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Salamanca

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Salamanca, te sueño

 Textos: Paco Cañamero.

 

EL TESORO OCULTO DE SAN ADRIÁN

Juan es un salmantino que disfruta de su jubilación en Salamanca, su ciudad natal. Trabajó desde que salió de la escuela, a los 14 años en un conocido comercio de la ciudad, hace cinco años se jubiló anticipadamente y ahora se dedica a sus dos pasiones, la pesca y el fútbol. Al jubilarse se apuntó a un curso ofertado por el Ayuntamiento de Salamanca en la Asociación de Mayores de su barrio para aprender a manejar a manejar el infinito mundo de internet y ahora pasa un par de horas al día leyendo los diarios digitales deportivos y le gusta rastrear información encuentra sobre el equipo de sus amores, la extinta Unión Deportiva Salamanca.
Juan hoy vuelve de su cita con el médico de cabecera y, aunque en Salamanca todas las distancias son cortas, decide coger la línea 9 del autobús que le llevará a su casa en el Zurguén, con la excusa de ver cómo baja el Tormes por la proximidad de la temporada de pesca.
En el autobús coincide con un grupo de turistas a quienes delata por sus sombreros de colores, de las cámaras colgadas al cuello de él y un mapa de la ciudad que despliega ella. Hasta que pueda vislumbrar el río en una parte del trayecto, Juan escucha la conversación de los turistas.
Uno de ellos, mientras contempla la muralla desde el autobús, le va contando que ahora van a ‘el otro bando de la guerra’ situando su epicentro en la Iglesia de San Adrián. A Juan no le suena de nada la existencia de esta iglesia en la ciudad y escucha atentamente; según va explicando ella, la iglesia estaba situada en el actual Parque de Colón y apenas quedan unos presumibles cimientos y algunas tumbas bajo los jardines. Le habla de un Ecce Homo y de unos milagros que se le atribuyen en la ciudad. Por lo que Juan pudo entender, la iglesia, de gran valor artístico, bien conservada, con siete siglos de antigüedad y con una arcada que la conectaba al Palacio de Orellana fue demolida para ensanchar la calle San Pablo.
El grupo de turistas solicita parada en el centro de la ciudad y Juan, que a medida que escuchaba la historia se iba haciendo pequeñito en su asiento, sigue su trayecto ensimismado en sus pensamientos. ¡Toda la vida en Salamanca y se ha dado cuenta de historias y leyendas que desconoce!

LA SOLEDAD DE LA CALLE COMPAÑÍA

Hoy os contaré algo íntimo:
Hace unos días, tras largos meses de arduo trabajo, en la soledad del escritorio, se publicaba mi nuevo libro. Cada vez que esto ocurre, y este suma el 31 en mi bibliografía, me invade un gran sentimiento de vacío.
Es como si de repente aterrizara en el mundo real después de estar inmerso durante largo tiempo en la historia narrada y me siento perdido, sin brújula que me oriente. Supongo que a todos, en algún momento de la vida, por unas cosas u otras nos sentimos así alguna vez.
Caminar en soledad por la ciudad mitiga la ansiedad y revive mi alma. Pareciera que las calles tuvieran hilos invisibles que atan mis recuerdos para mostrármelos cada vez que paseo por ellas sin rumbo fijo, recreándome en el placer de disfrutarla plenamente; esas calles me devuelvan los recuerdos de mi infancia y los juegos con amigos; de mi adolescencia y juventud ligada a mi vida de estudiante... cada calle me sorprende con recuerdos que había perdido.
Caminar sin rumbo es dejar que la ciudad y los recuerdos que te devuelve marque el guion de tus pasos para llevarte al lugar que más paz te propicia; a mí me llevó, bien entrada la noche, hasta la Calle de la Compañía, la preciosa calle que siempre me reconcilia con el mundo.
¡Qué suerte ser salmantino!

 

EL REGRESO DE MANUELA

Hacía más de 20 años que Manuela no regresaba a su querida Salamanca. Establecida en Caracas disfrutó la prosperidad de aquel país, permitiéndole conseguir un notable patrimonio. Entonces, esperaba la llegada de septiembre para regresar al abrazo de su querida Salamanca, algo que fue el motor de su vida. Por eso, las dos largas décadas de ausencia supusieron un infierno interminable, que trataba de menguar bicheando los periódicos digitales de su tierra
Aquel día, desde que tomó el Auto-Res en Madrid, con la fiel compañía de su Víctor, su marido, sentía la emoción en los latidos del corazón y a cada momento se agolpaban las vivencias hacia su querida tierra. A la que tanto añoraba y más aún desde que el régimen chavista le arrebató parte de sus propiedades y las privaciones le impidieron poder realizar el esperado viaje anual.
Ahora, a medida que se acercaba la emoción se hacía más latente y desde el instante de entrar en la provincia, sus manos le temblaban ante la inmediata llegada, sin dejar de decir a su esposo, que también era charro, lo que significaba para ella. Unos kilómetros más adelante, antes de llegar a Matacán al comenzar a ver las torres de la Catedral, la emoción se hizo presente y entonces Manuela no pudo evitar cómo unas lágrimas humedecieron sus ojos. Porque para ella todo era especial, hasta la autovía que comunicaba con Madrid o la inmensa transformación sufrida por la ciudad en sus extrarradios.
Puntual llegó a la estación de autobuses, donde la esperaban varios familiares, a quienes abrazó con todo el cariño tras dos décadas sin verse. Manuel era dichosa y esa misma tarde al llegar a la plaza de Anaya para ir a la Catedral sintió que sus piernas se quedaban sin fuerza e inmediatamente entró en un túnel lleno de luz. A su lado, sus familiares, alarmados, trataban de reanimarla, mientras llegaba una ambulancia. Porque ella desde hacía tiempo no quiso más que ser feliz al volver a abrazar a su querida Salamanca.

 

EL ENCANTO DE LAS DOS LUCES

Aquella tarde veraniega, al salir de casa, no sabía qué dirección tomar. En las horas previas, al igual que ocurría de vez en cuando, aprovechaba para disfrutar del placer de una siesta y después, ya con la fresca, me dejaba llevar en largos paseos por la ciudad.
Ese verano que me condujo a Salamanca para perfeccionar el Español fue tan especial que, desde entonces, quedó herrado en mi alma hasta mi último suspiro el encanto de esa ciudad. Era un verdadero acontecimiento descubrir una monumentalidad única, especial, con encanto y una magia que imantaba. Estaba seguro que cuando llegase el momento de hacer la maleta para regresar a mi país se me erizaría el vello y mis ojos se humedecerían ante la emoción de decir adiós. Sería como romper el lazo con ese amor al que tanto has querido.
Al final de esa tarde, ya bajo la caricia del relente, decidí encaminar mis pasos hasta el Huerto de Calixto y Melibea después de que uno de mis profesores del curso, previamente, me mandase leer ‘La Celestina’, obra cumbre de Fernando de Rojas, con desenlace en el mágico lugar, del que ya para siempre quedé prendada.
Aún permanecía abierto y atravesé su puerta para alcanzar el pozo, al que arrojé una moneda para pedir un deseo y sentarme en el brocal. En ese instante dejé perder la mirada entre los encantos que regalaba Salamanca en el momento que llegaba el crepúsculo y, ya entre dos luces, los últimos rayos de sol teñían de oro las piedras de la ciudad, con las bellas formas zurcidas a golpe de cincel por las manos artesanas de los canteros. Y rodeado de tanta belleza tenías la misma sensación de acariciar el cielo.

SALAMANCA: DE PLOMO Y ORO
Salamanca ya luce de plomo y oro. Toda la gama de grises se extiende sobre el cielo de la ciudad para que resalte, aún más si cabe, su belleza.
Siempre he tenido la sensación de que el otoño vive enamorado de Salamanca y trata de seducirla cada año tiñendo de dorado y ocre las hojas de los árboles que, como fieles guardianes, escoltan al Tormes a su paso por la ciudad mientras el suave viento las va arrojando al río hasta ponerlo dorado.
Así es como el otoño regala a la ciudad que ama, un precioso espejo de oro viejo donde ella se refleja coqueta e imponente.
Son las emociones las que dan sentido a la vida, déjate envolver por todas las que proyecta el otoño en sus calles, sus plazas y todos sus rincones; paséala, disfruta de todas ellas, de cerca y hasta donde te llegue la vista, sin olvidar que Salamanca es solo tuya porque aunque sean muchas las personas que la admiran, despertará en cada una de ellas una emoción distinta, y es ahí y solo ahí, donde se esconde la grandeza de un sentimiento.
El otoño llegó a Salamanca y será un placer caminar por su senda. ¡¿Te lo vas a perder?!

 

LOS COLORES DEL OTOÑO

Llegaba el día de San Mateo y el otoño se hacía presente. La víspera habíamos ido a pasar la tarde a la terraza del Parador para maravillarnos de la más hermosa postal que regala Salamanca. Allí, bajo los tenues rayos de sol, era una maravilla dejar perder la mirada entre el espectáculo del alto soto de torres unamuniano, con el Tormes a los pies y reflejada sobre sus calmas aguas las catedrales, solamente difuminadas por el paso de una barca a remos donde navegaba una joven pareja. En los cielos, unos cúmulos mostraban caprichosas formas que eran una invitación a soñar. A soñar en los albores del otoño, la estación de la melancolía y que inspira a los poetas.
Amarilleaban los membrillos en las huertas cercanas al río y las fruterías ya mostraban en sus escaparates las primeras castañas recolectadas en la sierra, mientras alzaba la mirada para ver la estela blanca de un avión que surcaba los cielos, posiblemente hacía las Américas.
Las primeras hojas caían de los chopos de la ribera para deslizarse suavemente en el suelo y después volar a merced de los vientos. Entonces, la pareja que hace un rato remaba en una barca sobre las aguas del Tormes, se besaba apasionadamente en la orilla. Porque había llegado el otoño, la estación de la melancolía y que inspira a los poetas. También la del amor.

