestros, con el fabuloso Alves, el genio portugués de los guantes negros; los argentinos D’Alessandro y Rezza; tiempos de Sánchez Barrios, en un altar tras el gol de leyenda al Betis que convirtió a Salamanca en una fiesta y nos llevó al Olimpo de los grandes, a la clase de Robi, a Lanchas, a Corominas, a Enrique, a Pepe, a Pedraza, a Martínez, a Juanjo, al magnífico Lobo Diarte, a Ángel, a Huerta, a Rial, a Ameijenda, a Carlitos Báez, a Bustillo, a Tomé, a Pita, a Ito, a Pérez… en aquella primera gloriosa. Después volvieron más tiempos felices con años gloriosos y otros jugadores que fueron llegando para contribuir a la grandeza del equipo y continuar escribiendo páginas históricas en el Helmántico.
Hoy miramos atrás con nostalgia, envueltos en los recuerdos la felicidad de haber crecido con equipo de tu tierra en la élite y un maravilloso campo que cada dos semanas se llenaba de aficionados, junto a otros muchos venidos de diferentes puntos del país y daban un toque tan colorista a la ciudad llenando hoteles y restaurantes. Porque el Hemántico es otro monumento más de la ciudad, aunque este no venga en las guías turísticas

 

GABRIEL Y GALÁN

A José María Gabriel y Galán, al más grande de nuestros poetas, se le disfruta y se le lee. Aquel maestro de primeras letras nacido en Frades de la Sierra que acabó en la cacereña localidad de Guijo de Granadilla, tras casarse con la rica del lugar, se le siente y se le vive gracias a su herencia, en el inmenso legado poético de una obra genial. Nadie como él ha sabido cantar los valores y tradiciones de la charrería, de las gentes y tradiciones del campo. Ese sentimiento salmantino, siempre afín a su querida tierra, acabó desembocando en esa vecina Extremadura que lo adoptó y ya desde siempre, ambas se disputaron a ese genio de las letras que encontró tan prematura muerte. Cuando le quedaban por delante tantos años para seguir enriqueciendo nuestra Lengua y consagrarse como un genio.

            Aquel Gabriel y Galán desde muy joven fue figura literaria tras alzarse triunfador en los Juegos Florales celebrados en Salamanca a principio del siglo XX con el poema ‘El Ama’ dedicado a su madre (Yo aprendí en el hogar en qué se funda/la dicha más perfecta,/ y para hacerla mía/ quise yo ser como mi padre era y busqué una mujer como mi madre/ entre las hijas de mi hidalga tierra). Desde allí ascendió al Olimpo de las letras avalado por don Miguel de Unamuno, presidente de aquel jurado que le otorgó la Flor Natural y nunca escatimaría elogios al joven vate que se consagraba para orgullo de su provincia natal, la misma que le dedicó con su nombre infinidad de calles en casi todos los pueblos. Y hasta los más pequeños aprendían a leer con sus poesías.

Hoy vuelvo a sentir a Gabriel y Galán al desempolvar su poemario para releer ‘Castellanas’ y después ‘Extremeñas’, las dos regiones que supo unir para crear un puente sentimental entre ambas con ese río Alagón que fue fuente de su inspiración y, al igual que él, marca los principales lugares de su vida, porque también nace en Frades de la Sierra y pasa por El Guijo de Granadilla, donde muy cerca está ese pantano que lleva su nombre.

Y lo vuelvo a sentir gracias a su herencia en el inmenso legado poético de una obra genial que en Salamanca está muy viva.

 

¡LA DESOLADORA FRANCESADA!

El sol caía a plomo sobre Salamanca. Era el inicio de verano y los cielos escupían fuego. Buscando el cobijo de las sombras, el inglés Peter Delon, profesor de Historia en un centro educativo situado en los suburbios de Londres, visitó los principales monumentos. Delon había estado en la ciudad hacía treinta años; entonces lo hizo influenciado por la lectura del ‘Estudiante de Salamanca’, el poemario de Espronceda y prometió volver para admirarla más despacio y disfrutarla sin prisas, como el beso de dos enamorados.
El regreso se veía cumplido para impregnarse de la historia y monumentalidad de una ciudad tallada en esas piedras de Villamayor que al caer la tarde la tiñen de oro. Parapetado de su cámara fotográfica aprovechó cada minuto que le regaló el día, hasta que el final, ya con la tarde caída y descender de las torres de La Clerecía, con el evidente cansancio, antes de marchar al hotel en busca de reconfortante ducha, Peter Delon mostraba la emoción y aseguraba que Salamanca era una de las ciudades más bellas del mundo. Un lugar donde siempre hay que sacar billete de vuelta.
-Señor Delon, sepa usted que ha admirado la tercera parte de la enorme monumentalidad que contó la ciudad. En la Guerra de la Independencia, que aquí también llamamos ‘la francesada’, se destruyó un importante legado de magníficos edificios que hoy serían una referencia artística, además de una parte de la muralla, junto al ingente expolio llevado a cabo por las tropas de Napoleón.
- ¡Resulta increíble! Más al verla ahora tan bien conservada –señaló Peter Delon-.
- Primero echaron abajo grandes edificios para crear sistemas defensivos con sus materiales; después, en 1812, llega lo más grave, con la explosión de un céntrico polvorín, perdiéndose la zona donde estaba ubicado el mejor barrio de la ciudad. Encima pudo ser aún peor, porque de explotar la ingente cantidad de pólvora almacenada en la iglesia de La Purísima hubiera acabado con este templo, además del vecino Palacio de Monterrey y de haber afectado a los vecinos lugares.
Reverberaba en su rostro los últimos soles del final de esa jornada y unos gotas de sudor perlaban su frente, cuando el inglés Peter Delon seguía maravillado de la magia que encerraba Salamanca.

