AUDITORIO DE SAN BLAS
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La Iglesia de San Blas fue levantada en el siglo XIII en el extremo occidental de Salamanca, cerca de la Cerca Nueva. En aquel tiempo, la zona —conocida como las Peñuelas de San Blas— era un paraje apartado, de difícil acceso y escasamente poblado.
A lo largo de los siglos, el templo sufrió un notable deterioro. En el siglo XVIII su estado era tan precario que se decidió reconstruirlo por completo. Más tarde, durante la Guerra de la Independencia, volvió a sufrir graves daños. El abandono progresivo acabó llevándolo a un uso insólito: en el siglo XX llegó a funcionar como carbonería. La situación cambió en la década de 1980, cuando el edificio fue cedido al Ayuntamiento de Salamanca. Tras una profunda restauración, se transformó en auditorio municipal, función que mantiene en la actualidad.
Se dice que San Juan de Sahagún, patrón de Salamanca, pronunció en este templo su último sermón poco antes de morir en 1479. Según el relato popular, el santo habría sido envenenado por una noble conocida como la Marquesa Isabel, despechada porque su amante había abandonado su vida disoluta tras escuchar la predicación del fraile.
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A lo largo de los siglos, el templo sufrió un notable deterioro. En el siglo XVIII su estado era tan precario que se decidió reconstruirlo por completo. Más tarde, durante la Guerra de la Independencia, volvió a sufrir graves daños. El abandono progresivo acabó llevándolo a un uso insólito: en el siglo XX llegó a funcionar como carbonería. La situación cambió en la década de 1980, cuando el edificio fue cedido al Ayuntamiento de Salamanca. Tras una profunda restauración, se transformó en auditorio municipal, función que mantiene en la actualidad.
Se dice que San Juan de Sahagún, patrón de Salamanca, pronunció en este templo su último sermón poco antes de morir en 1479. Según el relato popular, el santo habría sido envenenado por una noble conocida como la Marquesa Isabel, despechada porque su amante había abandonado su vida disoluta tras escuchar la predicación del fraile.
Precio visita libre
La parroquia de San Blas se fundó en la segunda mitad del siglo XIII en el territorio de los gallegos, en el sector occidental de la ciudad, una vez pasado la esgueva llamada «de los Milagros», muy próxima a la Puerta Falsa de la muralla. El paraje donde se levanta era conocido desde antiguo como las «Peñuelas de San Blas». El carácter accidentado del terreno y la lejanía hizo que no fuese muy atractivo para el asentamiento de los vecinos por lo que la zona acabó siendo ocupada por conventos y colegios universitarios. En el entorno más próximo a San Blas se encontraban el Colegio Mayor del Arzobispo, el antiguo Colegio de los Jesuitas y el convento de San Francisco el Real. La iglesia fue restaurada a mediados del siglo XVI pero en el siglo XVIII su deterioro era tal que amenazaba ruina, lo que motivó una reconstrucción casi integral del edificio.
La zona en la que se encuentra el templo quedó muy afectada por la Guerra de la Independencia. Los franceses desmontaron cubiertas, puertas y ventanas, dejando sólo en pie los muros perimetrales de la iglesia. Después de la explosión de un polvorón a principios de julio de 1812 fue utilizada como cementerio para cientos de personas. La parroquia cuyo barrio había sido casi aniquilado no se recuperó y en la reforma parroquial de 1886 fue suprimida. Desde entonces el deterioro del edificio fue en aumento.
Después de los estragos de la guerra y de las leyes desamortizadoras de mediados del siglo XIX la zona quedó prácticamente desierta y los monumentos que allí existían convertidos en ruinas. La grave crisis agraria de finales del XIX provocó una importante migración de jornaleros rurales a la ciudad. En un primer momento se asentaron en Cerro de San Vicente, donde edifican sus viviendas reutilizando los materiales de las ruinas allí existentes. La miseria y el abandono del barrio se mantuvieron durante gran parte del siglo XX. La recuperación comenzó con la construcción de los bloques de vivienda de Moneo en los años ochenta y, sobre todo, con la construcción del Palacio de Congresos en 1992. A partir de ese momento el barrio fue totalmente reconstruido.
La parroquia llegó a finales del siglo XX convertida en una carbonería. Finalmente, entre 1981-82 el Ayuntamiento de Salamanca acometió su restauración bajo la dirección del arquitecto don Fernando Bueno, para convertirla en un auditorio.