¡LA PLAZA MAYOR DEL MUNDO!
Caminamos por las calles del centro bajo el buen tempero que regalaba la mañana primaveral y acabamos en la Plaza Mayor. Inevitable lugar de encuentro y cruce de todos los caminos en el escaparate de la Salamanca cosmopolita abierta a todas las lenguas y culturas.
-¿Qué te parece?
-Me encanta. Más que la Plaza Mayor de Salamanca para mí es la Plaza Mayor del mundo.
Sentados sobre un banco de granito del lado del pabellón de Petrineros observaron el paisanaje que se presentaba ante sus ojos y disfrutando del maravilloso recinto; enfrente, el Pabellón Real, con su inmenso arco de San Fernando.
En medio de tanta paz era una delicia escuchar a Cristina los detalles que contaba de ese lugar tan hermoso, más aún para quienes lo pisaba por primera y era toda una bendición perder la mirada entre la maravilla de esa piedra de color avellana y zurcida a golpe de cincel con las formas tan hermosas y simétricas.
- Es una joya. Aunque no se has visto la película ‘Mientras dure la Guerra’, en la que aparece con jardines.
- Si la he visto y me llamó la atención. Me estaba acordando ahora de ese detalle.
- En la época que estaba ambientada los tenía y conservó hasta 1954 esos jardines tan preciosos, además de un templete para la música en el centro. Pero los quitaron y no creas que gustó mucho, poca gente quería verla así como está ahora, tan diáfana.
- Es bonita la mires por donde la mires.
- Sí, pero fíjate que al quitar los jardines la gente decía:
“La plaza de Salamanca, antes era un vergel y ahora la han dejado como el patio de un cuartel”.
-¿A qué se debió la eliminación de los jardines?
- ¡A una visita de Franco en la primavera de 1954! Para que la muchedumbre pudiera entrar y vitorearlo. A partir de ese momento y durante veinte años se aprovechaba para aparcar; después ya se prohibió el acceso en vehículo y quedó peatonal, como la vemos ahora.

 

 ¡ESTOY EN MI CASA!
Vuela hoy mi recuerdo para todos aquellos salmantinos que por diferentes circunstancias emprendieron su vida lejos de Salamanca.
Al marchar llenaron su maleta de sueños, apasionantes proyectos laborales, alegría por una vida nueva, aventura, amor...sea cual fuere la razón de su partida, en ninguna de esas maletas faltó la nostalgia.
Nostalgia de los recuerdos su infancia, de su familia, de los rincones de su ciudad, los olores, los colores de sus piedras, nostalgia del camino andado hasta llegar al destino en el que hoy se encuentran.
Para el charro que está lejos, Salamanca está siempre presente en sus pensamientos, ligada a grandes y bellos momentos de su vida y esa nostalgia es un oasis de inspiración en los malos momentos, un remanso de paz donde refugiarse, recordar y coger fuerza.
Hay una historia detrás de cada salmantino que se fue pero también un deseo común en todos ellos: Volver a su ciudad, esa que los añora y a quienes siempre agradece su contribución al recordarla en la distancia, al hablar de ella de manera tan apasionada; no hay mejor embajador de Salamanca que el salmantino ausente, cuyo objetivo es regresar en vacaciones, en navidades, una escapada de fin de semana... y volver a encontrarse con sus calles, con sus rincones, pasear su Plaza Mayor o disfrutar de su ambiente.
Salamanca les espera, siempre bella, siempre acogedora, ansiosa por devolverle los más bellos recuerdos de quienes se marcharon; una madre que nada reprocha y recibe con los brazos abiertos al hijo que vuelve.
Vuela hoy, desde esta página, un abrazo y el deseo de volver a veros pronto, de compartir con vosotros, de ver en vuestros ojos la alegría al volver a pasear vuestra ciudad teniendo la sensación de que nunca os fuisteis, respirar profundo y exclamar de nuevo ‘¡Estoy en mi casa!’.

 

EL CRISTO DE LAS BATALLAS  

Aún no ha salido el sol cuando las calles de Salamanca, apenas transitadas en la madrugada, van siendo ocupadas por el ajetreo propio de cada día; un torrente de vida comienza a correr por las arterias de sus calles.
Salamanca se cuenta, se canta y sobre todo se vive disfrutando de sus calles, de sus secretos y sus misterios.
A cada paso, en cada rincón, se respira historia e historias. 2700 años, desde que naciera en el alto del Cerro de San Vicente, para convertirse en uno de los museos al aire libre más bellos del mundo, dan para mucho.
Muchas son las joyas que se esconden tras los muros de la ciudad, la mayor parte de ellas tuvieron su momento en la historia y hoy pasan casi desapercibidas. 
Una de ellas, olvidada por muchos y desconocida por algunos es el Santísimo Cristo de las Batallas, una talla del siglo XII, que presidía las liturgias en las campañas militares de Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Al tiempo de morir el Cid, su capellán, Ieronimo de Perigord, es nombrado obispo de la Salamanca, quien trae la talla a Salamanca junto al testamento del más famoso líder militar castellano de la historia. 
Dicho Cristo, gozó de gran fervor en los siglos XVII y XVIII y fama de milagroso. Seas creyente o no, acércate a de admirar un pedazo de la historia de España que se encuentra custodiado en la Catedral Nueva.
Mientras la vida fluye y discurre como un torrente por toda la ciudad, permanecen pacientes y sigilosos miles de secretos, misterios y curiosidades esperando a que tú los descubras.
¡Todo esto y más, solo en Salamanca, la ciudad que nunca defrauda. El límite lo pones tú! ¿Te la vas a perder?
 

CALDERÓN DE LA BARCA, UN ‘SIMPA’ EN SALAMANCA

La ciudad abre el telón a un nuevo curso escolar. A lo largo de estas semanas miles de estudiantes llegan a una Salamanca que ya para siempre va a formar parte de sus vidas. Son herederos de tantos otros jóvenes que un buen día arribaron para formarse y dejaron escritas tantas vivencias.

Cuatro siglos atrás, uno de aquellos muchachos que vino a estudiar a Salamanca fue nada menos que Pedro Calderón de la Barca, el insigne escritor, uno de los abanderados del Siglo de Oro, quien rubricó uno de los capítulos más negros de su biografía al dar con sus huesos en prisión por marcharse sin pagar parte del alquiler de la vivienda donde residía. Vamos que Calderón de la Barca fue protagonista de un ‘simpa’, que se dice ahora.

Llegó a finales de septiembre de 1617, siendo un jovenzuelo de 18 años para cursar estudios de Derecho y junto a otros compañeros alquiló una casa para instalar su residencia, tras firmar el contrato de un año, a razón de 600 reales pagados en tres plazos. Cumpliendo los dos primeros requisitos, al finalizar el curso, los inquilinos marchan a Madrid sin satisfacer la obligatoriedad del tercer plazo. Entonces, el dueño reclama la deuda ante el Colegio de San Millán, en esa época juez supremo de la Universidad.

Tras varias demandas y requerimientos de la propiedad, Calderón de la Barca es obligado a venir a Salamanca para reconocer la deuda. Entonces, al no poder satisfacerla, ingresa en la cárcel el 6 de noviembre y permanece preso hasta al 8 de noviembre de 1618. Ese día el juez le concede la libertad tras firmarle una nueva prórroga de un mes para abonar la cantidad pendiente.

REMEMBRANZAS

Tras su jubilación, el señor José aprovecha cada mañana para bajar a la Plaza Mayor dándose un paseo hasta encontrarse con algún viejo amigo. Desde hace más de medio siglo reside en el barrio de Garrido y Bermejo, aunque sin perder el contacto con el centro debido a su trabajo administrativo en la oficina principal de la desaparecida Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca.
Llegadas las ferias disfruta con las fechas más especiales de su particular calendario y, envuelto en el bullicio, es feliz al abrazar a algún antiguo compañero para desenrollar vivencias del carrete de la vida. O comentar los pormenores de la actualidad. Sin embargo, en estas ferias, huérfanas de programación, echa de menos su pasión taurina en La Glorieta y mata la añoranza rememorando tantas tardes de triunfo disfrutadas en el coso charro. Y también recordando a su admirado Santiago Martín ‘El Viti’, a quien aplaudió en numerosas plazas de España. Siempre fresco el recuerdo al maestro de Vitigudino, aún se emociona al encontrarlo por la calle para detenerse a saludarlo con la admiración que siempre le tributó. Por esa razón, algunas mañanas le gusta acudir al Museo Taurino para volver a contemplar el legado de El Viti y de paso improvisar una tertulia con el encargado, Pablo del Castillo, gran conocedor de la Tauromaquia.
Porque el toreo, junto a la pelota a mano han sido las dos grandes aficiones del señor José, aunque lamenta que la actividad deportiva apenas la puede disfrutar desde hace años por la escasa celebración de partidos, añorando aquellos disfrutados en su juventud. Cuando en el antiguo frontón del Botánico, rebosante de público, la pelota era otro de los espectáculos de las ferias y aún siente en sus adentros restrellar la pelota sobre la pared en medio de la admiración de los asistentes.

Volver, volver… volveremos.