EL CAÑO MAMARON

La fuente del Caño Mamarón continúa en su ubicación de siempre, viendo pasar el tiempo después de haber sido testigo de la enorme transformación sufrida por la ciudad. Viejo manantial de finas aguas, centro de reunión de criadas, lugar de paso y también de encuentro, allí se mantiene integrada en el paisaje capitalino del siglo XXI.
Superviviente de arreglos y nuevos planes urbanísticos que, en alguna ocasión, la condenaron al derribo, siendo salvada por sentido común, para acabar convertida en otro tesoro de la ciudad. Con mejor suerte que La Platina, enterrada en el hormigón del progreso, que regalaba el agua más pura que tuvo Salamanca. Aquella Platina que, a decir de las gentes de los barrios de los cercanos Pizarrales o San Bernardo, era la que mejor cocía los garbanzos y, desde hace unos años, su recuerdo únicamente forma parte de los libros de historia o las fotografías en blanco y negro de la nostalgia. Esta fuente, El Caño Mamaron, a nadie de la ciudad dejó indiferente, más aún en tiempos de carencias, mucho antes de que las redes de saneamiento llegasen a las casas, siendo acaparadora de miles de anécdotas.
De sus aguas llenaba su botijo torero el diestro salmantino Victoriano Posada antes de emprender los largos viajes camino de alguna plaza. Entonces, en el escenario de la pasada década de los 50, el entrañable torero capitalino gozaba de prestigio en los cosos franceses y en ellos se anunciaba con frecuencia, haciendo un alto en el camino –siempre que las prisas no le apremiasen- al llegar a Bayona para visitar a don Agustín, un médico exiliado que residía allí y era pariente suyo.
Un buen día, al despedirse y apremiar la sed al galeno, el torero cogió el botijo, que iba colocado en la baca del coche para ayudarle a saciar la necesidad, mientras le decía que era agua del Caño Mamarón. Al escuchar esas palabras, el médico exiliado bebió con emoción. Y ya desde entonces, cada vez que Posada iba a torear a Francia y se detenía saludarlo, siempre le pedía el botijo para beber agua del Caño Mamarón y, en ese momento, don Agustín, cerraba los ojos y sentía que estaba de nuevo en su querida Salamanca.

LA LUNA SE ASOMÓ A ANAYA

Aquella noche de verano, Isabel y Andresín se citaron debajo del reloj. Eran el día de San Cristóbal y el bochorno se había hecho protagonista en medio de unos días marcados por una intensa ola de calor sahariano que, incluso, impedía dormir en muchos hogares. En las heladerías de la Plaza, las colas se alargaban, como una serpiente de colorines, y apenas quedaban sillas libres en las terrazas donde no faltaba el bullicio festivo de dos tunas, que alegraban con sus tradicionales canciones a turistas y nativos.
Al no encontrar un sitio para sentarse a tomar algo decidieron abandonar el ágora. Lo hicieron sin un destino fijado y, dejándose llevar a través de la bulliciosa calle La Rúa, caminaron hasta la Plaza de Anaya. Lo hicieron con andares lentos y disfrutando de cada momento; al fondo, la torre de la Catedral Vieja les invitaba a acercarse a ella. Iluminada, bajo la noche clara del estío, a nadie dejaba indiferente su belleza, a la que llegaron en breves momentos y después de caminar alrededor de Anaya, en medio del espectáculo de la Catedrales, decidieron sentarse y reposar en las escaleras del Palacio de Anaya, delante de las cuatro columnas jónicas que sujetan el frontón triangular del histórico edificio
Aún caliente el granito después de un día de tanto calor disfrutaron del lugar dejándose llevar por la luna, que jugaba entre unas nubes, hasta que desapareció de sus ojos. Los dos eran felices ante aquel inesperado reencuentro en una ciudad que dejó grabada en sus vidas tantos recuerdos, muchos de ellos compartidos en una época feliz. Aquel rincón, rodeados de la paz que no habían encontrado en el centro sirvió para desenrollar la madeja de la vida.
Al rato, ya en pie y con sus manos entrelazadas, prestos para volver al centro se besaron con pasión; entonces hasta la luna volvió a aparecer entre las nubes para disfrutar de tan bello espectáculo.