La zona en la que se encuentra el templo quedó muy afectada por la Guerra de la Independencia. Los franceses desmontaron cubiertas, puertas y ventanas, dejando sólo en pie los muros perimetrales de la iglesia. Después de la explosión de un polvorón a principios de julio de 1812 fue utilizada como cementerio para cientos de personas. La parroquia cuyo barrio había sido casi aniquilado no se recuperó y en la reforma parroquial de 1886 fue suprimida. Desde entonces el deterioro del edificio fue en aumento.
Después de los estragos de la guerra y de las leyes desamortizadoras de mediados del siglo XIX la zona quedó prácticamente desierta y los monumentos que allí existían convertidos en ruinas. La grave crisis agraria de finales del XIX provocó una importante migración de jornaleros rurales a la ciudad. En un primer momento se asentaron en Cerro de San Vicente, donde edifican sus viviendas reutilizando los materiales de las ruinas allí existentes. La miseria y el abandono del barrio se mantuvieron durante gran parte del siglo XX. La recuperación comenzó con la construcción de los bloques de vivienda de Moneo en los años ochenta y, sobre todo, con la construcción del Palacio de Congresos en 1992. A partir de ese momento el barrio fue totalmente reconstruido.
La parroquia llegó a finales del siglo XX convertida en una carbonería. Finalmente, entre 1981-82 el Ayuntamiento de Salamanca acometió su restauración bajo la dirección del arquitecto don Fernando Bueno, para convertirla en un auditorio.
El aspecto que presenta en la actualidad la antigua parroquia de San Blas es fruto de la restauración realizada entre 1981 y 1982 para convertirla en auditorio. La restauración, en líneas generales, fue bastante respetuosa con lo que se había conservado de la obra del siglo XVIII.
San Blas es una iglesia de nave única, sin crucero, con presbiterio muy profundo y cabecera semicircular. El cuerpo se divide en tres tramos iguales separados por machones decorados con pilastras cajeadas, sobre las que apean arcos fajones de medio punto. El espacio se ilumina mediante seis ventanas abiertas en lo alto de los muros. Originalmente contaría también con la luz que procedía de la ventana camarín de la cabecea que hoy está cegada. La cabecera se cubre con bóveda de cuarto de esfera y las naves con bóveda de arista.
Los muros, construidos con sillarejo y mampostería de piedra de Villamayor, están enfoscados tanto al exterior como al interior, dejando sólo a la vista la piedra de Villamayor en machones, arcos y marcos de puertas y ventanas. El interior hoy luce totalmente despejado, libre de altares y retablos con muros lisos y libres de cualquier ornamentación.
A los pies de la iglesia se abre la portada adintelada, flanqueada por pilastras que culminan en pináculos piramidales. Sobre la cornisa abre ventana con frontón curvo. A cada lado de la ventana hay un escudo: uno con mitra y báculo y el otro con las hojas de higuera de los Figueroa, que fueron patronos de la iglesia. Sobre la fachada sobresale una pequeña espadaña.
San Blas es una iglesia de nave única, sin crucero, con presbiterio muy profundo y cabecera semicircular. El cuerpo se divide en tres tramos iguales separados por machones decorados con pilastras cajeadas, sobre las que apean arcos fajones de medio punto. El espacio se ilumina mediante seis ventanas abiertas en lo alto de los muros. Originalmente contaría también con la luz que procedía de la ventana camarín de la cabecea que hoy está cegada. La cabecera se cubre con bóveda de cuarto de esfera y las naves con bóveda de arista.
Los muros, construidos con sillarejo y mampostería de piedra de Villamayor, están enfoscados tanto al exterior como al interior, dejando sólo a la vista la piedra de Villamayor en machones, arcos y marcos de puertas y ventanas. El interior hoy luce totalmente despejado, libre de altares y retablos con muros lisos y libres de cualquier ornamentación.
A los pies de la iglesia se abre la portada adintelada, flanqueada por pilastras que culminan en pináculos piramidales. Sobre la cornisa abre ventana con frontón curvo. A cada lado de la ventana hay un escudo: uno con mitra y báculo y el otro con las hojas de higuera de los Figueroa, que fueron patronos de la iglesia. Sobre la fachada sobresale una pequeña espadaña.