Parafraseando a Carlos Gardel, el más grande de los cantantes argentinos, con su magistral tango ‘Volver’, uno de sus gracias éxitos que no pierde vigencia en el transcurso de los años, Salamanca pronto recuperará la luz y alegría que es sello de identidad de esas ferias y fiestas que, en esta ocasión, habitan en el nido de la añoranza. Del recuerdo de esos días de septiembre los más esperados que marcan un antes y después en el calendario de sus gentes.
Volverá el jolgorio y dentro de un año, la ciudad se echará otra vez a la calle para honrar a la Virgen de la Vega en la ofrenda floral más hermosa que existe en la vieja Iberia y esta debería volver a llenar de fervor y charrería las calles de la ciudad. Muy pronto, a la vuelta de las próximas ferias, Salamanca se vestirá de gala para honrar a su patrona en las ferias y fiestas tan esperadas. Y en esas fechas de jolgorio regresarán las atracciones a La Aldehuela en ese particular mundo de tanto colorido; y destacará la carpa del circo y su juego de colores, con esos números que cautivan a los pequeños y mayores; las obras del Teatro al Liceo y actuaciones musicales en la Plaza Mayor, sin olvidar esas tardes de toros en La Glorieta que acercan a la ciudad a cientos de aficionados y su presencia significa un importante revulsivo económico para la economía.
Y se llenarán las calles céntricas de gente deseosa de disfrutar de una ciudad que abre de par en par las puertas de su hospitalidad, porque septiembre, el mes de la vendimia y que dice adiós al verano para levantar el telón del otoño, la estación de los poetas, transforma a Salamanca en una fiesta. Hasta entonces soñaremos con ‘Volver’, del genial Gardel.

 ENAMORADO DE TI, SALAMANCA

Quiero volver a verte, mi querida Salamanca. A acariciarte con mi mirada mientras paseo tus calles. Impregnarme de ti, de tu alto soto de torres que también enamoró a Miguel de Unamuno, aquel sabio bilbaíno que ya para siempre quiso vivir a tu lado, entre tu belleza y la sabiduría que regalas desde hace más de ocho siglos gracias a tu Viejo Estudio, faro cultural de España y América.
Siento ya el momento de volver a respirar tus aires para abrazarte con emoción y perderme entre la magia de tu Plaza Mayor, de cautivarme de nuevo en tu ágora, el más artístico del mundo. De sentarme a ver pasar la vida desde el Novelty y saludar a don Gonzalo Torrente Ballester, con sus gozos y sombras, quien desde este rincón disfrutó tantos momentos de la vida, siempre con su fiel cigarrillo y el vermú de Reus. Desde allí a Los Escudos, a la casa de Arcadio a degustar un plato de jamón, el exquisito manjar de nuestra tierra, regado por un buen tinto antes de perderse en el embrujo del Barrio Antiguo
En el Corrillo, la plazuela que despide a la Plaza Mayor, invita al recuerdo de Adares, quien tantas veces observó cada detalle con su mirada bondadosa, los andares jorobados y una larga barba blanca que delataba la sabiduría de aquel humilde poeta cantor de la paz, para adentrarnos en la calle Menéndez y al final, ligeramente a la izquierda, sentir el impulso del corazón ante la aparición de La Casa de Las Conchas y enfrente, cual vigilante celosa de tanta guapura, las dos torres de La Clerecía. Es la Salamanca que regala lo maravillosa que puede ser y que hay que descubrirla, paso a paso, con la misma lentitud que se besa a la mujer soñada. 
 

LA VIEJA ACEÑA DEL ARRABAL

Marché caminando hasta las orillas del Tormes cuando aún era noche cerrada y, por oriente, aún no habían roto los primeras claras para subir el telón de un nuevo día. A esas horas, bajo la luz de las farolas, la soledad era la compañera en los errantes pasos por la calle San Pablo y una brisa fresca agradecía la prenda de abrigo. Pronto, al alcanzar la Avenida de los Reyes de España comenzó a romper el alba y enseguida, al caminar ya por el puente ‘Enrique Estevan’ me apoyé sobre la barandilla para contemplar el bello espectáculo que nos regala cada jornada de un nuevo amanecer.
A la izquierda, las sombras de las Catedrales comenzaban a tornarse en un hermoso color, que era el alumbramiento a una nueva vida; mientras el sol asomaba, como una gran bola de fuego en los horizontes, que lentamente iba ascendiendo en el milagro de la vida. En pocos minutos ya era de día y la ciudad despertaba, a la par que comenzaban a llegar los primeros deportistas a las zonas aledañas del Tormes para correr y hacer deporte. Entonces seguí caminando hasta alcanzar el final del puente y descender hasta la orilla del río, donde sobre sus aguas varios patos también comenzaban un nuevo día, tratando de alejarse de una pareja de pescadores recién llegada.
Entonces me senté muy cerca de la vieja aceña del Arrabal para observar frente a mí la maravillosa ciudad reflejada sobre las aguas del río. Porque no hay espejo más hermoso que el Tormes, acicalado y remansado para poder disfrutar de la magia de Salamanca. Tras un buen rato obnubilado decidí volver sobre mis pasos, pero antes no pude menos que contemplar el viejo edifico de la aceña del Arrabal para quedar cautivado ante él, ante ese monumento al que no visitan los turistas, pero siempre ha sido otra estampa de bienvenida a la ciudad.

LA LEYENDA DE LA CUEVA DE SALAMANCA

Antonio Ortigâo es un portugués muy aficionado a la parasicología. Licenciado en Letras por la Universidad de Coimbra lo movía especialmente conocer la Cueva de Salamanca, una de las muchas joyas que guarda en su cofre monumental la ciudad del Tormes. Había leído cuanto cayó en sus manos y la curiosidad lo llevó a visitarla por primera vez hace varios años para embeber cuantas leyendas habían surgido de aquel rincón ubicado junto a la Torre de Marqués de Villena y la Cerca Vieja, en la parte más antigua de la muralla. En esta ocasión repetía viaje acompañado de Margarida, su mujer, otra enamorada de Salamanca.

Con ella regresaba ahora, especialmente para volver a pisar en ese lugar nacido como cripta de la antigua iglesia de San Cebrián. Un templo derribado en el siglo XVI y del que queda únicamente queda la hoy llamada Cueva de Salamanca.

  • ¿Y qué te atrae de ella? –Inquirió Margarida-
  • Está envuelto en una curiosa leyenda. –Contestó él-.
  • ¿Cuál es?
  • Dicen que en esa cueva Satanás daba clase a 7 alumnos durante 7 años y al terminar uno se tenía q quedar con él. El elegido, que fue el marqués de Villena, engañó al diablo y se marcho. Por hacerlo perdió su sombra
  • ¡El hombre sin sombra!
  • Ese hecho de pretender engañar al diablo ya lo dejó marcado para el resto de sus días.
  • La verdad que es una leyenda muy misteriosa la que encierra La Cueva de Salamanca.

 

EL ROMERO DE LA PLAZA DE ANAYA

 
 Son las 7 de la mañana del viernes cuando Carlos, empresario madrileño, sale de su casa y toma el ascensor hasta el garaje para ir a su oficina como cada día. Su móvil suena incesante; el sonido de las constantes llamadas durante la semana, el exceso de trabajo y el estrés han llenado de nubarrones negros su cabeza. Al detenerse el ascensor, rechaza la llamada entrante y vuelve a subir a casa, mete en una bolsa de viaje lo necesario para dos días y llama a la oficina. Se toma el día libre.
Ya, al volante de su coche, respira libertad, necesita una catarsis en su vida y el lugar donde escaparse y poner sus ideas en orden no es otro que su amada Salamanca.
Siempre encontró la paz paseando sus calles, admirando embobado sus edificios, sintiendo la vida en sus calles. Salamanca le da la paz que Madrid y sus prisas le quitan.
A las 11 de la mañana ya está registrado en un hotel de la ciudad y comienza a pasear sus calles, a imbuirse en el embrujo que le produce cruzar la calle de la Compañía, a soñar con la historia de los pasos de Unamuno, hasta llegar a la Plaza de Anaya para sentarse en su escalinata y, mientras la visión de la Catedral va disipando las tormentas de su mente, la agradable temperatura de la mañana reconforta su alma.
¡Se han parado los relojes, solo hay paz, la paz que vino a buscar y tan poco ha tardado en encontrar!
Cruzando los jardines se le acerca una gitana
- Carita de ángel, cómprame una ramita de romero, para que se vaya lo malo y venga lo bueno.
Carlos, sonriendo, saca del bolsillo de sus jeans un billete de 10 euros que pone en la mano de la simpática gitana:
- Hazme un favor, guárdate ese romero y se lo regalas en mi nombre a la primera persona que te diga que esta plaza no le transmite paz.
La gitana entre agradecida y extrañada exclamó:
- ¡Eso es imposible!
-¿Sabes? -le dijo Carlos- Salamanca es ‘mi romero’, no te ofendas pero no necesito ese. Cuando las cosas me van bien, viajo a Salamanca para celebrarlo y perderme en la magia de la noche disfrutando de su ocio nocturno; cuando las cosas me van mal, viajo a Salamanca a admirar su monumentalidad, calmar las tormentas de mi mente y encontrar la paz que busco; y en los momentos en que mi vida se torna aburrida y no encuentro nada interesante, viajo a Salamanca y dejo que la aventura me sorprenda.
-¡Estás loco! -le espetó divertida la gitana-.
-Sí -le respondió Carlos- pero un loco feliz en su paraíso.
La gitana se quedó mirando cómo se alejaba uno de los ‘clientes’ más raros de los últimos días mientras acertó a escuchar como Carlos comenzó a hablar por su teléfono:
-¡¿Isabel?!, no te lo vas a creer, estoy en Salamanca, dime dónde tomamos un vino, me quedo todo el finde.
 