SOÑANDO CON SEVILLA

Cuando llegaba el fin de semana, a Javier López, un muchacho sevillano que llegó a Salamanca para cursar los estudios de piloto de línea aérea en la escuela Adventia, le encantaba aprovechar las mañanas para caminar por los alrededores de la ciudad. A la par, poco a poco, fue conociendo los rincones de Salamanca, maravillándose de su monumentalidad y del ambiente nocturno, hasta que un buen día, acompañado de una nueva amiga llamada Isabel, decidió ir al Paseo Fluvial, porque le relajaba mucho la paz del río.
Era una soleada mañana de marzo, de esas que dejan atrás las cencelladas de la crudeza invernal y dan la bienvenida a la primavera, cuando al acceder desde la Avenida de la Paz al Paseo Fluvial, Javier López, detuvo la respiración y contempló en silencio el precioso puente, actitud que llamó la atención de su amiga Isabel, quien inquieta preguntó si ocurría algo.
- Es que en este lugar tengo la impresión de estar en la misma calle Betis de Sevilla. Este puente es gemelo al de Isabel II, de mi ciudad, al que llamamos ‘de Triana’. La de veces que he pasado por encima al ir o venir de Matacán y jamás reparé en ese detalle.
Isabel, estudiosa de la historia de Salamanca, le contó que era cierto y también había escuchado el parecido de ambas construcciones; levantándose el que salva las aguas del Tormes a principios del siglo XX ante la necesidad de abrir nuevas vías de comunicación y quedarse obsoleto el Puente Romano (al que las gentes conocían por el ‘viejo’ o ‘de piedra’). No exenta de polémica su construcción, le comentó, que lleva el nombre de Enrique Estevan (con V) en reconocimiento al concejal que lo promovió, quien años antes se había ganado el afecto de una parte de la población charra al salvar el Romano, al que querían ensanchar y sustituir los petriles por unas vallas metálicas. Entonces, al conocer el proyecto, el concejal Enrique Estevan, dio un puñetazo con la mesa y dijo:
- ¡Al puente Romano no lo toca nadie!
A Javier López, el futuro piloto, le encantaba escuchar esas historias de la ciudad, mientras volvía a perder su mirada entre la imponente estructura metálica del ‘Enrique Esteban’ y tener la sensación de estar en plena calle Betis de su Sevilla ante el colosal puente de Triana.

TUS VIEJAS PIEDRAS

Regreso al Barrio Antiguo y paseo por sus calles, envueltas en el inmenso legado de la historia que guarda entre sus viejas piedras. En ese histórico dédalo sientes la impresión de darte de bruces con don Miguel de Unamuno o con Fray Luis a la vuelta de cualquier esquina, antes de volver a detenerte ante el tesoro de la fachada plateresca de la Universidad y explicarle a algún despistado dónde está la rana. Y después adentrarse en el Patio de Escuelas con turistas que curiosean alrededor de la escultura de Fray Luis para descubrir las maravillas del entorno, deseosos de sentir una ciudad única, que ha escrito tantas páginas en el libro de la historia, bajo la grandeza de su monumentalidad.
Y del Patio de Escuelas continuar los pasos por Libreros al encuentro de las Catedrales y emocionarnos ante rincones que inspiraron a tantos genios de las letras, antes de acariciar simbólicamente la Torre de la Catedral Nueva, con envidia a Ángel El Mariquelo por acariciar esas piedras cuando asciende a lo más empingorotado y observar el Tormes a los pies, antes de llegar a la ciudad y en la despedida de esta, ya cercanos los encinares del Campo Charro. Y al fondo, los horizontes salpicados por esas sierras que esconden tantos tesoros e invitan a visitarlas. Porque ese escenario también se puede disfrutar desde la joya de Ieronimus y tener la sensación que Salamanca es una ciudad que acaricia el cielo de la belleza.
Te sueño y te siento, mi querida Salamanca, donde vuelvo a tu encuentro y lo hago con la misma emoción que el soldado que, triunfante, regresa del campo de batalla al encuentro de su amada; porque toda tú eres una postal para disfrutarla en un marco de cristal gracias al inmenso legado de la historia que guarda entre tus viejas piedras.

EL CONCIERTO DE LOS PÁJAROS NUEVOS

En el Parque de San Francisco, el paseante busca el frescor de las sombras para aliviarse de los primeros sofocos del estío. Sentado sobre un banco de piedra se inspira en la tranquilidad de ese rincón; el mismo que acogió una de las antiguas plazas de toros de la ciudad y piensa en oles dedicados a Lagartijo, a Guerrita, a Bombita… cuando torearon ahí y eran los atractivos de la feria.
Al cabo de un rato sigue su camino y alza la mirada para observar, cerca de él, el lugar donde estaba la puerta de San Bernardo –en ella se despedían los duelos de la ciudad, al empezar ahí el camino del cementerio- y continúa por el dédalo de esas calles hasta acceder a la de García Tejado y alcanzar el antiguo Hospital Provincial. Allí, bajo la inmensa entrada, levantada en piedra de Villamayor y formada con cuatro columnas de dobles apoyos cilíndricos, rematados en la parte posterior con una especie de balconada, observa el busto dedicado al personaje que le da nombre a la calle, el eminente médico y político salmantino Andrés García Tejado, quien fuera impulsor de ese centro hospitalario en 1930. Se detiene a contemplarlo con la admiración que guarda a esas gentes luchadoras siempre por una Salamanca más digna hasta lograr la magnífica ciudad de hoy y a quienes tantas veces la erosión del tiempo borra del recuerdo.
Rodeado de paz y sin algarabía alrededor se recrea en ese rincón, tan cercano a la joya del colegio Arzobispo de Fonseca, a medio camino entre el Campo de San Francisco y el Cerro de San Vicente que vio nacer a esta Salamanca que regala su belleza en cada rincón. Después vuelve sobre sus pasos en medio de este caluroso día para regresar de nuevo hasta el Parque de San Francisco y sentarse en el mismo banco donde se refrescó un rato antes. Ensimismado y paz, con los silencios rotos por el concierto de los pájaros nuevos que acaban de echarse a volar, piensa en los olés dedicados en aquel lugar a Lagartijo, a Guerrita, a Bombita…