 

LA MAGIA DE LA CASA DE LAS CONCHAS

¡Qué maravilla! (indicó Jesús a su amiga Teresa mientras observaba La Casa de las Conchas desde las escaleras de La Clerecía).
-¿Te la imaginabas así?
-Aún impresiona más al natural que en fotografías o videos. 
Jesús, procedente de la localidad valenciana de Játiva, se encontraba de excursión en Salamanca junto a sus compañeros de instituto. Le encanta el arte y de hecho iba a estudiar el grado de Historia del Arte, por lo que desde muy niño curioseó cuando caía en sus manos. Pero Salamanca era especial para él y por esa razón, este viaje, el primero que hacía a la capital del Tormes, era diferente al resto. Sentía que era como el primer beso con un nuevo amor. 
Sin embargo, en el racimo monumental, había algo que lo cautivaba más aún: La Casa de las Conchas. Esa era una referencia que a él siempre le llamó tanto la atención que, con frecuencia, buscaba información sobre ella en el inmenso mundo de Google. E incluso había podido adquirir varios libros sobre ese majestuoso edificio levantado entre 1493 y 1517. En silencio no dejaba de admirar la sucesión de conchas en sus paredes, las ventanas góticas, la puerta dintelada principal… o cualquiera de los detalles que fotografiaba con su Canon, además de sacarse un selfie, con el monumento a sus espaldas, para subirlo rápidamente a sus redes sociales de Tuitter, Facebook e Instagram.
Tras el encuentro inicial, que fue una especie de flechazo, Jesús, comentó pormenores del monumento con Teresa, compañera de estudios con quien compartía tantos gustos y aficiones. 
-Lo que más me llama la atención al leer cosas sobre La Casa de las Conchas es que los Jesuitas, dueños de esta iglesia de La Clerecía, quisieron comprarla e incluso utilizaron un montón de artimañas para hacerse con ella. Lo triste era el destino que pretendían darle.
-¿Cuál? (preguntó Teresa).
-Su idea era derribar el edificio, porque le restaba visibilidad a La Clerecía. Afortunadamente no lo consiguieron. Para eso sirve para que te des cuenta las aberraciones tan grandes que se han cometido y el analfabetismo que se ha hecho presente tantas veces por meros intereses. 
 

EL BELMONTEÑO QUE SE INSPIRABA CON FRAY LUIS

El profesor José Antonio Romeo en sus frecuentes viajes a Salamanca siempre aprovechaba para ir hasta el Patio de Escuelas y admirar la escultura de Fray León de León, de quien es paisano, al haber nacido ambos en la villa conquense de Belmonte.

Inquieto por conocer más detalles, gusta de contemplar la escultura de Nicasio Sevilla inaugurada en 1869 para rendir homenaje a tan magno personaje. A ese Fray Luis de León, que un buen día vino a estudiar Salamanca y aquí se hizo fraile para acabar representando la Edad de Oro de la Universidad de Salamanca, la libertad de pensamiento y el valor de la lengua Española.

A Romeo le encanta conocer nuevos parajes de la vida de su paisano y profundizar cada día más en su obra literaria. De hecho en sus bibliotecas descansan la totalidad de los títulos de quien fue uno de los ases de la baraja poética de la segunda parte de Renacimiento Español.

Sin embargo lo que más le llamaba la atención es que alguien de tanta relevancia acabase en la cárcel por disputas entre diferentes órdenes religiosas y los celos y envidias. Por zancadillas que acabaron conduciéndolo a la cárcel de Valladolid donde pasó cuatro interminables años y de los que dejó escrita una frase sentenciosa en una de las paredes de su celda.

“Aquí la envidia y mentira me tuvieron encerrado...”.

Durante los años enrejado, transcurridos entre de marzo de 1572 y diciembre de 1576, denuncia la lentitud de la burocracia y la maldad de sus acusadores. Entonces, el día que recupera la libertad y con la felicidad del momento encamina los pasos a su cátedra en la Universidad de Salamanca, donde no pretende más que borrar ese triste paso por la prisión. Al volver a las aulas de sus labios sale esa famosa frase que acabaría siendo definitiva en su biografía: “Decíamos ayer”. La misma que siempre revolotea en el recuerdo de José Antonio Romeo cuando pisa otra vez las históricas calles de Salamanca para abrazar el recuerdo de su paisano más universal.

EL VENDEDOR DE POSTALES

Manuel Salazar dedicó media vida a vender postales a los turistas que se deambulaban por los aledaños Catedral. Entonces, los más despistados aprovechaban para preguntarle por diferentes tesoros monumentales de la capital y el respondía con la experiencia adquirida al cabo del tiempo, siempre con una salida natural –en ocasiones incluso fabulada- que a todos dejaba satisfechos. Era un hombre locuaz, alto y vareado, vestido casi siempre con ropas oscuras y tocado por un sombrero que le daba aspecto de viejo patriarca. Al sonreír dejaba ver un diente de oro, que asomaban desafiante junto a un ennegrecido rostro, curtido por las cicatrices del tiempo, donde con la llegada de los calores, era frecuente que unas gotas de sudor perlasen su frente.
Sin faltar ningún día a la particular cita con los turistas, arrastrando un carrito de os ruedas, donde guardaba la particular mercancía, su estampa fue clásica alrededor del monumento catedralicia; también el Patio de Escuelas, a la caza de quienes rondaban en busca de la rana por la cercana fachada de la Universidad e incluso algún fin de semana hasta por la Plaza Mayor, donde se ganaba el sustento hasta volver a casa y archivar otra jornada. En esos lugares, a casi nadie pasaba inadvertida su estampa y de hecho, muchos turistas, en nuevos regresos a Salamanca, nada más verlo solían dirigirse a él y siempre aprovechaba para vender la última tendencia en postales o un llavero donde se leía ‘Salamanca, arte, saber y toros’, porque de aquel negocio tenía que sacar adelante a su larga prole.
Un buen día desapareció y ya nadie volvió a saber de aquel vendedor de postales tan pintoresco, quien al sonreír dejaba ver un diente de oro que asomaba desafiante. De un personaje de ennegrecido rostro, donde con la llegada de los calores unas gotas de sudor perlaban su frente y fue otro símbolo de la Salamanca monumental.

UNA CASA DE LA FELICIDAD

Hace varias semanas, el estadio Helmántico -otro monumento más de la ciudad, aunque no venga en las guías turísticas- cumplió su primer medio siglo. De entonces hasta hoy ha transcurrido mucha vida y ese recinto, que ha sido un orgullo de la ciudad, mantiene la coquetería y glamour, con la belleza de la madurez, que lo convirtieron en una cancha futbolística tan singular.
El Helmántico fue un símbolo del fútbol español en los tres últimos decenios del pasado siglo, especialmente durante los años que el Salamanca –la querida, entrañable y llorada UDS- se tuteó con los grandes en Primera División. Allí, sobre ese magnífico tapete, envidiado por todos los equipos que visitaban el Helmántico, admiramos a los grandes jugadores que coleccionábamos en los cromos de ‘Panini’ y eran los ídolos de la época. Primero los nuestros, con el fabuloso Alves, el genio portugués de los guantes negros; los argentinos D’Alessandro y Rezza; tiempos de Sánchez Barrios, en un altar tras el gol de leyenda al Betis que convirtió a Salamanca en una fiesta y nos llevó al Olimpo de los grandes, a la clase de Robi, a Lanchas, a Corominas, a Enrique, a Pepe, a Pedraza, a Martínez, a Juanjo, al magnífico Lobo Diarte, a Ángel, a Huerta, a Rial, a Ameijenda, a Carlitos Báez, a Bustillo, a Tomé, a Pita, a Ito, a Pérez… en aquella primera gloriosa. Después volvieron más tiempos felices con años gloriosos y otros jugadores que fueron llegando para contribuir a la grandeza del equipo y continuar escribiendo páginas históricas en el Helmántico.
Hoy miramos atrás con nostalgia, envueltos en los recuerdos la felicidad de haber crecido con equipo de tu tierra en la élite y un maravilloso campo que cada dos semanas se llenaba de aficionados, junto a otros muchos venidos de diferentes puntos del país y daban un toque tan colorista a la ciudad llenando hoteles y restaurantes. Porque el Hemántico es otro monumento más de la ciudad, aunque este no venga en las guías turísticas

 

GABRIEL Y GALÁN

A José María Gabriel y Galán, al más grande de nuestros poetas, se le disfruta y se le lee. Aquel maestro de primeras letras nacido en Frades de la Sierra que acabó en la cacereña localidad de Guijo de Granadilla, tras casarse con la rica del lugar, se le siente y se le vive gracias a su herencia, en el inmenso legado poético de una obra genial. Nadie como él ha sabido cantar los valores y tradiciones de la charrería, de las gentes y tradiciones del campo. Ese sentimiento salmantino, siempre afín a su querida tierra, acabó desembocando en esa vecina Extremadura que lo adoptó y ya desde siempre, ambas se disputaron a ese genio de las letras que encontró tan prematura muerte. Cuando le quedaban por delante tantos años para seguir enriqueciendo nuestra Lengua y consagrarse como un genio.