EL CREPÚSCULO TIÑE DE ORO LAS VIEJAS PIEDRAS

Se despidió de su pareja en la estación de tren, él no volvería hasta la noche del día siguiente. Cuando el tren partió, Isabel decidió robarle todo el tiempo a la sensación de libertad sin las obligaciones cotidianas que tan pocas veces se daba. Una agradable temperatura envolvía Salamanca y comenzó un paseo sin rumbo, dejándose llevar por las emociones. El bullicio de la gente acompañaba su recorrido hasta que el tañer de campanas de San Juan de Sahagún se alzó poderoso sobre todas las cosas.
Terminó su paseo en una terraza de la Plaza Mayor. ¡Siempre se ha sentido hechizada por ella, no puede remediarlo!
Hay un eslabón invisible que conecta a los salmantinos con su Plaza y esta, a su vez, con todas sus vidas. Es inevitable que le asalte el recuerdo de haberla paseado con algún ser querido que ya no está, aquella cita adolescente bajo el reloj, los conciertos en noches de feria, el frío del invierno cuando la atravesaba para ir a clase... A veces son los lugares los que guardan nuestros recuerdos para devolvérnoslos al regresar a ellos.
Cae la tarde, impaciente mira el reloj e intenta adivinar cuanto falta para asistir a ese espectáculo mágico en el que la luces devuelven a sus piedras el oro que en su incipiente viaje hacia Lusitania el sol le va robando.
Una vez iluminada revela secretos que durante el día esconde, una cúpula de estrellas la cubre, la tarde ha quedado atrás cuando Isabel emprende el camino a su casa, el alba aún está lejano, pero durante la noche no la envolverá el silencio, seguirá siendo transitada por todos los que disfrutan del ocio nocturno, de quienes aunque vayan de paso, envueltos en conversaciones o paseando en solitario, no dejarán de alzar sus miradas para, insaciables, impregnarse de la belleza que atrapó a todos los que alguna vez la visitaron.

Y FARINA CANTABA ‘MI SALAMANCA’…

El abuelo Juan cerraba su casa del pueblo por vísperas de La Inmaculada, hacía la maleta y marchaba para Salamanca a pasar los días más crudos del invierno con su hija Carmen. Allí permanecía hasta Carnaval, cuando los días se estiraban barruntando la primavera. Durante esa época aprovechaba para dar largos paseos hasta la Plaza Mayor al encuentro de otros paisanos para tomar un vinito. Emigrante durante más de veinte años en Hamburgo (Alemania), al abuelo Juan le gusta recordar aquella época, más aún si encuentra algún alemán en las sendas de su vida y aprovechaba para chapurrear la lengua teutona.
En ocasiones también camina por La Vaguada de la Palma para detenerse en la escultura que honra a Rafael Farina, a quien contempla con admiración y recuerda una lejana noche de hace más de medio siglo cuando fue a verlo actuar a una sala de Hamburgo, en un concierto promovido para emigrantes. Entonces, con la ilusión de ver a su ídolo y paisano, mientras jaleaba sus canciones, no pudo evitar la emoción al escuchar ‘Mi Salamanca’ y sentir en los latidos de su corazón a su querida tierra.
Admiraba a aquel Rafael Salazar Motos e incluso en tiempos jóvenes, antes de emigrar, si estaba de fiesta trataba de imitarlo con sus temas más celebrados, de ahí que incluso lo llamasen Juanito ‘Farina’. Porque tenía idealizado al genial cantaor, hijo de la pobreza y hambruna que trajo la postguerra en los día que ese gitanillo, desharrapado y con los mocos colgando, cantaba a los señoritos pudientes en las noches de parranda para comenzar el runrún de la genialidad que atesoraba para el cante. Aquel niño, nacido para el arte con el nombre de Rafael Farina, siempre tuvo un botón charro prendido en su corazón para emocionar a sus paisanos con los sones de ‘Mi Salamanca’.
Antes de continuar a su habitual encuentro de la Plaza Mayor, el abuelo Juan acaricia el bronce que representa al artista y vuelve a mirar en su cara el característico gesto con el que acaparó tantos aplausos. Entonces cierra los ojos y siente que es aquel joven que llamaban Juanito ‘Farina’ y una noche en Hamburgo se emocionó bajo los sones de ‘Mi Salamanca’.

EL REGRESO DE WENCES MORENO

 Cuando Wences Moreno envuelto en los honores de ser el mejor ventrílocuo del mundo regresaba a su Salamanca después de triunfar en los mejores escenarios del mundo aparcaba su imponente Cadillac americano delante del Gran Hotel –donde tenía habitación reservada todo el año- y la gente se arremolinaba alrededor del vehículo para jalear a aquel charro universal. Entonces no faltaba algún despistado que preguntaba el motivo de acaparar tanta expectación.
-¿A qué se debe la fama de este señor?
-¡Habla con la barriga! 
-¡Pobre hombre! Tan apuesto y hablar con la barriga. ¡Qué pena!
-Ni pobre, ni pena. Eso es un decir. De los genios de la imitación se dice así. Y él hace hablar a unos muñecos.
Hoy, esta querida ciudad, a la que nunca faltó por Navidad y tampoco al final del verano con la llegada de las ferias de septiembre, rinde perpetuo tributo a quien fue un charro universal dedicándole una conocida calle comercial que llega a la castiza plazuela del Oeste. Una calle donde las nuevas generaciones, en su mayoría, ignoran la grandeza de un personaje que acaparó popularidad por todo el mundo, siempre con el billete de vuelta dispuesto para volver a su amada Salamanca y al que Estados Unidos recuerda con reverencia. Con la categoría de un artista único al que nadie fuera capaz de robar aplauso alguno.
El legado del Wences Moreno es objeto de estudios para conocer un poco más la grandeza de esta estrella fallecida al pie del cañón y, como los más valientes soldados, con las botas puestas después de rebasar el siglo de existencia. Y de ello Salamanca venera la historia de quien siempre sintió tanto orgullo por su patria chica, aunque algún despistado sienta pena al pensar que su fama se debía a que hablaba con la barriga. 
 

EL SUEÑO DEL EXILIADO

Aquel verano de 2018 fue especial para Patricia Jones. Por primera vez dejaba atrás su casa en Little Rock, estado de Arkansas –USA- para atravesar el Atlántico y viajar a Salamanca como alumna de los Cursos Internacionales de Verano. Lo hacía emocionada al encuentro de la raíz de su bisabuelo, don Matías Santos, profesor de Latín que debió exiliarse en agosto de 1936, antes de cumplir los treinta años, al ser sentenciado a muerte por quienes se alzaron al poder por la fuerza de las armas.
Bajo el infierno del día de San Fermín, con los cielos escupiendo fuego, pisó por primera vez esta ciudad de la que tanto había escuchado hablar. Al descender del Alvia que la trajo de Madrid y buscar un taxi en los exteriores de Vialia para llevarla a la Avenida de Alemania, donde estaba el que sería su hogar durante los próximos meses, Patricia, no pudo contener la emoción. Salamanca era, desde siempre, la meta de todos sus caminos.
Esa misma tarde, dejándose llevar de una aplicación en su móvil, acudió a conocer el entorno monumental e impregnarse de los aires de esta ciudad en la que clava parte de sus raíces. Con andares parsimoniosos y disfrutando cada rincón ya cerca de la puesta del sol, entre la magia de las dos luces, alcanza la Plaza Mayor a través del arco del Corrillo. Entonces, nada más pisar el empedrado de granito cerró los ojos y en su pensamiento volvía a ver a su bisabuelo paseando por allí, ataviado con esa capa charra con la que pidió ser amortajado (jamás regresó del exilio) y camino de la facultad en el mismo escenario del que tanto la habló. Y hasta sentía otra vez sus palabras, cuando le hablaba tanto de esa Salamanca de la que tuvo que huir para librarse de una muerte a la que fue condenado por quienes se alzaron al poder por la fuerza de las armas.

El milagro de Tentenecio

 Durante el paseo desde las Catedrales al encuentro del Puente Romano para disfrutar del espectáculo de las aguas del Tormes en su paso por la ciudad, Salamanca enseña algunas de las mejores joyas de su tesoro monumental en Tentenecio, antigua calle de Santa Catalina hasta que el milagro producido en ella cambió para siempre su sino. Esa vieja rúa levantada en cuesta y que durante siglos fue la principal entrada a la ciudad en el acceso del sur, ahora es imán turístico, con su belleza plasmada en miles de fotografías por los turistas que se inmortalizan en un marco único.

Tentenecio es monumentalidad y sobriedad es uno de los rincones con mayor encanto del casco antiguo, el que dejó rubricado el milagro de San Juan de Sahagún y ya para siempre forma parte de la misma esencia salmanticense. Cuentan que aquel sacerdote agustino que acabaría alcanzado la santidad se encontraba un día meditando en esa calle y, envuelto en sus silencios, le llamó la atención una algarabía de gentes que corrían asustadas. Apresurado intentó conocer el motivo de aquel pánico desatado hasta descubrir que se trataba de un toro escapado de la manada.

Tras provocar el susto en el gentío y en el momento que la res estaba a punto de embestir a una madre que llevaba a su hijo en brazos, Juan de Sahagún, el futuro santo, con la mano derecha mantenida en señal de paz lo distrae, para caminar despaciosamente al toro y poner su mano en la misma testuz al tiempo que decía ’tente necio’, provocando su sometimiento ante la sorpresa de unas gentes que gritan: ¡Milagro, milagro! A causa de ello la calle cambiaría su nombre –antes se llamaba de Santa Catalina-, para denominarse Tentenecio en la posteridad, en recuerdo de las palabras del santo que obraron el milagro. Hoy, casi seis siglos más tarde, ese lugar enseña alguna de las mejores joyas del tesoro monumental de Salamanca.