            Aquel Gabriel y Galán desde muy joven fue figura literaria tras alzarse triunfador en los Juegos Florales celebrados en Salamanca a principio del siglo XX con el poema ‘El Ama’ dedicado a su madre (Yo aprendí en el hogar en qué se funda/la dicha más perfecta,/ y para hacerla mía/ quise yo ser como mi padre era y busqué una mujer como mi madre/ entre las hijas de mi hidalga tierra). Desde allí ascendió al Olimpo de las letras avalado por don Miguel de Unamuno, presidente de aquel jurado que le otorgó la Flor Natural y nunca escatimaría elogios al joven vate que se consagraba para orgullo de su provincia natal, la misma que le dedicó con su nombre infinidad de calles en casi todos los pueblos. Y hasta los más pequeños aprendían a leer con sus poesías.

Hoy vuelvo a sentir a Gabriel y Galán al desempolvar su poemario para releer ‘Castellanas’ y después ‘Extremeñas’, las dos regiones que supo unir para crear un puente sentimental entre ambas con ese río Alagón que fue fuente de su inspiración y, al igual que él, marca los principales lugares de su vida, porque también nace en Frades de la Sierra y pasa por El Guijo de Granadilla, donde muy cerca está ese pantano que lleva su nombre.

Y lo vuelvo a sentir gracias a su herencia en el inmenso legado poético de una obra genial que en Salamanca está muy viva.

 

¡LA DESOLADORA FRANCESADA!

El sol caía a plomo sobre Salamanca. Era el inicio de verano y los cielos escupían fuego. Buscando el cobijo de las sombras, el inglés Peter Delon, profesor de Historia en un centro educativo situado en los suburbios de Londres, visitó los principales monumentos. Delon había estado en la ciudad hacía treinta años; entonces lo hizo influenciado por la lectura del ‘Estudiante de Salamanca’, el poemario de Espronceda y prometió volver para admirarla más despacio y disfrutarla sin prisas, como el beso de dos enamorados.
El regreso se veía cumplido para impregnarse de la historia y monumentalidad de una ciudad tallada en esas piedras de Villamayor que al caer la tarde la tiñen de oro. Parapetado de su cámara fotográfica aprovechó cada minuto que le regaló el día, hasta que el final, ya con la tarde caída y descender de las torres de La Clerecía, con el evidente cansancio, antes de marchar al hotel en busca de reconfortante ducha, Peter Delon mostraba la emoción y aseguraba que Salamanca era una de las ciudades más bellas del mundo. Un lugar donde siempre hay que sacar billete de vuelta.
-Señor Delon, sepa usted que ha admirado la tercera parte de la enorme monumentalidad que contó la ciudad. En la Guerra de la Independencia, que aquí también llamamos ‘la francesada’, se destruyó un importante legado de magníficos edificios que hoy serían una referencia artística, además de una parte de la muralla, junto al ingente expolio llevado a cabo por las tropas de Napoleón.
- ¡Resulta increíble! Más al verla ahora tan bien conservada –señaló Peter Delon-.
- Primero echaron abajo grandes edificios para crear sistemas defensivos con sus materiales; después, en 1812, llega lo más grave, con la explosión de un céntrico polvorín, perdiéndose la zona donde estaba ubicado el mejor barrio de la ciudad. Encima pudo ser aún peor, porque de explotar la ingente cantidad de pólvora almacenada en la iglesia de La Purísima hubiera acabado con este templo, además del vecino Palacio de Monterrey y de haber afectado a los vecinos lugares.
Reverberaba en su rostro los últimos soles del final de esa jornada y unos gotas de sudor perlaban su frente, cuando el inglés Peter Delon seguía maravillado de la magia que encerraba Salamanca.

EL CAÑO MAMARON

La fuente del Caño Mamarón continúa en su ubicación de siempre, viendo pasar el tiempo después de haber sido testigo de la enorme transformación sufrida por la ciudad. Viejo manantial de finas aguas, centro de reunión de criadas, lugar de paso y también de encuentro, allí se mantiene integrada en el paisaje capitalino del siglo XXI.
Superviviente de arreglos y nuevos planes urbanísticos que, en alguna ocasión, la condenaron al derribo, siendo salvada por sentido común, para acabar convertida en otro tesoro de la ciudad. Con mejor suerte que La Platina, enterrada en el hormigón del progreso, que regalaba el agua más pura que tuvo Salamanca. Aquella Platina que, a decir de las gentes de los barrios de los cercanos Pizarrales o San Bernardo, era la que mejor cocía los garbanzos y, desde hace unos años, su recuerdo únicamente forma parte de los libros de historia o las fotografías en blanco y negro de la nostalgia. Esta fuente, El Caño Mamaron, a nadie de la ciudad dejó indiferente, más aún en tiempos de carencias, mucho antes de que las redes de saneamiento llegasen a las casas, siendo acaparadora de miles de anécdotas.
De sus aguas llenaba su botijo torero el diestro salmantino Victoriano Posada antes de emprender los largos viajes camino de alguna plaza. Entonces, en el escenario de la pasada década de los 50, el entrañable torero capitalino gozaba de prestigio en los cosos franceses y en ellos se anunciaba con frecuencia, haciendo un alto en el camino –siempre que las prisas no le apremiasen- al llegar a Bayona para visitar a don Agustín, un médico exiliado que residía allí y era pariente suyo.
Un buen día, al despedirse y apremiar la sed al galeno, el torero cogió el botijo, que iba colocado en la baca del coche para ayudarle a saciar la necesidad, mientras le decía que era agua del Caño Mamarón. Al escuchar esas palabras, el médico exiliado bebió con emoción. Y ya desde entonces, cada vez que Posada iba a torear a Francia y se detenía saludarlo, siempre le pedía el botijo para beber agua del Caño Mamarón y, en ese momento, don Agustín, cerraba los ojos y sentía que estaba de nuevo en su querida Salamanca.

LA LUNA SE ASOMÓ A ANAYA

Aquella noche de verano, Isabel y Andresín se citaron debajo del reloj. Eran el día de San Cristóbal y el bochorno se había hecho protagonista en medio de unos días marcados por una intensa ola de calor sahariano que, incluso, impedía dormir en muchos hogares. En las heladerías de la Plaza, las colas se alargaban, como una serpiente de colorines, y apenas quedaban sillas libres en las terrazas donde no faltaba el bullicio festivo de dos tunas, que alegraban con sus tradicionales canciones a turistas y nativos.
Al no encontrar un sitio para sentarse a tomar algo decidieron abandonar el ágora. Lo hicieron sin un destino fijado y, dejándose llevar a través de la bulliciosa calle La Rúa, caminaron hasta la Plaza de Anaya. Lo hicieron con andares lentos y disfrutando de cada momento; al fondo, la torre de la Catedral Vieja les invitaba a acercarse a ella. Iluminada, bajo la noche clara del estío, a nadie dejaba indiferente su belleza, a la que llegaron en breves momentos y después de caminar alrededor de Anaya, en medio del espectáculo de la Catedrales, decidieron sentarse y reposar en las escaleras del Palacio de Anaya, delante de las cuatro columnas jónicas que sujetan el frontón triangular del histórico edificio
Aún caliente el granito después de un día de tanto calor disfrutaron del lugar dejándose llevar por la luna, que jugaba entre unas nubes, hasta que desapareció de sus ojos. Los dos eran felices ante aquel inesperado reencuentro en una ciudad que dejó grabada en sus vidas tantos recuerdos, muchos de ellos compartidos en una época feliz. Aquel rincón, rodeados de la paz que no habían encontrado en el centro sirvió para desenrollar la madeja de la vida.
Al rato, ya en pie y con sus manos entrelazadas, prestos para volver al centro se besaron con pasión; entonces hasta la luna volvió a aparecer entre las nubes para disfrutar de tan bello espectáculo.

SOÑANDO CON SEVILLA

Cuando llegaba el fin de semana, a Javier López, un muchacho sevillano que llegó a Salamanca para cursar los estudios de piloto de línea aérea en la escuela Adventia, le encantaba aprovechar las mañanas para caminar por los alrededores de la ciudad. A la par, poco a poco, fue conociendo los rincones de Salamanca, maravillándose de su monumentalidad y del ambiente nocturno, hasta que un buen día, acompañado de una nueva amiga llamada Isabel, decidió ir al Paseo Fluvial, porque le relajaba mucho la paz del río.
Era una soleada mañana de marzo, de esas que dejan atrás las cencelladas de la crudeza invernal y dan la bienvenida a la primavera, cuando al acceder desde la Avenida de la Paz al Paseo Fluvial, Javier López, detuvo la respiración y contempló en silencio el precioso puente, actitud que llamó la atención de su amiga Isabel, quien inquieta preguntó si ocurría algo.
- Es que en este lugar tengo la impresión de estar en la misma calle Betis de Sevilla. Este puente es gemelo al de Isabel II, de mi ciudad, al que llamamos ‘de Triana’. La de veces que he pasado por encima al ir o venir de Matacán y jamás reparé en ese detalle.
Isabel, estudiosa de la historia de Salamanca, le contó que era cierto y también había escuchado el parecido de ambas construcciones; levantándose el que salva las aguas del Tormes a principios del siglo XX ante la necesidad de abrir nuevas vías de comunicación y quedarse obsoleto el Puente Romano (al que las gentes conocían por el ‘viejo’ o ‘de piedra’). No exenta de polémica su construcción, le comentó, que lleva el nombre de Enrique Estevan (con V) en reconocimiento al concejal que lo promovió, quien años antes se había ganado el afecto de una parte de la población charra al salvar el Romano, al que querían ensanchar y sustituir los petriles por unas vallas metálicas. Entonces, al conocer el proyecto, el concejal Enrique Estevan, dio un puñetazo con la mesa y dijo:
- ¡Al puente Romano no lo toca nadie!
A Javier López, el futuro piloto, le encantaba escuchar esas historias de la ciudad, mientras volvía a perder su mirada entre la imponente estructura metálica del ‘Enrique Esteban’ y tener la sensación de estar en plena calle Betis de su Sevilla ante el colosal puente de Triana.

TUS VIEJAS PIEDRAS

Regreso al Barrio Antiguo y paseo por sus calles, envueltas en el inmenso legado de la historia que guarda entre sus viejas piedras. En ese histórico dédalo sientes la impresión de darte de bruces con don Miguel de Unamuno o con Fray Luis a la vuelta de cualquier esquina, antes de volver a detenerte ante el tesoro de la fachada plateresca de la Universidad y explicarle a algún despistado dónde está la rana. Y después adentrarse en el Patio de Escuelas con turistas que curiosean alrededor de la escultura de Fray Luis para descubrir las maravillas del entorno, deseosos de sentir una ciudad única, que ha escrito tantas páginas en el libro de la historia, bajo la grandeza de su monumentalidad.
Y del Patio de Escuelas continuar los pasos por Libreros al encuentro de las Catedrales y emocionarnos ante rincones que inspiraron a tantos genios de las letras, antes de acariciar simbólicamente la Torre de la Catedral Nueva, con envidia a Ángel El Mariquelo por acariciar esas piedras cuando asciende a lo más empingorotado y observar el Tormes a los pies, antes de llegar a la ciudad y en la despedida de esta, ya cercanos los encinares del Campo Charro. Y al fondo, los horizontes salpicados por esas sierras que esconden tantos tesoros e invitan a visitarlas. Porque ese escenario también se puede disfrutar desde la joya de Ieronimus y tener la sensación que Salamanca es una ciudad que acaricia el cielo de la belleza.
Te sueño y te siento, mi querida Salamanca, donde vuelvo a tu encuentro y lo hago con la misma emoción que el soldado que, triunfante, regresa del campo de batalla al encuentro de su amada; porque toda tú eres una postal para disfrutarla en un marco de cristal gracias al inmenso legado de la historia que guarda entre tus viejas piedras.

EL CONCIERTO DE LOS PÁJAROS NUEVOS

En el Parque de San Francisco, el paseante busca el frescor de las sombras para aliviarse de los primeros sofocos del estío. Sentado sobre un banco de piedra se inspira en la tranquilidad de ese rincón; el mismo que acogió una de las antiguas plazas de toros de la ciudad y piensa en oles dedicados a Lagartijo, a Guerrita, a Bombita… cuando torearon ahí y eran los atractivos de la feria.
Al cabo de un rato sigue su camino y alza la mirada para observar, cerca de él, el lugar donde estaba la puerta de San Bernardo –en ella se despedían los duelos de la ciudad, al empezar ahí el camino del cementerio- y continúa por el dédalo de esas calles hasta acceder a la de García Tejado y alcanzar el antiguo Hospital Provincial. Allí, bajo la inmensa entrada, levantada en piedra de Villamayor y formada con cuatro columnas de dobles apoyos cilíndricos, rematados en la parte posterior con una especie de balconada, observa el busto dedicado al personaje que le da nombre a la calle, el eminente médico y político salmantino Andrés García Tejado, quien fuera impulsor de ese centro hospitalario en 1930. Se detiene a contemplarlo con la admiración que guarda a esas gentes luchadoras siempre por una Salamanca más digna hasta lograr la magnífica ciudad de hoy y a quienes tantas veces la erosión del tiempo borra del recuerdo.
Rodeado de paz y sin algarabía alrededor se recrea en ese rincón, tan cercano a la joya del colegio Arzobispo de Fonseca, a medio camino entre el Campo de San Francisco y el Cerro de San Vicente que vio nacer a esta Salamanca que regala su belleza en cada rincón. Después vuelve sobre sus pasos en medio de este caluroso día para regresar de nuevo hasta el Parque de San Francisco y sentarse en el mismo banco donde se refrescó un rato antes. Ensimismado y paz, con los silencios rotos por el concierto de los pájaros nuevos que acaban de echarse a volar, piensa en los olés dedicados en aquel lugar a Lagartijo, a Guerrita, a Bombita…

EL CREPÚSCULO TIÑE DE ORO LAS VIEJAS PIEDRAS

Se despidió de su pareja en la estación de tren, él no volvería hasta la noche del día siguiente. Cuando el tren partió, Isabel decidió robarle todo el tiempo a la sensación de libertad sin las obligaciones cotidianas que tan pocas veces se daba. Una agradable temperatura envolvía Salamanca y comenzó un paseo sin rumbo, dejándose llevar por las emociones. El bullicio de la gente acompañaba su recorrido hasta que el tañer de campanas de San Juan de Sahagún se alzó poderoso sobre todas las cosas.
Terminó su paseo en una terraza de la Plaza Mayor. ¡Siempre se ha sentido hechizada por ella, no puede remediarlo!
Hay un eslabón invisible que conecta a los salmantinos con su Plaza y esta, a su vez, con todas sus vidas. Es inevitable que le asalte el recuerdo de haberla paseado con algún ser querido que ya no está, aquella cita adolescente bajo el reloj, los conciertos en noches de feria, el frío del invierno cuando la atravesaba para ir a clase... A veces son los lugares los que guardan nuestros recuerdos para devolvérnoslos al regresar a ellos.
Cae la tarde, impaciente mira el reloj e intenta adivinar cuanto falta para asistir a ese espectáculo mágico en el que la luces devuelven a sus piedras el oro que en su incipiente viaje hacia Lusitania el sol le va robando.
Una vez iluminada revela secretos que durante el día esconde, una cúpula de estrellas la cubre, la tarde ha quedado atrás cuando Isabel emprende el camino a su casa, el alba aún está lejano, pero durante la noche no la envolverá el silencio, seguirá siendo transitada por todos los que disfrutan del ocio nocturno, de quienes aunque vayan de paso, envueltos en conversaciones o paseando en solitario, no dejarán de alzar sus miradas para, insaciables, impregnarse de la belleza que atrapó a todos los que alguna vez la visitaron.

Y FARINA CANTABA ‘MI SALAMANCA’…

El abuelo Juan cerraba su casa del pueblo por vísperas de La Inmaculada, hacía la maleta y marchaba para Salamanca a pasar los días más crudos del invierno con su hija Carmen. Allí permanecía hasta Carnaval, cuando los días se estiraban barruntando la primavera. Durante esa época aprovechaba para dar largos paseos hasta la Plaza Mayor al encuentro de otros paisanos para tomar un vinito. Emigrante durante más de veinte años en Hamburgo (Alemania), al abuelo Juan le gusta recordar aquella época, más aún si encuentra algún alemán en las sendas de su vida y aprovechaba para chapurrear la lengua teutona.
En ocasiones también camina por La Vaguada de la Palma para detenerse en la escultura que honra a Rafael Farina, a quien contempla con admiración y recuerda una lejana noche de hace más de medio siglo cuando fue a verlo actuar a una sala de Hamburgo, en un concierto promovido para emigrantes. Entonces, con la ilusión de ver a su ídolo y paisano, mientras jaleaba sus canciones, no pudo evitar la emoción al escuchar ‘Mi Salamanca’ y sentir en los latidos de su corazón a su querida tierra.
Admiraba a aquel Rafael Salazar Motos e incluso en tiempos jóvenes, antes de emigrar, si estaba de fiesta trataba de imitarlo con sus temas más celebrados, de ahí que incluso lo llamasen Juanito ‘Farina’. Porque tenía idealizado al genial cantaor, hijo de la pobreza y hambruna que trajo la postguerra en los día que ese gitanillo, desharrapado y con los mocos colgando, cantaba a los señoritos pudientes en las noches de parranda para comenzar el runrún de la genialidad que atesoraba para el cante. Aquel niño, nacido para el arte con el nombre de Rafael Farina, siempre tuvo un botón charro prendido en su corazón para emocionar a sus paisanos con los sones de ‘Mi Salamanca’.
Antes de continuar a su habitual encuentro de la Plaza Mayor, el abuelo Juan acaricia el bronce que representa al artista y vuelve a mirar en su cara el característico gesto con el que acaparó tantos aplausos. Entonces cierra los ojos y siente que es aquel joven que llamaban Juanito ‘Farina’ y una noche en Hamburgo se emocionó bajo los sones de ‘Mi Salamanca’.

EL REGRESO DE WENCES MORENO

 Cuando Wences Moreno envuelto en los honores de ser el mejor ventrílocuo del mundo regresaba a su Salamanca después de triunfar en los mejores escenarios del mundo aparcaba su imponente Cadillac americano delante del Gran Hotel –donde tenía habitación reservada todo el año- y la gente se arremolinaba alrededor del vehículo para jalear a aquel charro universal. Entonces no faltaba algún despistado que preguntaba el motivo de acaparar tanta expectación.
-¿A qué se debe la fama de este señor?
-¡Habla con la barriga! 
-¡Pobre hombre! Tan apuesto y hablar con la barriga. ¡Qué pena!
-Ni pobre, ni pena. Eso es un decir. De los genios de la imitación se dice así. Y él hace hablar a unos muñecos.
Hoy, esta querida ciudad, a la que nunca faltó por Navidad y tampoco al final del verano con la llegada de las ferias de septiembre, rinde perpetuo tributo a quien fue un charro universal dedicándole una conocida calle comercial que llega a la castiza plazuela del Oeste. Una calle donde las nuevas generaciones, en su mayoría, ignoran la grandeza de un personaje que acaparó popularidad por todo el mundo, siempre con el billete de vuelta dispuesto para volver a su amada Salamanca y al que Estados Unidos recuerda con reverencia. Con la categoría de un artista único al que nadie fuera capaz de robar aplauso alguno.
El legado del Wences Moreno es objeto de estudios para conocer un poco más la grandeza de esta estrella fallecida al pie del cañón y, como los más valientes soldados, con las botas puestas después de rebasar el siglo de existencia. Y de ello Salamanca venera la historia de quien siempre sintió tanto orgullo por su patria chica, aunque algún despistado sienta pena al pensar que su fama se debía a que hablaba con la barriga. 
 