SAN ADRIÁN, UNA IGLESIA DESCONOCIDA

Fernando nació en Salamanca y hoy es un jubilado feliz. Comenzó trabajando a los 14 años como recadero y después de toda una vida como dependiente en varios comercios emblemáticos de la ciudad, entre ellos Mantequerías Paco o Almacenes Madruga, hace cinco años se jubiló anticipadamente y ahora se dedica a sus dos pasiones, la pesca y el fútbol. Nada más jubilarse se apuntó a un curso ofertado por el Ayuntamiento de Salamanca en la Asociación de Mayores de su barrio para aprender a manejar el mundo de internet y ahora pasa un par de horas al día leyendo los diarios digitales deportivos y cuanta información encuentra sobre el desaparecido equipo de sus amores, la Unión Deportiva Salamanca.
Fernando hoy vuelve de su cita con el dentista y, aunque en Salamanca todas las distancias son cortas, decide coger la línea 4 del autobús que le llevará a su casa en el Paseo de San Antonio, con la excusa de ver cómo baja el Tormes por la proximidad de la temporada de pesca.
En el autobús coincide con una pareja de turistas a quienes delata una cámara colgada al cuello de él y un mapa de la ciudad que despliega ella. Hasta que pueda vislumbrar el río en una parte del trayecto, Fernando escucha la conversación de la pareja de turistas.
Ella, mientras contemplan la muralla desde el autobús, le va contando que ahora van a "el otro bando de la guerra" situando su epicentro en la Iglesia de San Adrián. A Fernando no le suena de nada la existencia de esta iglesia en la ciudad y escucha atentamente; según va explicando ella, la iglesia estaba situada en el actual Parque de Colón y apenas quedan unos presumibles cimientos y algunas tumbas bajo los jardines. Le habla de un Ecce Homo y de unos milagros que se le atribuyen en la ciudad. Por lo que Fernando pudo entender, la iglesia, de gran valor artístico, bien conservada, con 7 siglos de antigüedad y con una arcada que la conectaba al Palacio de Orellana fue demolida para ensanchar la calle San Pablo.
La pareja de turistas solicitan parada en el Hotel San Polo y Fernando, que a medida que escuchaba la historia se iba haciendo pequeñito en su asiento, sigue su trayecto ensimismado en sus pensamientos. ¡Toda la vida en Salamanca y se ha dado cuenta que desconoce sus historias y leyendas!

 

El regreso de la antigua estudiante

María ha roto con su vida en Madrid. Un desengaño amoroso ha sido el detonante para trasladarse a Salamanca aprovechando una oferta en un estudio jurídico donde ejercerá la abogacía. Aunque falta una semana para incorporarse a su nuevo trabajo, ha venido con tiempo para instalarse en una casa que ha alquilado en el Paseo de Canalejas y volver a tomar contacto con una ciudad tan familiar para ella, ya que en su Viejo Estudio cursó Derecho, hace ya ocho años.
Esta tarde ha quedado con una vieja amiga de la carrera para tomar un café en la calle La Rúa y sale paseando un par de horas antes de la cita. Al llegar a la Gran Vía, los recuerdos de su época de estudiante se agolpan en su mente. Llega hasta la plaza del Mercado Central y accede por las escaleras de ‘Ochavo’ hasta la Plaza Mayor. A cada peldaño que sube se le acelera el corazón, cuando alcanza el último y levanta la vista queda paralizada y una frase de Unamuno asalta su mente: "Decíamos ayer..."
Una lágrima rueda por las mejillas de María; tiene la sensación de encontrarse en su casa, le resulta tan familiar que es como si la hubiera paseado el día anterior, como si nunca se hubiera ido de esta ciudad que la enamoró de estudiante. Decide cruzarla en diagonal y al llegar al centro del ágora no puede evitar recordar como muchas noches de juerga estudiantil terminaban ahí, tumbándose boca arriba, para tratar de ver los cuatro lados de la Plaza a la vez y se le escapa una sonrisa victoriosa, ella sabe que sí se puede. En vez de tomar la salida del Corrillo para ir al encuentro de su amiga, decide acercarse hasta el Palacio de Monterrey y desde allí alcanzar La Rúa por la Calle de la Compañía, que siempre le pareció la más bella de la ciudad y recuerda que cuando las cosas no le iban muy bien, cruzarla en una dirección u otra siempre la reconciliaba con el mundo.