EL SUEÑO DEL EXILIADO

Aquel verano de 2018 fue especial para Patricia Jones. Por primera vez dejaba atrás su casa en Little Rock, estado de Arkansas –USA- para atravesar el Atlántico y viajar a Salamanca como alumna de los Cursos Internacionales de Verano. Lo hacía emocionada al encuentro de la raíz de su bisabuelo, don Matías Santos, profesor de Latín que debió exiliarse en agosto de 1936, antes de cumplir los treinta años, al ser sentenciado a muerte por quienes se alzaron al poder por la fuerza de las armas.
Bajo el infierno del día de San Fermín, con los cielos escupiendo fuego, pisó por primera vez esta ciudad de la que tanto había escuchado hablar. Al descender del Alvia que la trajo de Madrid y buscar un taxi en los exteriores de Vialia para llevarla a la Avenida de Alemania, donde estaba el que sería su hogar durante los próximos meses, Patricia, no pudo contener la emoción. Salamanca era, desde siempre, la meta de todos sus caminos.
Esa misma tarde, dejándose llevar de una aplicación en su móvil, acudió a conocer el entorno monumental e impregnarse de los aires de esta ciudad en la que clava parte de sus raíces. Con andares parsimoniosos y disfrutando cada rincón ya cerca de la puesta del sol, entre la magia de las dos luces, alcanza la Plaza Mayor a través del arco del Corrillo. Entonces, nada más pisar el empedrado de granito cerró los ojos y en su pensamiento volvía a ver a su bisabuelo paseando por allí, ataviado con esa capa charra con la que pidió ser amortajado (jamás regresó del exilio) y camino de la facultad en el mismo escenario del que tanto la habló. Y hasta sentía otra vez sus palabras, cuando le hablaba tanto de esa Salamanca de la que tuvo que huir para librarse de una muerte a la que fue condenado por quienes se alzaron al poder por la fuerza de las armas.

El milagro de Tentenecio

 Durante el paseo desde las Catedrales al encuentro del Puente Romano para disfrutar del espectáculo de las aguas del Tormes en su paso por la ciudad, Salamanca enseña algunas de las mejores joyas de su tesoro monumental en Tentenecio, antigua calle de Santa Catalina hasta que el milagro producido en ella cambió para siempre su sino. Esa vieja rúa levantada en cuesta y que durante siglos fue la principal entrada a la ciudad en el acceso del sur, ahora es imán turístico, con su belleza plasmada en miles de fotografías por los turistas que se inmortalizan en un marco único.

Tentenecio es monumentalidad y sobriedad es uno de los rincones con mayor encanto del casco antiguo, el que dejó rubricado el milagro de San Juan de Sahagún y ya para siempre forma parte de la misma esencia salmanticense. Cuentan que aquel sacerdote agustino que acabaría alcanzado la santidad se encontraba un día meditando en esa calle y, envuelto en sus silencios, le llamó la atención una algarabía de gentes que corrían asustadas. Apresurado intentó conocer el motivo de aquel pánico desatado hasta descubrir que se trataba de un toro escapado de la manada.

Tras provocar el susto en el gentío y en el momento que la res estaba a punto de embestir a una madre que llevaba a su hijo en brazos, Juan de Sahagún, el futuro santo, con la mano derecha mantenida en señal de paz lo distrae, para caminar despaciosamente al toro y poner su mano en la misma testuz al tiempo que decía ’tente necio’, provocando su sometimiento ante la sorpresa de unas gentes que gritan: ¡Milagro, milagro! A causa de ello la calle cambiaría su nombre –antes se llamaba de Santa Catalina-, para denominarse Tentenecio en la posteridad, en recuerdo de las palabras del santo que obraron el milagro. Hoy, casi seis siglos más tarde, ese lugar enseña alguna de las mejores joyas del tesoro monumental de Salamanca.

SAN ADRIÁN, UNA IGLESIA DESCONOCIDA

Fernando nació en Salamanca y hoy es un jubilado feliz. Comenzó trabajando a los 14 años como recadero y después de toda una vida como dependiente en varios comercios emblemáticos de la ciudad, entre ellos Mantequerías Paco o Almacenes Madruga, hace cinco años se jubiló anticipadamente y ahora se dedica a sus dos pasiones, la pesca y el fútbol. Nada más jubilarse se apuntó a un curso ofertado por el Ayuntamiento de Salamanca en la Asociación de Mayores de su barrio para aprender a manejar el mundo de internet y ahora pasa un par de horas al día leyendo los diarios digitales deportivos y cuanta información encuentra sobre el desaparecido equipo de sus amores, la Unión Deportiva Salamanca.
Fernando hoy vuelve de su cita con el dentista y, aunque en Salamanca todas las distancias son cortas, decide coger la línea 4 del autobús que le llevará a su casa en el Paseo de San Antonio, con la excusa de ver cómo baja el Tormes por la proximidad de la temporada de pesca.
En el autobús coincide con una pareja de turistas a quienes delata una cámara colgada al cuello de él y un mapa de la ciudad que despliega ella. Hasta que pueda vislumbrar el río en una parte del trayecto, Fernando escucha la conversación de la pareja de turistas.
Ella, mientras contemplan la muralla desde el autobús, le va contando que ahora van a "el otro bando de la guerra" situando su epicentro en la Iglesia de San Adrián. A Fernando no le suena de nada la existencia de esta iglesia en la ciudad y escucha atentamente; según va explicando ella, la iglesia estaba situada en el actual Parque de Colón y apenas quedan unos presumibles cimientos y algunas tumbas bajo los jardines. Le habla de un Ecce Homo y de unos milagros que se le atribuyen en la ciudad. Por lo que Fernando pudo entender, la iglesia, de gran valor artístico, bien conservada, con 7 siglos de antigüedad y con una arcada que la conectaba al Palacio de Orellana fue demolida para ensanchar la calle San Pablo.
La pareja de turistas solicitan parada en el Hotel San Polo y Fernando, que a medida que escuchaba la historia se iba haciendo pequeñito en su asiento, sigue su trayecto ensimismado en sus pensamientos. ¡Toda la vida en Salamanca y se ha dado cuenta que desconoce sus historias y leyendas!

 

El regreso de la antigua estudiante

María ha roto con su vida en Madrid. Un desengaño amoroso ha sido el detonante para trasladarse a Salamanca aprovechando una oferta en un estudio jurídico donde ejercerá la abogacía. Aunque falta una semana para incorporarse a su nuevo trabajo, ha venido con tiempo para instalarse en una casa que ha alquilado en el Paseo de Canalejas y volver a tomar contacto con una ciudad tan familiar para ella, ya que en su Viejo Estudio cursó Derecho, hace ya ocho años.
Esta tarde ha quedado con una vieja amiga de la carrera para tomar un café en la calle La Rúa y sale paseando un par de horas antes de la cita. Al llegar a la Gran Vía, los recuerdos de su época de estudiante se agolpan en su mente. Llega hasta la plaza del Mercado Central y accede por las escaleras de ‘Ochavo’ hasta la Plaza Mayor. A cada peldaño que sube se le acelera el corazón, cuando alcanza el último y levanta la vista queda paralizada y una frase de Unamuno asalta su mente: "Decíamos ayer..."
Una lágrima rueda por las mejillas de María; tiene la sensación de encontrarse en su casa, le resulta tan familiar que es como si la hubiera paseado el día anterior, como si nunca se hubiera ido de esta ciudad que la enamoró de estudiante. Decide cruzarla en diagonal y al llegar al centro del ágora no puede evitar recordar como muchas noches de juerga estudiantil terminaban ahí, tumbándose boca arriba, para tratar de ver los cuatro lados de la Plaza a la vez y se le escapa una sonrisa victoriosa, ella sabe que sí se puede. En vez de tomar la salida del Corrillo para ir al encuentro de su amiga, decide acercarse hasta el Palacio de Monterrey y desde allí alcanzar La Rúa por la Calle de la Compañía, que siempre le pareció la más bella de la ciudad y recuerda que cuando las cosas no le iban muy bien, cruzarla en una dirección u otra siempre la reconciliaba con el mundo.

EL PALACIO DEL OBISPO

En el viaje realizado por el general Franco a Salamanca los días 8 y 9 de mayo de 1954 para recibir las medallas de oro de la Ciudad y de la Provincia, así como los doctorados Honoris Causa por la Universidad de Salamanca y por la Universidad Pontificia, cuentan que al pasar delante de las Catedrales, su esposa Carmen Franco le dijo: “Mira Paco, ¡nuestra casa!”. Y la nostalgia envolvió a la asturiana al recordar los meses que residieron en ese lugar, en los primeros meses de la Guerra Civil, tras cedérselo el obispo don Enrique Plá y Deniel, e instalando también en sus instalaciones el cuartel general del Ejército sublevado en esos compases iniciales del conflicto bélico. Años más tarde y tras un meteórico ascenso, aquel obispo catalán, don Enrique Plá y Deniel, ya con la birreta de cardenal, alcanza la cátedra de Toledo y fue Primado de España.
Desde entonces, esos hechos protagonizados en ese sobrio y monumental palacio, en el que Franco hizo construir un bunker en el jardín que permaneció hasta el siglo XXI, vienen reflejados en los libros de la historia de España. Varios meses más tarde, y aún en el escenario de 1936, una vez que Franco marcha de Salamanca, el obispo lo recupera para su utilidad de residencia y como tal se mantuvo hasta mediados de la década de los 60. Entonces, el nuevo titular de la diócesis, don Mauro Rubio Repullés decide abandonarlo para irse a residir a un piso, al preferir la modestia y evitar la ostentación del lugar, además de necesitar un alto coste en la conservación de sus instalaciones, en una decisión tachada de populista por una sector de la sociedad charra más conservadora que etiquetó a aquel prelado de rojo y antifranquista.
Actualmente, ese magno edificio alberga el Museo de Historia de Salamanca, un lugar necesario para conocer esta ciudad desde que germinó la semilla de su existencia. Y más allá quedan también esas páginas escritas en la historia de España del siglo XX y protagonizadas en su interior, del que la esposa de Franco, al verlo de nuevo, se envolvió de nostalgia para recordar a su marido “Mira Paco, ¡nuestra casa!”.

 

UNAMUNO Y EL VIEJO TREN DE PORTUGAL

De aquel primer tren decimonónico que fue cordón umbilical entre Salamanca y Portugal quedó en la memoria el recuerdo del antiguo trazado por la ciudad y la posterior herencia de la Avenida de Portugal, la calle donde se asentaban las primitivas vías, mucho antes de levantarlas para convertirse en una de las principales arterias capitalinas. En aquel tren, con la estampa literaria que guardaban sus viejos vagones de madera y la inmensa estela de humo que desprendía la locomotora, viajaba don Miguel de Unamuno en sus desplazamientos al país hermano.
Don Miguel, el eminente rector, filósofo de influencia mundial y grandioso escritor a quien sus ideas políticas apartaron de ser distinguido con el premio Nobel, llegó a ser consejero de la sociedad Ferrocarril Salamanca-Frontera Portuguesa, promotora del Tren del Duero. Fue un cargo –de los muchos que acuñó en vida- que llevó a gala, sin faltar jamás a las reuniones anuales celebradas en Oporto, donde el único pago era poder disponer del medio obsequiándole con un quilométrico. Él, tan viajero, de espíritu libre, siempre receptivo a conocer, aprovechaba esos recorridos para inspirarse con los campos, los árboles, las montañas, los ríos… que regalaba el paisaje: Otra vez en el tren; fluyen los campos, / viene tierra y se va (...) Ay, mi Castilla junto al tren que pasa / los surcos de rastrojos que desfilan (...)".
Soñaba con el tren y en él viajaba también para encontrarse con su coetáneo, el político y escritor Guerra Junqueiro, a quien visitó varias veces en su quinta de Barca D’Alba, asomada al Douro, entre bancales de vides y naranjos. Siempre en ese tren que inspiró a dos genios de las letras ibéricas y en Salamanca dejó, entre otras, la herencia de la Avenida de Portugal, donde se asentaban las primitivas vías que llevaban al país hermano.

ESCALERAS DE PINTO

Aunque Salamanca sea una ciudad de calles llanas –y eso que, al igual que Roma, esté levantada sobre siete colinas, hecho por el que los romanos la bautizaron ‘Roma la chica’-, también nos regala varias escaleras muy queridas por sus gentes y que forman parte del escaparate capitalino. Varias de esas escaleras engrandecen su legado en las páginas de los libros de Historia. La de la Universidad, en su ascenso a la sabiduría; las de la catedral, que un día subió Lord Wellington para inspeccionar los vecinos territorios en tiempos bélicos de La Francesada; las de La Clerecía, tal altas porque los Jesuitas se picaron con los Dominicos y quisieron que las suyas fueran más visibles que las de San Esteban; más recientes son las de Gran Vía -conocidas por La Riojana- y de mucha fama las tres que acceden a la Plaza Mayor.
En estas últimas quiero homenajear las de Pinto, situadas en la esquina oriental del monumental ágora para comunicar ésta con la antigua plaza de La Verdura, hoy del Mercado y los Portales de San Antonio, llamadas así gracias a la farmacia existente en el siglo XIX de la que fue titular don Ángel Villar y Pinto, una personalidad en la ciudad. Antes, los grandes personajes impregnaban su sello y hasta daban nombre al lugar donde se asentaban. Y aquel farmacéutico fue un fundamental en la sociedad salmantina en la última mitad de la centuria decimonónica, cuyo legado continúa vivo hoy. Más tarde fue vecino suyo don Eladio Amorós Francés, un comerciante madrileño emigrado a Salamanca para fundar ‘La Revoltosa’, famosa zapatería durante varias décadas y padre de dos hijos, Eladio y Pepe Amorós, que fueron toreros de postín y llevaron el nombre de su querida Salamanca el mundo.
Más allá de la farmacia de don Ángel Villar y de la zapatería de don Eladio Amorós, esas escaleras de Pinto, son también un lugar de recuerdo entrañable donde un charlatán, el señor Palao, cautivaba a las gentes con su fácil oratoria y la facilidad para engatusar con algunas de las ‘maravillas’ que guardaba en su maleta. El señor Palao, durante años, fue por sí mismo un espectáculo callejero de una ciudad donde las escaleras de Pinto son un homenaje perpetuo a aquel farmacéutico que dejó su nombre inmortalizado en ese lugar.

Colón y Salamanca

 Hoy, cuando la figura histórica de Cristóbal Colón ha vuelto a la pomada de la actualidad por quienes pretenden cambiar los pasos de la historia es buen momento para recordar su paso por Salamanca. El navegante arriba a nuestra capital en el año 1.886 para tratar de encontrar ayuda para hacer posible su anhelado viaje a Las Indias, consciente de estar ante el último filón al que aferrarse. Desahuciado su proyecto por la Corona portuguesa, llega para encontrarse con Fray Diego Daza, el dominico confesor de la reina Isabel de Católica, al que intenta convencer para encontrar financiación a su proyecto después de haber demostrado que la tierra era redonda y por tanto, era posible alcanzar las Indias por una ruta diferente. En Salamanca quedaron rubricados aquellos históricos momentos que prendieron la mecha del Descubrimiento y, hoy, para conocerlos, es imprescindible acudir al lugar de estancia del navegante, el convento de San Esteban, y en él visitar el majestuoso claustro que lleva su nombre para impregnarse de esas jornadas que, pocos años más tarde, cambian el rumbo de la humanidad.

Cerca, a escasos minutos del majestuoso convento de San Esteban, Salamanca nos regala un sobrio monumento a Cristóbal Colón, situado en la plaza que da nombre al histórico marino y en uno de los rincones más hermosos de la capital. Es obra del escultor zamorano Eduardo Barrón González e inaugurado el 9 de septiembre de 1893. Enseguida la ironía popular comenzó a chascarrillear con sarcasmo sobre su postura, al apuntar con su dedo índice a oriente y por tanto en dirección contraria al lejano lugar que pretendía llegar, de ahí que las gentes dijeran:

¿Hacia dónde apunta Colón?

A la calle de Pan y Carbón.

También, al lado de la capital, en la finca Valcuevo, a escasos diez kilómetros, aguas del Tormes abajo, se encuentra el paraje donde fue recibido por los Dominicos y para testimoniarlo, en 1886, se levantó un obelisco, que sería el primer monumento civil dedicado a Colón, una obra desconocida para la mayor parte de la población. Y es que Salamanca prendió la mecha de un hecho que acabaría cambiando la humanidad, reflejado en un legado que ahora pretenden destruir quienes quieren cambiar el sino de la historia.

Los Bandos

Sentir la Plaza de Los Bandos es volver a inspirarse en las mejores páginas de Carmen Martín Gaite. De la niña Carmiña que disfrutó de su juventud en ese hermoso rincón y empezó a amar esa monumental Salamanca. La Salamanca de su juventud magistralmente impregnada en ‘Entre Visillos’, la novela que mejor relata la sociedad charra de los 60.

Este enclave, que hunde sus raíces en los albores del siglo XII, ha sido testigo mudo de numerosos capítulos de la historia de la vieja Helmántica y remonta nombre al siglo XV. Entonces, como consecuencia de un trágico suceso entre dos adineradas familias salmantinas -dos bandos- en el que perdieron la vida los hijos de doña María de Monrroy, llamada ´La Brava’ y cuya casa fue la primera construcción civil del ágora. Dicha enemistad entre familias duró hasta que se firmó la paz con San Juan de Sahagún -patrón de la ciudad- como testigo. Antes también acogió a la iglesia de Santo Tomé y contrajo matrimonio el príncipe Felipe II con María de Portugal.

La plaza de Los Bandos es, ante los ojos no viciados del visitante, un auténtico valor turístico pudiéndose observar majestuosas construcciones como el Palacio de Garci Grande de portada renacentista, fachada plateresca y sus imponentes ventanas en el chaflán; los restos del Palacio de Solís, del que se conservan parte de la portada y el balcón del palacio; la Iglesia del Carmen, o el edificio neoplateresco antigua sede se la Seguridad Social y actualmente Centro Documental de la Memoria Histórica.

Un busto de Carmen Martín Gaite, recuerda al visitante que esta salmantina universal nació y disfrutó los primeros años de su vida en esta plaza, rodeada de la magia e historia que la envuelve para forjarse una de las mejores escritoras del siglo XX. La que inspiró sus mejores páginas en este hermoso lugar, céntrico y coqueto, convertido en el perpetuo abrazo de la niña Carmiña con su querida Salamanca.

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