EL PALACIO DEL OBISPO

En el viaje realizado por el general Franco a Salamanca los días 8 y 9 de mayo de 1954 para recibir las medallas de oro de la Ciudad y de la Provincia, así como los doctorados Honoris Causa por la Universidad de Salamanca y por la Universidad Pontificia, cuentan que al pasar delante de las Catedrales, su esposa Carmen Franco le dijo: “Mira Paco, ¡nuestra casa!”. Y la nostalgia envolvió a la asturiana al recordar los meses que residieron en ese lugar, en los primeros meses de la Guerra Civil, tras cedérselo el obispo don Enrique Plá y Deniel, e instalando también en sus instalaciones el cuartel general del Ejército sublevado en esos compases iniciales del conflicto bélico. Años más tarde y tras un meteórico ascenso, aquel obispo catalán, don Enrique Plá y Deniel, ya con la birreta de cardenal, alcanza la cátedra de Toledo y fue Primado de España.
Desde entonces, esos hechos protagonizados en ese sobrio y monumental palacio, en el que Franco hizo construir un bunker en el jardín que permaneció hasta el siglo XXI, vienen reflejados en los libros de la historia de España. Varios meses más tarde, y aún en el escenario de 1936, una vez que Franco marcha de Salamanca, el obispo lo recupera para su utilidad de residencia y como tal se mantuvo hasta mediados de la década de los 60. Entonces, el nuevo titular de la diócesis, don Mauro Rubio Repullés decide abandonarlo para irse a residir a un piso, al preferir la modestia y evitar la ostentación del lugar, además de necesitar un alto coste en la conservación de sus instalaciones, en una decisión tachada de populista por una sector de la sociedad charra más conservadora que etiquetó a aquel prelado de rojo y antifranquista.
Actualmente, ese magno edificio alberga el Museo de Historia de Salamanca, un lugar necesario para conocer esta ciudad desde que germinó la semilla de su existencia. Y más allá quedan también esas páginas escritas en la historia de España del siglo XX y protagonizadas en su interior, del que la esposa de Franco, al verlo de nuevo, se envolvió de nostalgia para recordar a su marido “Mira Paco, ¡nuestra casa!”.

 

UNAMUNO Y EL VIEJO TREN DE PORTUGAL

De aquel primer tren decimonónico que fue cordón umbilical entre Salamanca y Portugal quedó en la memoria el recuerdo del antiguo trazado por la ciudad y la posterior herencia de la Avenida de Portugal, la calle donde se asentaban las primitivas vías, mucho antes de levantarlas para convertirse en una de las principales arterias capitalinas. En aquel tren, con la estampa literaria que guardaban sus viejos vagones de madera y la inmensa estela de humo que desprendía la locomotora, viajaba don Miguel de Unamuno en sus desplazamientos al país hermano.
Don Miguel, el eminente rector, filósofo de influencia mundial y grandioso escritor a quien sus ideas políticas apartaron de ser distinguido con el premio Nobel, llegó a ser consejero de la sociedad Ferrocarril Salamanca-Frontera Portuguesa, promotora del Tren del Duero. Fue un cargo –de los muchos que acuñó en vida- que llevó a gala, sin faltar jamás a las reuniones anuales celebradas en Oporto, donde el único pago era poder disponer del medio obsequiándole con un quilométrico. Él, tan viajero, de espíritu libre, siempre receptivo a conocer, aprovechaba esos recorridos para inspirarse con los campos, los árboles, las montañas, los ríos… que regalaba el paisaje: Otra vez en el tren; fluyen los campos, / viene tierra y se va (...) Ay, mi Castilla junto al tren que pasa / los surcos de rastrojos que desfilan (...)".
Soñaba con el tren y en él viajaba también para encontrarse con su coetáneo, el político y escritor Guerra Junqueiro, a quien visitó varias veces en su quinta de Barca D’Alba, asomada al Douro, entre bancales de vides y naranjos. Siempre en ese tren que inspiró a dos genios de las letras ibéricas y en Salamanca dejó, entre otras, la herencia de la Avenida de Portugal, donde se asentaban las primitivas vías que llevaban al país hermano.

ESCALERAS DE PINTO

Aunque Salamanca sea una ciudad de calles llanas –y eso que, al igual que Roma, esté levantada sobre siete colinas, hecho por el que los romanos la bautizaron ‘Roma la chica’-, también nos regala varias escaleras muy queridas por sus gentes y que forman parte del escaparate capitalino. Varias de esas escaleras engrandecen su legado en las páginas de los libros de Historia. La de la Universidad, en su ascenso a la sabiduría; las de la catedral, que un día subió Lord Wellington para inspeccionar los vecinos territorios en tiempos bélicos de La Francesada; las de La Clerecía, tal altas porque los Jesuitas se picaron con los Dominicos y quisieron que las suyas fueran más visibles que las de San Esteban; más recientes son las de Gran Vía -conocidas por La Riojana- y de mucha fama las tres que acceden a la Plaza Mayor.
En estas últimas quiero homenajear las de Pinto, situadas en la esquina oriental del monumental ágora para comunicar ésta con la antigua plaza de La Verdura, hoy del Mercado y los Portales de San Antonio, llamadas así gracias a la farmacia existente en el siglo XIX de la que fue titular don Ángel Villar y Pinto, una personalidad en la ciudad. Antes, los grandes personajes impregnaban su sello y hasta daban nombre al lugar donde se asentaban. Y aquel farmacéutico fue un fundamental en la sociedad salmantina en la última mitad de la centuria decimonónica, cuyo legado continúa vivo hoy. Más tarde fue vecino suyo don Eladio Amorós Francés, un comerciante madrileño emigrado a Salamanca para fundar ‘La Revoltosa’, famosa zapatería durante varias décadas y padre de dos hijos, Eladio y Pepe Amorós, que fueron toreros de postín y llevaron el nombre de su querida Salamanca el mundo.
Más allá de la farmacia de don Ángel Villar y de la zapatería de don Eladio Amorós, esas escaleras de Pinto, son también un lugar de recuerdo entrañable donde un charlatán, el señor Palao, cautivaba a las gentes con su fácil oratoria y la facilidad para engatusar con algunas de las ‘maravillas’ que guardaba en su maleta. El señor Palao, durante años, fue por sí mismo un espectáculo callejero de una ciudad donde las escaleras de Pinto son un homenaje perpetuo a aquel farmacéutico que dejó su nombre inmortalizado en ese lugar.

Colón y Salamanca

 Hoy, cuando la figura histórica de Cristóbal Colón ha vuelto a la pomada de la actualidad por quienes pretenden cambiar los pasos de la historia es buen momento para recordar su paso por Salamanca. El navegante arriba a nuestra capital en el año 1.886 para tratar de encontrar ayuda para hacer posible su anhelado viaje a Las Indias, consciente de estar ante el último filón al que aferrarse. Desahuciado su proyecto por la Corona portuguesa, llega para encontrarse con Fray Diego Daza, el dominico confesor de la reina Isabel de Católica, al que intenta convencer para encontrar financiación a su proyecto después de haber demostrado que la tierra era redonda y por tanto, era posible alcanzar las Indias por una ruta diferente. En Salamanca quedaron rubricados aquellos históricos momentos que prendieron la mecha del Descubrimiento y, hoy, para conocerlos, es imprescindible acudir al lugar de estancia del navegante, el convento de San Esteban, y en él visitar el majestuoso claustro que lleva su nombre para impregnarse de esas jornadas que, pocos años más tarde, cambian el rumbo de la humanidad.

Cerca, a escasos minutos del majestuoso convento de San Esteban, Salamanca nos regala un sobrio monumento a Cristóbal Colón, situado en la plaza que da nombre al histórico marino y en uno de los rincones más hermosos de la capital. Es obra del escultor zamorano Eduardo Barrón González e inaugurado el 9 de septiembre de 1893. Enseguida la ironía popular comenzó a chascarrillear con sarcasmo sobre su postura, al apuntar con su dedo índice a oriente y por tanto en dirección contraria al lejano lugar que pretendía llegar, de ahí que las gentes dijeran:

¿Hacia dónde apunta Colón?

A la calle de Pan y Carbón.

También, al lado de la capital, en la finca Valcuevo, a escasos diez kilómetros, aguas del Tormes abajo, se encuentra el paraje donde fue recibido por los Dominicos y para testimoniarlo, en 1886, se levantó un obelisco, que sería el primer monumento civil dedicado a Colón, una obra desconocida para la mayor parte de la población. Y es que Salamanca prendió la mecha de un hecho que acabaría cambiando la humanidad, reflejado en un legado que ahora pretenden destruir quienes quieren cambiar el sino de la historia.

Los Bandos

Sentir la Plaza de Los Bandos es volver a inspirarse en las mejores páginas de Carmen Martín Gaite. De la niña Carmiña que disfrutó de su juventud en ese hermoso rincón y empezó a amar esa monumental Salamanca. La Salamanca de su juventud magistralmente impregnada en ‘Entre Visillos’, la novela que mejor relata la sociedad charra de los 60.

Este enclave, que hunde sus raíces en los albores del siglo XII, ha sido testigo mudo de numerosos capítulos de la historia de la vieja Helmántica y remonta nombre al siglo XV. Entonces, como consecuencia de un trágico suceso entre dos adineradas familias salmantinas -dos bandos- en el que perdieron la vida los hijos de doña María de Monrroy, llamada ´La Brava’ y cuya casa fue la primera construcción civil del ágora. Dicha enemistad entre familias duró hasta que se firmó la paz con San Juan de Sahagún -patrón de la ciudad- como testigo. Antes también acogió a la iglesia de Santo Tomé y contrajo matrimonio el príncipe Felipe II con María de Portugal.

La plaza de Los Bandos es, ante los ojos no viciados del visitante, un auténtico valor turístico pudiéndose observar majestuosas construcciones como el Palacio de Garci Grande de portada renacentista, fachada plateresca y sus imponentes ventanas en el chaflán; los restos del Palacio de Solís, del que se conservan parte de la portada y el balcón del palacio; la Iglesia del Carmen, o el edificio neoplateresco antigua sede se la Seguridad Social y actualmente Centro Documental de la Memoria Histórica.

Un busto de Carmen Martín Gaite, recuerda al visitante que esta salmantina universal nació y disfrutó los primeros años de su vida en esta plaza, rodeada de la magia e historia que la envuelve para forjarse una de las mejores escritoras del siglo XX. La que inspiró sus mejores páginas en este hermoso lugar, céntrico y coqueto, convertido en el perpetuo abrazo de la niña Carmiña con su querida Salamanca.

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